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Las colosales defensas que han salvado a Canfranc de los aludes

Las obras de ingeniería concebidas hace un siglo por Benito Ayerbe, que han librado al pueblo y a la estación de quedar sepultados bajo la nieve, se restaurarán para resistir 100 años más.

Inés Veintemilla y Víctor López ante uno de los diques vacíos de Estiviellas.
Inés Veintemilla y Víctor López ante uno de los diques vacíos de Estiviellas.
Javier Blasco

Si nevara intensamente y se cargara el barranco de Estiviellas, el cura de Canfranc sabe que tendría que suspender la misa. Desde que llegó el último sacerdote hace cuatro años no se ha dado el caso, pero ya se lo advirtieron en el Ayuntamiento al recordarle lo sucedido el 2 de febrero de 1986, cuando después de cinco días sin parar de caer nieve, una avalancha sepultó la iglesia y obligó a evacuar los edificios vecinos. Las defensas antialudes de la ladera oeste no fueron capaces de detenerla, aunque sin ellas los daños hubieran sido catastróficos, quién sabe si también con pérdida de vidas humanas.

Desde hace un siglo, Canfranc y su estación de ferrocarril están protegidos por estas asombrosas obras, construidas entre 1908 y 1930, un proyecto de ingeniería único en España y en Europa, que ahora se va a revitalizar para seguir deteniendo las avalanchas otros cien años.

El Gobierno de Aragón invertirá 4,5 millones de euros, de los fondos europeos de Recuperación y Resiliencia, en el control de aludes en la explanada de los Arañones, a 1.195 metros de altitud, donde se asienta la estación de ferrocarril. La intención es restaurar los diques y otras estructuras diseñadas a principios del siglo XX, e incorporar sistemas más modernos. La protección, si cabe, es más necesaria que nunca con el plan urbanístico del recinto ferroviario en marcha, que incluye un hotel, edificios de viviendas y equipamientos. De hecho, el riesgo ha obligado a modificarlo para reducir el uso comercial y de servicios en favor del residencial, menos vulnerable.

Victoria Sánchez, Ángel Sánchez y Mercedes Barba son historia viva de Canfranc. En el puente de acceso a la estación, Victoria habla de la primera gran avalancha que recuerda, cuando apenas tenía 12 años. "Vivíamos en el ayuntamiento porque mi padre era alguacil, ese invierno nevó mucho. Cayó un alud y nos desalojaron". Tampoco olvida el de la iglesia de 1986. "Entró por la sacristía y la arrasó arrastrando árboles. Alguno se quedó en el primer banco. Había nevado toda la semana. Y eso que la iglesia ya se construyó para resistir avalanchas. Si no hubiera estado el muro, habría plantado la iglesia en el río", dice.

Ángel Sánchez trabajó en la construcción de algunas de las últimas defensas. Él también rememora algunos episodios de frentes de nieve arrastrando los pinos, pero "hace un montón de años que no llega ninguno hasta aquí", tranquiliza. "Ahora no nieva como antes", añade Mercedes Barba, pero aún con todo es necesario renovar las defensas. "Si subes al monte lo ves. Ojalá que las obras que hagan, sean como las de aquellos años, tan resistentes", concluye.

De izquierda a derecha, Mercedes Barba, Ángel Sánchez y Victoria Sánchez, en el puente de la estación.
De izquierda a derecha, Mercedes Barba, Ángel Sánchez y Victoria Sánchez, en el puente de la estación con la ladera este y sus cuatro barrancos de fondo.
Javier Navarro

"La estación se construyó en el lugar más peligroso posible", afirma sin dudarlo el decano del Colegio de Ingenieros de Montes de Aragón, Ignacio Pérez-Soba, que ha investigado sobre esas defensas. Peligro que se hace extensivo al pueblo nacido a su sombra. Los franceses recelaron del emplazamiento, pero el Ministerio de la Guerra español hizo valer su interés militar: en suelo nacional y junto a la frontera y el fuerte de Coll de Ladrones.

