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aragón, de puertas adentro en pandemia

Familia Mesones: "En el confinamiento decidimos que cada uno cocinara un día"

Pilar Mesones (53) y José Luís Marquet (66) residen en la calle Conde Aranda junto al padre de ella, Felipe Mesones, de 90 años.

Pilar Mesones (53) y José Luís Marquet (66) residen en la calle Conde Aranda junto al padre de ella, Felipe Mesones, de 90 años.
Pilar Mesones (53) y José Luís Marquet (66) residen en la calle Conde Aranda junto al padre de ella, Felipe Mesones, de 90 años.
Javier Belver

Lo que más echo en falta es volver a Daroca”, reivindica Felipe Mesones. A sus 90 años, este último le ha cambiado notablemente la vida. “Como a todos”, reflexiona. Hoy, tratando de echar la vista atrás a todo lo ocurrido durante los últimos 12 meses, reconoce que ha pasado largas horas mirando por la ventana que da directamente a la calle Conde Aranda, por la que entra la vida y un sol de justicia, al tiempo que escucha la radio en el pequeño transistor que tiene en su habitación.

A pesar del bullicio que habitualmente predomina en la céntrica vía zaragozana, durante semanas; mientras observaba la calle desde la ventana de su habitación, parecía no pasar nada. Desde que murió su mujer, Soledad Lechón, Felipe vive con su hija, Pilar Mesones; artesana textil de 53 años, y el marido de esta, Luis Marquet (66), ahora jubilado. Pilar ha vivido otra de las partes más duras de la crisis: el cierre de su taller de costura, ‘UnaOcaLoca’, que estaba en el barrio del Gancho.

“Nos mudamos aquí en 2008 y reformamos el piso entero porque teníamos claro que queríamos una casa donde poder no solo dormir, sino vivirla y disfrutarla”, explica ella. Gracias a esa decisión, la darocense reconoce que han gozado de una buena estancia, pues el piso, luminoso y amplio, les ha permitido hacer vidas más o menos independientes: “Cada uno tenía su propio espacio en el que pasaba la mayor parte del día. Procuramos marcarnos una rutina de desayuno, aseo y labores”. Sin lugar a dudas, fue una de las claves que les salvó durante el confinamiento.

Sin embargo, la falta de previsión en un principio hizo que en este hogar no se planteasen un encierro muy prolongado. “Cuando vi que esto iba para largo me bajé al estudio a por mi máquina de coser. Necesitaba seguir creando”, admite. Fue entonces cuando las mascarillas comenzaron a agotarse. “Se creó una red de costura solidaria en el barrio y comenzaron a llegarme descartes de sábanas del Salud para confeccionar mascarillas. En casa nos pusimos manos a la obra, todos juntos”, prosigue.

"Mi padre es muy mayor, así que decidimos no salir de casa durante los dos primeros meses de encierro"

Así, concentrados en el amplio salón de la casa, mientras Luís recortaba sábanas Felipe retiraba los hilos de las primeras costuras. Pilar, siempre en su máquina de coser ubicada de manera improvisada sobre la mesa del salón, era la encargada de dar el último toque a cada una de estas creaciones. Calcula que durante los dos primeros meses llegaron a coser más de 3.000 mascarillas.

Haciendo barrio más que nunca

Un trabajo en equipo que, reconocen, les permitió mantener la mente ocupada durante varios días. “Mi padre es muy mayor por lo que decidimos no salir de casa durante los dos primeros meses de encierro. La compra nos la acercaba la tienda del barrio hasta casa y el intercambio de sábanas, hilos y telas lo centralizaba la farmacia”, explica Mesones. Del mismo modo, la zaragozana se preocupó de hacer llegar paquetes de mascarillas para que los comercios de la zona pudieran repartirlos entre sus clientes. “Fueron momentos muy duros, la gente no tenía forma de conseguirlas por ningún lado y había muchísimo miedo. Pasamos los peores días de la pandemia cosiendo mascarillas””, admite.

Sin embargo, lo que empezó como una labor voluntaria debido a la escasez de material sanitario, pronto se acabó convirtiendo en una reconversión laboral. La artesana reconoce que durante los primeros meses de la pandemia trabajó más que nunca. “Poco a poco fui ajustando el diseño y comencé a crear mascarillas con distintos materiales y modelos”, afirma. Algo que no quita que esté atravesando un año muy complicado a nivel profesional. “Sin ferias, ni eventos, ni poder trabajar con normalidad… la situación está siendo muy dura”, añade.

Pilar Mesones (53) y José Luís Marquet (66) residen en la calle Conde Aranda junto al padre de ella, Felipe Mesones, de 90 años.
Pilar Mesones (53) y José Luís Marquet (66) residen en la calle Conde Aranda junto al padre de ella, Felipe Mesones, de 90 años.
Javier Belver

La clave, mantener la rutina

Cada mañana, la familia Mesones se reunía en la cocina, ubicada al fondo de la casa, para disfrutar del desayuno. Sobre las paredes, un animado papel con flamencos rosas invita a disfrutar de un encuentro distendido. Por la mañana cosían, y paraban a comer en torno a las 13.00 horas. “Decidimos que cada uno cocinara un día. Felipe, desde que enviudó, se ha hecho experto en preparar verdura”, afirma José Luis, que dedicó la mayor parte del tiempo a realizar “pequeñas chapuzas” en casa.

"A pesar del encierro, por la noche, mientras cenábamos, nos preguntábamos qué tal había ido el día"

Por la tarde, cada uno dedicaba el tiempo a lo que quería. Pilar prefería quedarse en su habitación leyendo mientras su marido, en el salón, no perdía de vista las noticias. “A pesar del encierro, por la noche, mientras cenábamos, nos preguntábamos qué tal había ido el día”, explican. Un pequeño gesto que les acercaba durante unos instantes a aquella normalidad perdida. José Luis recuerda el día que bajó a revisar el coche por primera vez tras varias semanas: se le había quedado sin batería.

El recurso de cantar

“Lo peor fue tratar de asumir lo que nos venía encima. No poder ver a la familia, ni desplazarse con normalidad, o no poder tener una vida”, prosigue. Así lo señala también Felipe que asegura que tras un año tan extraño ha perdido movilidad y ha notado más dolores que antes. “Siempre he salido a dar muchos paseos, pero la primera vez que bajé a la calle tras la llegada de la pandemia, volví con agujetas”, asegura. Sus incursiones a la vía pública fueron paulatinas. “Comencé saliendo a bajar la basura hasta que me confié para ir hasta plaza Europa a comprar verdura”, afirma.

El resto del tiempo, a parte de pasar largas horas en el sofá viendo las noticias, lo pasaba cantando jotas, aquellas que aprendió en Daroca cuando era joven y que llevaba sin cantar toda la vida. Fue un recurso que, cuando llegaban esos momentos de soledad que le angustiaban, asegura que le hacía sentirse más cerca de su tierra y de su infancia; sobre todo de su hermana, de 85 años, a la que lleva sin ver más de un año. “Cuando canto, o simplemente tarareo, reconozco que no pienso en nada más, y recuerdo a mi familia, a mis amigos y a los vecinos de toda la vida”, concluye.

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