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Zaragoza
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Augusto Muniesa

"Mi padre y mi tío murieron abrazados"

El único de sus hijos que vive aún ha venido desde Estados Unidos a ponerle flores en el memorial del cementerio.

El hijo de Augusto y su esposa, Ángeles, en el Memorial.
"Mi padre y mi tío murieron abrazados"
JOSé M. MARCO

 

Augusto Muniesa tenía 5 años en 1936, y cuando salía a la calle nunca iba solo: le acompañaba una criada con cofia en todos sus paseos. Hijo de uno de los médicos más prestigiosos de la ciudad, profesor de la Facultad de Medicina y ex alcalde de la ciudad, vivía en una casa en la avenida de la República (hoy, paseo de Sagasta). Su tío era también médico y profesor, y todo parecía indicar que Augusto, en su plácida e hiperprotegida vida burguesa, acabaría siendo uno de los galenos más prestigiosos de una Zaragoza también plácida y burguesa. Parecían hechos el uno para el otro. Pero no, estalló la guerra civil, la capital aragonesa se alineó desde el primer momento en el bando franquista, y Augusto Muniesa padre fue detenido, encarcelado y fusilado en ese mismo 1936. Y a su esposa, que después se refugió con su familia en Daroca, se la llevó el cáncer -y la pena, también la pena-, apenas cinco años más tarde. El niño Augusto Muniesa, el que iba para médico, acabó en un colegio de húerfanos de Valladolid, y fiel a ese espíritu aragonés que empuja a levantarse cien veces tras caer al suelo noventa y nueve, se reconstruyó a sí mismo. Estudio Derecho pero acabó exiliándose en México. Hoy vive en San Diego, California, y tiene una empresa de distribución de perfumería que da trabajo a 160 personas, una empresa cuyos edificios tienen o han tenido nombres que son familiares: ‘Goya’, ‘Daroca’…

Días atrás, HERALDO informó a Augusto Muniesa de que se estaba terminando la construcción del Memorial en Torrero. Y el pasado miércoles estaba, junto a su esposa Ángeles, colocando flores en las placas con los nombres de su padre y su tío. “A mi me llena de orgullo que haya sido Zaragoza la primera ciudad española en la que se hace una cosa así. Yo ya había venido antes al cementerio, pero esto es diferente… Mire usted –decía señalando el Memorial-. Cada ‘palito’ con su placa es distinto. Pero detrás de todos hay lo mismo: un sinsabor de vida, una sinrazón del pensamiento, una búsqueda de justicia”.

Augusto Muniesa, padre, había nacido en 1898 en Used. Estudió en los Escolapios de Zaragoza y, junto a su hermano, se doctoró en Medicina en Zaragoza. En Daroca conoció a la que sería su mujer, Gregoria Gimeno, con la que se casó en 1924 en la iglesia de Santa Engracia.

Augusto Muniesa fue profesor de la Facultad de Medicina y jefe del Laboratorio. Y su hermano, José María, profesor adjunto de la cátedra de Fisiología y responsable del laboratorio del dispensario de la Caja de Ahorros de Zaragoza. Ambos, además, abrieron el el primer laboratorio de análisis clínicos que tuvo Zaragoza, en la plaza del Pueblo y más tarde trasladado al Coso.

El olvido en el que han caído estos dos hermanos es vergonzoso, y más si se piensa en la importancia que tuvieron en la Zaragoza de principios de siglo. José María, gran aficionado al fútbol, fue un directivo clave del Iberia y el ‘alma mater’ de la compra del campo de Torrero. Se cuenta una anécdota de él y es que le anunciaron que acababa de nacer su primer y único hijo durante un partido del Iberia. Y su mensaje al muchacho que le dio el aviso fue éste: “Muy bien. Díle a mi mujer que ya bajaré cuando acabe el partido”. Muy pocos saben que, además de ser presidente de la Federación Aragonesa de Fútbol, fue uno de los padres de la Liga de Fútbol Profesional, nacida en 1929.