En la explanada de los Arañones sobre la que se asienta la estación desembocan cuatro torrentes por la ladera este (Picaubé, Cargates, San Epifanio y Borreguil de Samán), y otro por la oeste (Estiviellas), todos con gran riesgo torrencial, de desprendimientos y caída de aludes. La pendiente media de la primera es del 55%, con un desnivel de 1.450 m. La oeste, del 52% y 1.300 m. "De las cuencas altas se desprendían grandes aludes que llegaban al fondo del valle y remontaban incluso la ladera opuesta. Su estado forestal era desolador: no había arbolado, ni casi maleza, por lo que se deslizaban sin ningún obstáculo", explica Pérez-Soba, recordando el estado original de estas montañas, hoy cubiertas de bosques.

Él es un gran admirador del legado del ingeniero de Montes Benito Ayerbe, quien en 1907 recibió el encargo de proteger la estación en construcción. En ello trabajó 11 años, hasta su muerte. Dicen que le costó la salud. "Se enfrentó a fuerzas naturales que parecían indomables y las supo corregir basándose en la ciencia, la imaginación y la capacidad de comprensión y observación de la naturaleza", dice el decano, concibiendo unas obras "extremadamente originales y acertadas", únicas en España, donde nunca se había acometido un proyecto de tal magnitud. Prueba de su relevancia más allá de nuestras fronteras son las frecuentes visitas de colegios de ingenieros y universidades de todo el mundo, aunque en Aragón apenas son conocidas.

La estación y el pueblo están construidos bajo dos laderas con una fuerte pendiente, que hubo que repoblar en su totalidad como parte de la estrategia contra la nieve.estrategia
La estación y el pueblo están construidos bajo dos laderas con una fuerte pendiente, que hubo que repoblar en su totalidad como parte de la estrategia contra la nieve.estrategia
Heraldo

Dos millones de árboles

Al principio, a Benito Ayerbe apenas se le asignó presupuesto, pero entre 1914 y 1916 varios aludes destruyeron seis edificios en la explanada de la estación y las autoridades decidieron aumentarlo para que progresaran las obras, inauguradas en 1928. La inversión ascendió a 8.224.199 pesetas. Se construyeron 9 diques vacíos (el mayor, de 25 metros de altura y 9 de espesor en la base), 49.210 metros lineales de banquetas, 8.538 metros de redes metálicas, 17.407 metros de estacadas entrelazadas y un gran número de estructuras para sujeción de nieve, como puentes, muros, cajones, etcétera.

Los bosques que ahora rodean Canfranc también se plantaron en esa época como parte de la estrategia de contención de la nieve: 290 hectáreas por regeneración natural y acotamiento de pastos, y en otras 350 se abrieron 2.343.573 hoyos para plantar pino negro y silvestre, hayas, avellanos, arces, sauces, olmos, serbales… hasta 23 especies. "El observador no informado cree que son bosques espontáneos e inmemoriales, y sin embargo son fruto de la ingeniería de montes española, y del esfuerzo de tantos operarios que con sus manos pusieron millones de árboles", explica Pérez-Soba. En viveros forestales se producían las plantas para la repoblación, y en otros volantes se aclimataban a su lugar definitivo.

En el camino al collado de Estiviellas, una ruta conocida por los montañeros, se pueden ir apreciando los diques y los restos de las construcciones auxiliares: cinco albergues para alojar a los trabajadores por encima de los 2.000 metros, 21 almacenes pequeños a pie de obra y 8 viviendas; además de 76 km de caminos.

El camino de Estiviellas, una popular ruta de montaña, está jalonado de estructuras como este dique.
El camino de Estiviellas, una popular ruta de montaña, está jalonado de estructuras como este dique.
Javier Navarro

El invento de los diques vacíos

Sorprenden sobre todo las inmensas moles de piedra de los diques vacíos, un invento de Benito Ayerbe. En su visita al valle de Barèges comprobó la escasa eficacia de las estructuras antialudes francesas. Se llenaban de rocas y árboles por el arrastre de las avalanchas y la nieve saltaba por encima. Por eso, él diseñó sus muros con una abertura en la base para dejar pasar los materiales y el agua de fusión de la nieve, de manera que siempre quedara espacio para detener el siguiente alud.

Gracias a obras forestales como estas puede existir el casco urbano de Canfranc-Estación, donde han mitigado el poder destructivo de las avalanchas sobre el fondo del valle. En 1970, cayó una desde San Epifanio alcanzando la playa de vías y derribando varios vagones de mercancías. Más peligrosos fueron los episodios del barranco de Estiviellas, en 1986 y 1993, al estar situado sobre el casco urbano.

