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comercio y hostelería

El taller de cerámica Villa-Rubei amplía negocio en tiempos de covid con dos apartamentos turísticos

El proyecto estaba en la mente de Carmen Igual desde que abrió su propio espacio, hace 15 años. Por circunstancias, las obras arrancaron en febrero de 2020 y ni la pandemia las detuvo.

Carmen Igual, en su taller de cerámica Villa-Rubei de Villarroya de los Pinares.
Carmen Igual, en su taller de cerámica Villa-Rubei de Villarroya de los Pinares.
Heraldo

Cuando Carmen Igual se introdujo en el mundo de la cerámica no tenía conocimientos en la materia, ni ningún familiar o conocido que los tuviera. Solo sabía que podría ser algo que le gustara y que quería, ante todo, poder vivir en el pueblo y ganarse la vida allí. El pueblo es Villarroya de los Pinares, en el Maestrazgo, y Carmen lo consiguió. Hace 33 años abrió, junto con otras cuatro personas una casa de oficios. Pero el tiempo fue pasando y el resto de integrantes fueron desligándose de esta actividad.

Ella se mantuvo firme en su decisión de apostar por la cerámica y, sobre todo, de poder tener la calidad de vida que quería viviendo en el medio rural. Los primeros 15 años, Villa-Rubei, como se llama su taller, estaba en el horno del pueblo, en desuso hacía tiempo, y cedido por el Ayuntamiento para este fin. De sus manos salían sobre todo piezas de decoración y creativas, casi siempre por encargo, y también hacía utilitarios como juegos de café o tazas, así como imanes de recuerdo de los pueblos de toda la comarca.

Sus productos no han cambiado mucho en este tiempo pero sí el lugar donde se producen y las líneas de negocio. En la mitad de su andadura en el sector cerámico, Carmen y su marido compraron el terreno de un viejo huerto y construyeron una casa de tres plantas. En la parte baja es donde tiene instalado el taller, en la primera viven y en la segunda hay dos apartamentos turísticos.

Esta es la última novedad de Villa-Rubei, que ahora ha ampliado su ámbito de acción y ofrece una experiencia completa: taller de cerámica tanto de iniciación como avanzado y alojamiento en un apartamento creativo en el Maestrazgo. Una oferta diferente con la que Carmen se lanzó sin saber cómo funcionaría y en una época, cuanto menos, incierta. Y es que desconocedores de lo que ocurriría un mes más tarde, las obras para habilitar las estancias comenzaron en febrero de 2020. Lejos de detenerse, el confinamiento les sirvió para disponer de más tiempo para este nuevo proyecto que finalmente vio la luz en julio del año pasado.

Para sorpresa de Carmen, los apartamentos están funcionando muy bien y le ayuda a sacar dinero de forma más fácil que con la cerámica. “Aunque es mi pasión, es sacrificado. Para tener ingresos que compensen tienes que invertir muchas horas y además trabajo sola. Me paso días enteros trabajando sin salir del taller y hay momentos duros. Pero ahora, con los apartamentos estoy más acompañada y distraída”, explica.

La otra cara de la moneda es que haber pasado el confinamiento trabajando en lo que le gusta, desde su casa, en el pueblo y sin tener que relacionarse con nadie ha sido una gran ventaja para Carmen. “Esta temporada me ha hecho reafirmarme en que las decisiones que he ido tomando todos estos años han sido acertadas”, asegura.

Carmen Igual, en su taller de cerámica Villa-Rubei de Villarroya de los Pinares.
Carmen Igual, en su taller de cerámica Villa-Rubei de Villarroya de los Pinares.
Heraldo

La decoración y los talleres, en auge

Otra de las conclusiones que Carmen saca de la pandemia de la covid-19 es que la gente ha recuperado el gusto por la decoración. “Al haber pasado más tiempo en casa, se ha vuelto a invertir en cosas para el hogar”, dice, según lo que ha observado en su taller, donde también tiene venta directa de productos. Entre los más demandados están los utilitarios, es decir, juegos de café, tazas, boles de desayuno y otros que sirven para el día a día. Pero si algo triunfa en Villa-Rubei son las ovejas. “Es mi pieza principal y prácticamente nadie de quienes entran en la tienda se van sin llevarse una”, asegura Carmen. De hecho, el verano pasado todas las que hizo se agotaron y tuvo que vender hasta las que tenía como parte de la decoración de los apartamentos.

Pero pese a esta tendencia al alza de la venta de artículos de decoración, la actividad en el taller Villa-Rubei ha bajado mucho a raíz de la covid-19. “He tenido encargos pero los ingresos han bajado y durante cuatro meses no ha entrado nada de dinero”, explica, al mismo tiempo que apunta que para ella, que tiene un negocio en el medio rural desde hace 33 años, esto no es nada nuevo. “Aquí es normal estar tres o cuatro meses sin ingresos y luego en verano remontar”, dice.

Además de los turistas que visitan el Maestrazgo y quienes encargan piezas para regalar o para su propio uso, Carmen recibe encargos más grandes de instituciones como ayuntamientos de la zona, diputación provincial o asociaciones. Así, de su torno salen vajillas para particulares, placas para apartamentos turísticos o para nombres de calles, trofeos… Casi todos son clientes de la zona pero desde hace un tiempo ha ampliado fronteras y trabaja también para un restaurante de la provincia de Tarragona y otro de la zona de Albarracín, para quienes crea platos y otras piezas personalizadas y creativas.

Este tipo de encargos también se ha visto afectado por la pandemia pero, por otro lado, Carmen ha notado cómo la demanda de talleres crece. De forma paralela a ese nuevo gusto por la decoración, por su experiencia, ha observado que en este tiempo de confinamiento muchas personas se han dedicado a actividades manuales, que obligan a focalizar la atención. “La gente ha vuelto a valorar este tipo de disciplinas artísticas que hacen que tengas que estar centrado en algo concreto”, asegura. Además, ahora que los grupos son más reducidos que antes, Carmen disfruta mucho más, ya que puede prestar una atención más personalizada. “Vienen familias de cuatro con dos niños, hermanas o parejas de madre e hija que quieren vivir una experiencia nueva juntas”, explica.

Durante las sesiones, que en estos casos suelen ser de iniciación, cada alumno escoge qué pieza quiere crear a mano (un cenicero, una taza, un plato…). Siguiendo las indicaciones de Carmen, primero se corta el trozo de gres, material con el fabrica todos sus productos ya que es más resistente que la arcilla y se puede meter al microondas o al lavavajillas. Después se moldea a mano y, aunque no siempre es necesario, todos quieren probar el torno. El siguiente paso es decorar la pieza y dejarla secar durante un día. Pasado este tiempo, se cuece una primera vez en el horno a 950 grados y, tras esmaltarla, requiere una segunda cocción, esta vez a 1.250 grados.

Un largo proceso que Carmen lleva a cabo para confeccionar cada uno de sus encargos. Muchas horas y dedicación invertidas con cariño para obtener piezas totalmente artesanales y hechas a mano a precios nada abusivos. “Una taza puede costar 6 euros cuando he visto piezas similares en otros sitios por 40. Aquí tenemos precios de taller, no de tienda”, asegura Carmen, quien se define como artesana, no como comercial. “Prefiero que a la gente le guste lo que ve, lo disfrute y lo compre por eso, no porque yo les convenza”, reconoce. Algo tendrán sus creaciones cuando quien entra al taller compra y eso que, según dice Carmen, ella no sabe vender.

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