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Huesca

Los últimos alfareros de Bandaliés

Los Abió continúan con la tradición secular del oficio en la Hoya de Huesca.

El alfarero Raimundo Abió, en el torno, en el taller de Bandaliés, en la Hoya de Huesca.
El alfarero Raimundo Abió, en el torno, en el taller de Bandaliés, en la Hoya de Huesca.
M.P.

Hubo un tiempo que el pequeño enclave de Bandaliés, en la Hoya de Huesca, llegó a contar hasta con 35 talleres de alfarería, una pujante actividad que se vio truncada con la Guerra Civil, el éxodo rural y los cambios que impuso el progreso en la vida doméstica.

Ha sido el empeño y la vocación de los Abió-Carreras, una de las familias de más raigambre con más de 500 años en el oficio, quienes impidieron la desaparición de la tradición de la cerámica en este enclave del Somontano oscense. En 1964 se cerró el último de los alfares de Bandaliés y en el año 79 Julio Abió lo reabrió, un robusto edificio con solera en el que hoy trabajan sus tres hijos, con Raimundo Abió a la cabeza de una fabricación que camina entre dos tiempos: el conjunto de ollería y menaje que caracterizó la producción autóctona, y nuevas piezas contemporáneas, algunas de las cuales se extienden por colecciones de diversos países gracias a la reciente colaboración con el artista zaragozano afincado en Francia, Félix Anaut.

"El uso de las piezas de cerámica ha cambiado completamente, pero la pieza sigue siendo exactamente la misma que podía hacer mi abuelo o mi bisabuelo", explica Raimundo mientras se afana en las arcillas de su taller, ubicado a la entrada de este pequeño enclave a 11 kilómetros de Huesca, un núcleo urbano de rotundas casas solariegas entre campos de cereal. El edificio que alberga el obrador se integra en una manzana, junto con un bloque de apartamentos rurales, que fue en tiempos el Abadiado de Montearagón, desamortizado luego con Mendizábal, y que se reveló con el tiempo idóneo para el oficio de la alfarería por su amplitud, luz natural y por los gruesos muros que lo aíslan del exterior y favorecen el proceso de secado lento que requieren las piezas.

Cerámica autóctona aragonesa

Por allí pasan grupos, escolares y los turistas en su descubierta a los parajes del Somontano. "Por proximidad tenemos mucho público francés, que además aprecia mucho el trabajo de la alfarería y la pieza autóctona. La gente se queda impresionada cuando te sientas en el torno", dice Raimundo.

En la planta superior del edificio los Abió exponen miles de piezas, todo un muestrario del menaje de antaño con diversidad de soperas, ollas, terrizos, caracoleras, botijos, ajeros, tarteras, fuentes, cazuelas o cántaros. Allí se aprecian las singularidades de la tradición de Bandaliés, de cerámica roja brillante con decoraciones típicas como los círculos punteados a modo de flor practicados con una media caña a la que se le hacen cortes longitudinales, ornamentaciones de incisiones con formas vegetales o los llamados cordones digitados -se aplican con los dedos-, que aportan elegancia y consistencia a los jarrones.

Del alfar de Bandaliés ya se tiene noticias en época musulmana, pero como ha documentado el estudioso y ex presidente del Instituto de Estudios Altoaragoneses Bizén D'o Rio Martínez, con la expulsión de los moriscos son los artesanos cristianos quienes a partir del siglo XVII asumen el oficio, con producciones que beben de la herencia anterior pero generando nuevas tradiciones que han llegado a nuestros días. Para D'o Rio Martínez, la cerámica de Bandaliés, al no haber recibido influencias de otros talleres como los levantinos o catalanes, es la que permanece más autóctona como aragonesa.

Una tradición que tuvo su reconocimiento con la apertura en el año 1982 en Bandaliés del Museo de la Cerámica del Altoaragón, en la que se aborda la tradición del enclave y el papel de otros obradores del lugar como los de Juan Laborda, Sixto Martínez, Hilario Otín o los Hermanos Aniés, entre otros muchos.

Experimentar el tacto de la tierra

Acercarse al taller de los Abió es también una invitación a experimentar el tacto de la tierra y del barro húmedo. "No se puede contar lo que te va a ocurrir, tú pruebas, sacas tus conclusiones, y decides si quieres continuar", dice Raimundo.

Pero en el gran almacén de estos artesanos ya ocupan buena parte las creaciones contemporáneas, piezas llamativas y coloristas que recuerdan los brochazos de Pollock. "Por el batacazo que ha llevado el comercio ahora vendemos a menos tiendas", apunta Abió, quien incide en la importancia de la fabricación de piezas con carácter, pues "el mercado está saturado, si no vas con calidad tienes los días contados". En todo caso, "el trabajo artesanal se aprecia y el boca a boca funciona. Alguien ve una pieza nuestra en un sitio, le gusta y así surgen pedidos, el último fueron 35 piezas tradicionales que enviamos a Houston", explica.

Por el taller pasó hace unos años el artista zaragozano Félix Anaut, afincado en Francia, y a partir de ahí surgió un deseo de conocimiento mutuo entre artista y artesano, por explorar los procesos, la reacción de la materia a la temperatura, el surgimiento de los colores y las formas. "Al principio tuvimos que conocer las técnicas, los esmaltes son muy complejos y el horno tiene una complejidad enorme", explica Félix Anaut. Una colaboración que ya ha dado piezas en común, algunas adquiridas para importantes colecciones privadas extranjeras, si bien el primer proyecto en conjunto lo preparan para el año que viene en la sala Zimmer Stuart Gallery de Londres, en la que exhibirán 12 piezas.

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