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Zaragoza

Un vecino de Zuera demanda al Ayuntamiento porque el canto de unos gallos trastorna su descanso

El Consistorio, al que acusa de no tomar medidas para evitar el ruido del corral de otro vecino, dice que la Policía ha hecho mediciones. Acompaña la denuncia de partes médicos con sus cuadros de estrés y ansiedad, y asegura que se han agudizado sus dolencias cardiacas.

Eckart Leiser, junto al corral que le causa tantos quebraderos de cabeza.
Un vecino de Zuera demanda al Ayuntamiento porque el canto de unos gallos trastorna su descanso
Darío Pérez

Despertar al son de un quiquiriquí no es todo lo bucólico que pudiera parecer. Al menos, no todos los días. Esto es lo que cree Eckart Leiser , que lleva más de veinte años viviendo en Zuera, y que desde hace ocho meses tiene como incómodos vecinos a un puñado de gallos en un corral que dista escasos 5 metros de su casa. Este ciudadano, de origen alemán, acaba de presentar un contencioso administrativo contra el Ayuntamiento porque lleva meses esperando que tome medidas para zanjar un problema que le impide descansar y desarrollar su trabajo intelectual como psicólogo. En el Consistorio zufariense, al que se acusa de inactividad y dejadez, se sorprenden de que la denuncia no vaya contra el vecino propietario de los gallos y el alcalde, Antonio Bolea, hace un llamamiento a la buena convivencia y al entendimiento para evitar que el caso llegue a los tribunales en septiembre.

«Durante años he vivido en paz y tranquilidad en mi casa, pero desde el pasado verano sufro una tortura acústica por el incesante canto de los gallos. Los tapones para los oídos son mi único alivio y es indigno vivir así en tu propia casa», cuenta Leiser, que acompaña su demanda de partes médicos que corroboran cómo el estrés y la ansiedad han agudizado sus dolencias cardiacas.

Aunque las relaciones con la familia propietaria de los gallos no son buenas, Leiser no quiere hacer de este problema «una guerra entre vecinos» y, por eso, dirige la demanda al Ayuntamiento por la «inactividad municipal» ante las cuatro quejas presentadas (una de ellas con la firma de ocho vecinos) y porque «tres meses después, aún no me han trasladado las conclusiones de las inspecciones y mediciones policiales», cuenta el afectado.

El alcalde argumenta que sí ha actuado y que ha buscado diversas soluciones como mover el corral a otra parte del patio o taparlo por la noche para ahogar los ruidos. También explican que hay un problema en las mediciones de ruido porque «interfiere el sonido de un radiocasete que parece que provoca a los gallos». De hecho, los propietarios de los animales aseguran que Leiser ha tratado de enloquecer a los animales poniendo los altavoces a todo volumen en sus ventanas y emitiendo sonidos de otras aves. Esto -según reconoce el vecino de origen teutón- fue «un experimento» para que los gallos «reaccionaran ante su propio espejo» pero -dice- solo lo probó un día.

El canto del gallo desperezándose llega a superar los 48 decibelios cuando la recomendación europea insta a a que no se sobrepasen los 30. No obstante, el quiquiriquí no es un ruido sostenido y, por tanto, las mediciones que hacen la media de los ruidos registrados durante un minuto, no resultan concluyentes.

El abogado Clemente Sánchez-Garnica, que representa al demandante, explica en el escrito enviado al juzgado que pudiera parecer que chocan dos derechos: el de tener animales domésticos (que no requiere ningún tipo de licencia especial) y el derecho al descanso, «pero cuando se vulnera la ley del ruido y la protección medioambiental, las administraciones locales pueden actuar en el ámbito doméstico», explica.

En la demanda se acusa al Ayuntamiento de Zuera de no haber adoptado una ordenanza tipo para aplicar la ley aragonesa en materia de contaminación acústica, en cuyo artículo 41.1 se lee: «Los propietarios de animales domésticos deberán garantizar que estos no perturben con sus sonidos el descanso de los vecinos».

De hecho, también hay dudas de si los gallos pueden vivir en una zona residencial y no en una explotación agrícola, si bien el alcalde del municipio afirma que «toda la vida ha sido normal tener animales en los pueblos». Además -señala Antonio Bolea- «la casa ni siquiera está en el centro del pueblo sino que se sitúa en la parte alta (en la calle de Ramón y Cajal) y, con esta crisis, es normal que las familias recurran a tener animales si los necesitan para comer». El alcalde, conciliador, pide a ambas partes que sean «más transigentes», pero es el Ayuntamiento el que tendrá que responder en septiembre en los tribunales acerca de su inacción o no. «Lo más paradójico es que me tengo que ir a Berlín a descansar del estrés que me genera vivir en Zuera», lamenta Leisner.

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