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Huesca

Patrimonio

Roda de Isábena no llora la muerte de Erik el belga

El pasado diciembre se cumplieron 40 años del robo perpetrado por en la catedral de San Vicente por la banda de este famoso ladrón internacional de arte sacro. 

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Vecinos de Roda de Isábena observan una de las escasas piezas recuperadas tras el robo
Heraldo.es

La muerte de Erik el belga no dejará muchas lágrimas en Ribagorza donde una de sus "hazañas" arrasó con el legado patrimonial que atesoraba la catedral de San Vicente de Roda de Isábena. En un robo del que se cumplían el pasado diciembre 40 años, la banda de este famoso ladrón internacional de arte sacro arrambló con un impresionante botín de incalculable valor que, en buena medida, sigue en paradero desconocido o en manos de quien es muy difícil su devolución.

"Que Dios lo tenga en su Gloria; yo como cura de Roda no puedo sino perdonarlo pero el principal problema de este hombre fue que nunca llegó a arrepentirse de verdad de lo que hizo", señala el párroco de la localidad, mosen Aurelio Ricou, quien entiende que, con sus acciones, Erik el belga "causó mucho daño". La noticia de fallecimiento del ladrón internacional llegaba en un día en que Roda parecía revivir tras el silencio y soledad en sus calles de estos meses de confinamiento. 

Algo que no se le ha escapado al alcalde, Joaquín Montanuy, quien apuntaba esa presencia de "numerosos visitantes" en una jornada en que los vecinos recordaban con la noticia del fallecimiento unos momentos grabados a fuego en la memoria colectiva. "Para Roda fue un momento horrible y todavía hoy los mayores recuerdan estremecidos todo lo relacionado con el robo", sostiene el edil, esperando que la desaparición de su principal protagonista "permita correr página definitivamente sobre este tristísimo suceso".

Las crónicas de la época hablaban de una relación de objetos –varios de ellos únicos en su género- que haría las delicias de cualquier perista y entre los que se encontraban "unaa silla de tijera, en madera esculpida, del siglo IX, llamada de san Ramón; la arquilla de san Valero, dos mitras del siglo XII, dos báculos episcopales del mismo siglo, uno metálico y otro en marfil; un tapiz, una campana del siglo XIV; varios cuadros de los siglos XVI y XVII, varias telas y sudarios de los siglos X y XII de origen visigótico y árabe; varios utensilios de plata góticos; dos casullas del siglo XVI; un libro de coro en pergamino; una cruz de madera tallada del siglo XVII; una imagen de la Virgen del siglo XVIII; una arqueta reclinatorio; dos peines de marfil del siglo XII y una capa encarnada del siglo XVII”.

El tesoro catedralicio que había sobrevivido a guerras y otros saqueos previos quedó arrasado generando una sensación de impotencia, amargura y desánimo de la que los rotenses tardaron mucho tiempo en desembarazarse.

Unos años después del robo, imbuido de espíritu ecuménico y deseando representar físicamente ese perdón a las ofensas que pregona el cristianismo, el carismático párroco de Roda José María Lemiñana invitó a Erik el belga a una polémica visita que no acabó de ser entendida por los vecinos ni por la opinión pública aragonesa. Además del perdón, Lemiñana perseguía con este encuentro lograr la colaboración del saqueador para intentar recuperar parte del botín obtenido. Y algo debió colaborar ya que tiempo después de su estancia se hicieron públicas algunas pistas sobre determinadas piezas robadas de la catedral.

Aún así, en la actualidad se ha recuperado una parte ínfima de lo saqueado, con algunas de las piezas en unas lamentables condiciones. El ejemplo más ilustrativo es lo ocurrido con la singular silla de san Ramón, un mueble de tijera único en Europa datado en el siglo IX, que la banda troceo para poder vender mejor y del que ha vuelto a Roda tan sólo una parte y con grandes desperfectos. 

Y otras piezas han regresado con muchas renuencias, como la tralla de San Ramón, o –es el caso del tapiz de San Ramón- se guardan en Huesca para asombro de las gentes de Roda y contento de quienes desde Lérida y el resto de Cataluña se empeñan en eternizar la devolución de los bienes religiosos de las parroquias aragonesas y que ven en lo de este tapiz rotense una confirmación de sus pretensiones.

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