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Emigrar a Alemania en los sesenta: "Llegabas a una ciudad moderna, con unas fábricas que nunca habías visto. Eso me impresionó"

Ángel Ceamanos tiene 70 años, se marchó de su Atea natal con solo 18, buscando trabajo en un país desconocido, siguiendo a un hermano. Allí formó una familia, pero siempre ha mantenido sus raíces.

Ángel Ceamanos, originario de Atea, con su mujer, Pilar Díez, en Alemania.
Ángel Ceamanos, originario de Atea, con su mujer, Pilar Díez, en Alemania.
A. C.

Con tan solo 18 años Ángel Ceamanos dejó su Atea natal. Su marcha fue en busca de mejores oportunidades laborales, en los años del éxodo del campo a la ciudad, en los que algunos como él se atrevieron a cruzar fronteras. "Atea era un pueblo muy bonito, acogedor, pero toda la gente joven se marchó en los años sesenta y se quedó un poco huérfano de juventud", recuerda sobre esa época. Él se fue en 1969 a Alemania porque ya estaba allí un hermano suyo. Nunca ha perdido relación con el municipio zaragozano de la Comarca de Daroca, donde ha mantenido la casa familiar. Allí acude en verano con su mujer, también española, su hija y su nieta, aunque la pandemia de covid-19 ha reducido estas visitas.

Aquellos fueron años de despedidas. De ver marchar a jóvenes y a familias enteras. "Emigraron a Zaragoza, a Barcelona y Madrid. Al extranjero se fue poca gente, solo estaba mi hermano Eduardo en Alemania y otros dos en Suiza", recuerda desde Alemania en una entrevista vía Whatsapp entre audios y mensajes escritos con la ayuda de su nieta Anabel Sousa como entrevistadora. En la conversación cuenta cómo su hermano le buscó trabajo en una fábrica. Fue su primer viaje fuera de casa y lo hizo a miles de kilómetros. Todo el trayecto en tren, primero a Madrid, donde les hacían reconocimientos médicos y luego a Alemania, a la localidad de Mannheim, situada cerca de la frontera con Francia.

La primera Navidad solo

"La llegada fue un poco deprimente porque nunca había salido de casa y salir a un país en aquellos años no era como ahora que está todo más globalizado y la gente se mueve más", cuenta sobre ese largo viaje hacia lo desconocido. "Fue duro", confiesa, pero conocer a otros españoles le ayudó a sobrellevarlo. "Había muchos". Tantos, que afirma que le costó más aprender alemán porque hablaba solo en español.

Llegó en septiembre y el momento en el que se sintió más solo fue su primera Navidad. Confiesa que estuvo a punto de volver a España, pero luego se le pasó y se "empeñó" en que "tenía que seguir adelante", porque había ido para mejorar y lo consiguió "a base de sacrificio". 

El cambio fue radical de un pequeño municipio a otro grande, que hoy tiene 300.000 habitantes. "Llegabas aquí a una ciudad moderna, con unas fábricas que nunca habías visto. Eso me impresionó muchísimo", recuerda de su primer contacto con su nuevo hogar y la planta de la multinacional BASF en la que trabajaba con su hermano. Integrarse en la empresa no le costó mucho, pese a no saber el idioma al principio. "Los alemanes trataban de enseñarnos muy bien, fueron muy amables. El alemán lo fui aprendiendo poquito a poco. En el trabajo había muchos españoles donde estaba y me costó un poco más aprender, hasta que no pasaron unos años, pero todo se consigue".

Ángel y Eduardo Ceamanos, vecinos de Atea que emigraron a Alemania.
Eduardo y Ángel Ceamanos, vecinos de Atea, junto a la casa donde se alojaba su hermano en Alemania, con la vista de fondo de su empresa.
A. C.

No pasó muchas más Navidades solo. En el verano de 1973 se casó con Pilar Díez, española de Bárcena, un pueblo cerca de León que vivía en la localidad alemana. Siguieron manteniendo relación con otros españoles en el 'centro español' de la ciudad donde había baile, e inculcando el amor por Atea y España a sus hijos. 

"Nací y me crié en Alemania. Fui al colegio y las vacaciones del verano era cuando se iba al pueblo a visitar a los abuelos y los tíos que estaban en España", cuenta su hija, Cristina Ángeles, de 45 años, sobre sus primeros recuerdos de Atea. "En casa se hablaba mucho en español porque era algo que mis padres veían con mucha importancia, que los hijos, mi hermano y yo, hablásemos español para no perder las raíces, aunque hayamos nacido aquí.

Ángel Ceamanos, emigrante de Atea a Alemania, con su nieta Anabel y su hija Cristina.
Ángel Ceamanos, emigrante de Atea a Alemania, con su nieta Anabel y su hija Cristina, en Mannheim.
A. C.

Cristina hizo su grupo de amigos en el pueblo, con el que mantenía contacto, entonces por carta, de un verano a otro. "De ahí surgieron algunas amistades muy bonitas que siguen aún", asegura. La conexión con Zaragoza se reforzaba en fechas especiales como las Fiestas del Pilar. "En casa, cuando era pequeña no teníamos Televisión Española, que vino mucho más tarde, pero había días del año, por ejemplo, el de la Pilarica, que mi madre, como se llama Pilar, lo celebrábamos y llamábamos a los familiares en España", comenta. 

Anabel, la tercera generación nació también en Mannheim, pero guarda muy buenos recuerdos de sus veranos en el pueblo, que ha tenido que dejar de disfrutar por la pandemia. Hace tres años que no va. "Para mi lo mejor era ir a ver a mi familia puesto que aparte de mi tío y mis abuelos, no tengo ningún familiar aquí en Alemania". Le gusta también el paisaje que rodea el pueblo. "Simplemente me encanta la naturaleza y la tranquilidad que hay por allí", dice. Y sobre todo, siempre le ha interesado conocer la historia de su familia. "Mis abuelos siempre me contaban anécdotas de cuando eran jóvenes, nos íbamos mucho al monte y a ver otros pueblos".

Ángel Ceamanos, originario de Atea, con su mujer, Pilar Díez, en Alemania.
Ángel Ceamanos, originario de Atea, con su mujer, Pilar Díez, en Alemania en una foto reciente.
A. C.

Ella espera poder volver a disfrutar de esos recuerdos familiares compartidos entre el paisaje salpicado de viñas en Atea. También sus abuelos. No son muchos los compatriotas con los que guardan contacto ahora en Alemania después de aquellos tiempos unidos por la emigración y la nostalgia. "La mayoría de los españoles ya marcharon o murieron", lamenta Ángel, que como jubilado tiene ahora más tiempo para venir a su tierra, eso sí, si la pandemia lo permite.

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