Pese a que han transcurrido cien años, siguen resultando eficaces. "Muchas llevan casi un siglo funcionando en condiciones climáticas extremas", aclara el decano, aunque reclama un plan para su recuperación, porque han retenido toneladas de materiales sólidos, como árboles y grandes rocas arrastrados por las avenidas y "exigen una importante inversión en su mantenimiento, que hasta ahora no se ha hecho".

Pérez-Soba también reivindica su reconocimiento como un patrimonio que desborda lo técnico y llega al ámbito de lo histórico-cultural. Así lo pidió en una carta enviada a la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, donde dijo que las defensas proyectadas por los ingenieros de montes Benito Ayerbe, el pionero, y sus sucesores, Florentino Azpeitia y José María Ayerbe, son "estructuras únicas en España y de las más importantes de su género en Europa, que en algún caso han cumplido más de un siglo de perfecto funcionamiento".

Las estructuras que salpican los barrancos son visibles incluso desde la estación.
Las estructuras que salpican los barrancos son visibles incluso desde la estación.
Javier Navarro

Las últimas obras

Es cierto que en los últimos años se han acometido algunas actuaciones, aunque lejos de devolver a su estado original el gran proyecto forestal de principios de siglo. El exalcalde Víctor López, muy vinculado al centro pirenaico de aludes A Lurte de Canfranc, trabajó en las últimas defensas construidas en 1981 y 1982 en unos barrancos en la subida al carretón de Ip. Fueron los dos últimos diques de la ladera este. "Los hicimos en dos veranos, y a partir de ahí prácticamente no ha habido ninguna obra ni ningún mantenimiento", cuenta mientras muestra, sobre uno de los muros de Estiviellas, las grandes rocas y restos de árboles desprendidos de la montaña, arrastrados por las avalanchas y las lluvias torrenciales.

Para él, es importante que ahora se acometan labores de reparación. "Algunos ya han cumplido su misión, pero como a la vez se hizo la repoblación forestal y los árboles han crecido mucho y se están cayendo, se generan un montón de residuos en el propio monte", señala. Junto a la madera y las piedras, se acumulan también restos de redes y otros elementos instalados en la parte alta de los barrancos para sujetar las primeras nieves, tanto en Estiviellas como en San Epifanio. "Al final, entre 50 y 100 años, las medidas de corrección pierden efectividad. Si no se mantiene lo que hay, dentro de 100 años Canfranc- Estación volverá a estar como al principio", advierte Víctor López.

El proyecto de rehabilitación anunciado hace un mes por el Gobierno de Aragón cuenta con la ventaja de tener los senderos ya trazados, abiertos en su día para subir el material en caballerías. También se levantaron casetas donde pernoctaban los trabajadores, una ya restaurada. López sostiene que, aunque se utilicen helicópteros, se podría seguir recurriendo a los animales, y sobre todo "hay que generar trabajo para la gente".

El riesgo para Canfranc sigue existiendo, insiste, y cada vez es mayor si no se rehabilitan esas defensas. "Si este invierno, con todo lo que llovió, hubiéramos tenido 5 o 6 grados menos, habría sido nieve. Ha habido inviernos que en Astún se han llegado a medir 14 o 16 metros sumando todo", señala López. "Que tengamos un invierno o dos sin nieve no garantiza que al siguiente no se produzca una gran nevada y haya un alud de arrastre grande en alguna de las laderas. Puede llegar hasta el fondo del valle, y eso afectar al ferrocarril, la carretera o cualquier sitio habitado". Él reclama continuar el legado del ingeniero de montes Benito Ayerbe, porque "si se hizo un esfuerzo para tener la estación y las viviendas bien protegidas, hay que pensar en el mantenimiento. Ha llegado el momento de hacerlo, y en condiciones".

«Envejecidas y deterioradas»

El Gobierno de Aragón ya ha anunciado su intención de acometer la rehabilitación respetando esas "impresionantes" defensas. Es la idea principal, afirma el director general de Medio Natural y Gestión Forestal, Diego Bayona, "por su propia importancia patrimonial y porque es algo que ha funcionado tantos años, aunque haya que hacer un esfuerzo extra en repararlas y reforzarlas".

