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"Llegué tan exhausto que nada más pisar tierra perdí el conocimiento"

Aboubacar y Mohamed arriesgaron su vida para huir de la pobreza y la violencia en busca de un futuro mejor. Hoy el destino les ha juntado a orillas del Jiloca.

Mohamed, en su habitación de la residencia de Burbáguena.
Mohamed, en su habitación de la residencia de Burbáguena.
Guillermo Mestre

Las imágenes de decenas de inmigrantes poniendo pie en tierra tras viajar hacinados en una patera forman parte ya del imaginario colectivo de los ciudadanos. En las últimas semanas, en Ceuta se ha podido seguir en directo la entrada de miles de personas directamente a nado. Es difícil pararse a pensar que detrás de cada uno de ellos hay una historia y un motivo que le impulsó a jugarse la vida en el mar, a meterse en una embarcación precaria sin saber cuál sería su destino. Tal vez la muerte.

Aboubacar y Mohamed son dos de esas historias. Partieron de países distintos -Mali y Senegal, respectivamente-, pero el destino les ha juntado a orillas del río Jiloca, en el alojamiento que Accem acaba de estrenar en Burbáguena. Los dos huyeron del hambre y la violencia en busca de un futuro mejor que esperan encontrar en Aragón, en España o en Europa.

Mohamed tiene 25 años y llegó en patera a Tenerife el pasado 8 de octubre. Fueron ocho días de viaje con 84 personas a bordo del cayuco. “Los primeros días teníamos comida y agua, pero los dos últimos se acabó todo lo que llevábamos. Llegué tan exhausto que nada más pisar tierra perdí el conocimiento”, recuerda.

En su país la vida se le torció pronto. Vivía con su padre y sus hermanos. Cuando murió el cabeza de familia, sus hermanos se pelearon por la herencia y él acabó literalmente en la calle, solo y sin ningún recurso. Trabajó de pescador, pero veía que allí “no tenía ningún futuro”. En su vida en la calle se enteró de que había un hueco en una patera por el que, asegura, no tuvo que pagar nada. “Era mi oportunidad”, señala.

No sabía a dónde viajaba, ni siquiera conocía nada de España. Ahora solo quiere “trabajar para poder vivir”. Le da igual dónde, no tiene predilección por ir a una ciudad grande o a uno de esos pueblos pequeños necesitados de sabia joven. Aún con un futuro incierto por delante, dice que no se arrepiente de la decisión de subirse a esa patera. “Estoy contento, ahora quiero aprovechar esto”, dice.

Aboubacar, en su habitación del dispositivo de primera acogida de Burbáguena.
Aboubacar, en su habitación del dispositivo de primera acogida de Burbáguena.
Guillermo Mestre

Aboubacar es de Mali. A sus 38 años se subió en una patera en Mauritania rumbo a las Canarias. Tras tres o cuatro días de viaje, él y sus 50 compañeros pisaron suelo europeo. Él quita hierro a las penosidades del trayecto. “Estaba tranquilo, no tenía miedo”, recuerda. Aunque fue duro, no llegó a temer por su vida.

En Mali vivía con su padre y su hermano mayor. Aunque trabajaba donde podía, siempre fueron pobres, vivían con lo mínimo. Su padre murió y a su hermano “lo mataron por cuestiones políticas”. “Estaba solo y vi que o salía de allí o correría la misma suerte que él”, señala. Por eso recorrió miles de kilómetros hasta la frontera mauritana para, desde allí, buscar por mar las tierras europeas. 

Ahora su objetivo primordial es regularizar su situación “para poder trabajar”. Aunque está dispuesto a ganarse la vida “en cualquier lugar”, quiere ir “a una gran ciudad”, mejor que a un pueblo pequeño. Pese a ello, está “muy contento” por la acogida que han tenido en Burbáguena. Da las gracias por todo lo que ha recibido y reza para que su suerte cambie. "Me gustaría hacer una vida aquí, poder establecerme y vivir tranquilo", desea.

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