Augusto Muniesa, por su parte, tuvo una carrera política. Se presentó por el distrito de San Miguel a las elecciones municipales y salió elegido concejal por el Partido Republicano Radical Socialista. Durante mes y medio de 1933 llegó a ser alcalde (14 votos a favor y 23 en blanco) y, como tal, el 2 de abril inauguró la línea ferroviaria Caminreal-Zaragoza.

En el verano del 36 Augusto estaba veraneando con su familia en Bronchales; y José María en Alcalá de la Selva. Hoy, casi a punto de cumplir 80 años, su hijo no recuerda cómo fue la detención.

“Yo es que tenía 5 años cuando pasó todo eso, y tengo recuerdos muy vagos de todo. De mi padre recuerdo que viajaba mucho, y que tenía una forma especial de llamar a casa, y que cuando regresaba y llamaba así, yo corría a la puerta de casa para abrazarme a sus piernas. No sé cómo fue su detención. Sí recuerdo que un día hubo un gran alboroto en casa y que mi madre me mandó fuera, a casa de unos vecinos, hasta que pasó todo el problema”. Pero eso fue ya en Zaragoza, adonde vino también José María, por ver si podía ayudar a su hermano. Y fue también detenido.

“Sí que he oído alguna vez en casa que estuvieron pensando en si intentar irse o no al extranjero, pero al final los dos decidieron quedarse porque, en realidad, no habían hecho nada a nadie y no tenían motivos para huir”.

El caso es que los apresaron. Augusto estaba ‘señalado’. En ese momento era delegado de Izquierda Republicana, y durante su mandato como alcalde, además de hacer oir su voz, había cometido una osadía: dado que se había suprimido la Academia General Militar, quiso que no se desaprovecharan los edificios y propuso que se estableciera allí la Ciudad Universitaria y un nuevo hospital.

El 7 de octubre de 1936 fueron fusilados en Valdespartera ambos hermanos. “Mi padre y mi tío murieron abrazados”, apunta Augusto hijo. Varios amigos recogieron los cadáveres y los llevaron al quirófano de la Facultad de Medicina, y desde allí acompañaron los cuerpos, en muda protesta, hasta el cementerio de Torrero.

“Durante un tiempo los habían llevado a trabajar al aeródromo de Valdespartera –recuerda ahora Augusto hijo-. Y recuerdo que mi madre, junto a otras mujeres, iba todos los días a una hora determinada a un sitio donde la camioneta en la que los transportaban tenía que ir muy despacio, porque la calle era estrecha o algo así, y eso les permitía tener unos pocos segundos para saludarse con la mano. Tras la muerte de mi padre nos dejaron prácticamente en la calle y nos tuvimos que acoger a la familia de mi madre en Daroca. Mataron a mi padre, pero en realidad quisieron matar a toda la familia”.

Para Augusto llegó el internado en Valladolid, la muerte de su madre, los estudios de Derecho en Madrid y, finalmente, el exilio.

“Me fui de España por miedo, claro. Yo, durante la carrera, me metí en el SEU, y allí se empezó a fraguar cierta resistencia contra el régimen. Luego, poco a poco me fui sintiendo vigilado, presionado. Durante la carrera, por ejemplo, quise conocer qué era el comunismo. Fui a la biblioteca de la Facultad a pedir un ejemplar de ‘El Capital’ y no lo tenían. Fui a la Biblioteca Nacional y no me lo quisieron dar. Pero a los tres días ya estaba la Policía preguntando por mi”.

Se exilió, trabajó mucho, se casó y creó una familia… Y el pasado miércoles, poniendo flores en la placa con el nombre de su padre, cerró un capítulo de la historia de su vida. “Vivo desde hace muchos años fuera, pero una sobrina, María Teresa del Valle, nieta de Augusto, ha mantenido vivo su recuerdo. Ha buscado documentación y datos, y buena parte de lo que hoy sé es gracias a ella. Yo vivo fuera desde hace muchos años pero la verdad es que hubiera dado dinero, lo que sea, porque se hiciera algo así”. 

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