Nunca desde su construcción ha habido una inversión tan importante como la que se va a acometer. En 2021 se realizaron trabajos en el barranco de Estiviellas, "en lo más urgente, como la colocación de mallas", asegura Bayona. Según el responsable de Gestión Forestal, "siempre ha habido un seguimiento, lo que no ha habido es una inversión presupuestaria tan importante".

El alcalde de Canfranc, Fernando Sánchez, lleva años reivindicando la necesidad de rehabilitar esos elementos. "Tenemos unas infraestructuras que han funcionado bien, pero hay que mejorarlas y modernizarlas porque están envejecidas y deterioradas. Lógicamente habrá que implementarlas con medidas de protección modernas, y además hacer un tratamiento de las masas forestales, envejecidas", declara.

No es extraño que Canfranc-Estación inaugurara en 2011 el centro A Lurte (alud en aragonés), dedicado al estudio de la nieve y otras situaciones de riesgo en la montaña. Es el único con una predicción local de avalanchas para el Pirineo. Precisamente está ubicado en la casa donde residía Benito Ayerbe, una figura muy presente en la exposición permanente. Sus obras ha protegido durante un siglo las vidas de los vecinos de Canfranc, donde no ha habido víctimas mortales, mientras en el conjunto del macizo aragonés, desde el año 1953 (primer registro oficial), han fallecido mas de 80 personas sepultadas.

Una imagen de los daños en la iglesia en febrero de 1986.
Una imagen de los daños en la iglesia en febrero de 1986.
Jesús Ezquerra

La última gran avalancha

No hubo daños personales aquel 2 de febrero de 1986, cuando quedó enterrada la iglesia. "Nevaba desde hacía 10 días, los últimos cinco sin parar". A las siete de la tarde, horas después de la misa dominical, Canfranc presentaba un aspecto fantasmal, narraba el cronista local Jesús Ezquerra, con una capa de metro y medio de nieve sobre el asfalto. Ni los quitanieves podían avanzar. Situada al fondo de un valle muy cerrado, a veces la nieve se saca de la localidad con camiones porque no hay espacio donde depositarla cuando se despejan las vías públicas. 

Afortunadamente el pueblo estaba casi vacío aquella tarde cuando la avalancha bajó por el barranco de Estiviellas arrancando los árboles a su paso. Si hubiera descendido por la otra ladera, habría caído en la playa de vías, pero en la oeste se precipitó sobre el casco urbano. Los daños se limitaron a la iglesia, aunque se desalojaron edificios cercanos por temor a una réplica y quedó una gran cicatriz en el bosque. La nieve y los materiales arrastrados invadieron la iglesia, destrozaron las ventanas y la cubierta. El dique grande de Estiviellas minimizó los efectos pero no fue capaz de parar la avalancha.

Víctor López e Inés Veintemilla sobre uno de los diques de contención del barranco de Estiviellas, desde donde se aprecia el fuerte desnivel hasta la estación de tren.
Víctor López e Inés Veintemilla sobre uno de los diques de contención del barranco de Estiviellas, desde donde se aprecia el fuerte desnivel hasta la estación de tren.
Javier Navarro

"Hay un riesgo real, las defensas se deterioran"

"Cuando hay mucha nieve, los ves caer. Hay un riesgo real. Las defensas han funcionado durante 100 años, pero se han deteriorado y perdido eficacia. Por eso llevamos mucho tiempo pidiendo su rehabilitación". Inés Veintemilla es concejala de Medio Ambiente y como tal responsable del centro A Lurte, desde cuyo balcón señala los diques que jalonan los barrancos en la ladera este, frente del edificio. Insiste en protegerlos como patrimonio local, "porque es algo que nos identifica, lo mismo que la estación de tren". 

"La colocaron en los Arañones porque tenía que estar controlada y cerca de la frontera. Se levantó una explanada de 12 metros de alto con 135.000 metros cúbicos de residuos de excavación del túnel de 8 km del monte del Tobazo. Pero vieron que todo se vendría abajo por los aludes si no protegían las laderas", recuerda, mientras muestra en las salas de exposiciones de A Lurte reproducciones a escala de los diques vacíos y el traje de gala del cuerpo de Ingenieros de Montes de la familia Ayerbe.

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