Teruel
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Merienda en la plaza a ritmo de charangas

El coso taurino fue ayer el escenario de la tradicional merienda con vaquillas. En el ruedo se exhibieron los 4 toros que hoy correrán ensogados por las calles.

Teruel se viste de fiesta con La Vaquilla 2017.
Teruel se viste de fiesta con La Vaquilla 2017.
J. Escriche/A. García

La plaza de toros en Teruel fue ayer mucho más que un recinto donde mostrar la bravura de los astados y la destreza de los toreros en su danza de pasión y muerte. Durante toda la tarde, el coso, un espacio con capacidad para 6.800 espectadores, se convirtió en una pasarela de disfraces, un merendero en el que las gradas fueron improvisadas mesas de picnic, un espacio para medir el ingenio personal y conversar con total desinhibición con el de al lado, y también, y fundamental, el lugar donde exhibir los toros que saldrán esta madrugada y esta tarde por las calles de Teruel.

Cuatro morlacos de más de 400 kilos de peso y de todo tipo de pelaje salieron de los toriles y se mantuvieron cada uno durante tres minutos en el ruedo desatando algunos de ellos el entusiasmo en las gradas. Sobre todo uno berrendo –con manchas blancas diseminadas por la falda del animal–, al que el maestro de lidia, José Luis Traver, recibió con una verónica. Cosechó grandes aplausos cuando a pecho descubierto miró al cielo en recuerdo del fallecido torero Víctor Barrio.

Jabonero, un astado como la miel; otro negro zaíno; y un retinto completaron el lote de la ganadería de Teodoro Adell. "Los he visto con mucho arranque", explicaba una experta­. "A ver si se portan así de bien cuando tengan que correr sobre el asfalto", agregó.

Poco después, el ruedo fue invadido por decenas de peñistas vestidos con los disfraces más variopintos, y en las gradas soleadas y en los palcos de sombra el público aprovechó para merendar los típicos regañaos (tortas con arenques o jamón y pimientos), bocadillos o pastelitos salados de hojaldre. Un menú variado para reponer el cuerpo de muchas horas de baile y de interminables pasos de charanga desde la mañana a la noche.

Mientras, en el albero no cabía un alfiler. Un grupo de jóvenes emulando a Maradona lanzaban un balón de una parte a la otra de la arena. A su lado, varias muñecas con trajes de marinero saltaban a la comba, y unos niños con barba ponían a prueba su equilibrio en un Twister. Sacerdotes budistas, hipopótamos tragabolas o árbitros. El ruedo se convirtió en una fiesta multitudinaria, en la que el humor fue el gran protagonista.

"Los disfraces cada año van a más", aseguraba el delegado del Gobierno de Aragón en Teruel, Antonio Arrufat, desde el palco de autoridades. "Es que es una fiesta donde reina la armonía y el buen ambiente", zanjó.

El sonido agudo de una sirena provocó la estampida general de la gente concentrada en el albero, que se fue en desbandada hacia la barrera. Sobre la arena, vasos de plástico, papeles y restos de bocadillos eran el único vestigio de la legión de vaquilleros que pocos minutos antes atestaba el recinto de la plaza de toros. "En esto no cambiamos, suciedad y más suciedad", señalaba un hombre mirando al ruedo. La tarde de merienda, que se alargó durante casi tres horas, se completó con la presencia de vaquillas. Con los pitones de sus astas tapados para evitar la peligrosidad, los jóvenes animales corrieron tras los peñistas reforzando el espíritu vaquillero de unas fiestas que se envuentran en su recta final.

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