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Tercer Milenio

La vida de las piedras

Los bienes geológicos de Sijena: la otra historia del monasterio

Existen otros bienes del monasterio de Sijena. Y cuentan una historia bien distinta. Un inesperado relato que describe paisajes que ya no existen. La crónica de la íntima relación entre las piedras de sus muros, un clima que tan pronto las acaricia como las azota y el río que empapa sus cimientos. Te invitamos a acompañarnos en un viaje por el otro patrimonio de este monumento: el geológico.

Portada de la iglesia de monasterio de Santa María de Sijena, un entorno que respira geología
Portada de la iglesia de monasterio de Santa María de Sijena, un entorno que respira geología
Ánchel Belmonte Ribas

Para las personas, emigrar puede ser una opción personal. Para el patrimonio nunca lo es. En ocasiones los vientos de la historia, como si del cierzo se tratasen, soplan hacia el este llevándose aquello con lo que pueden cargar. Sin embargo, en el caso del Real Monasterio de Sijena hay valores que, por su naturaleza geológica, oponen más resistencia. Hay una sorprendente historia del monasterio que empieza hace millones de años y se muestra bellamente escrita en las rocas con las que se construyó: las areniscas.

Y no son mármol de Carrara precisamente. Muy propensas a alterarse, es el material con el que se levantaron los principales monumentos de la mitad sur de la provincia de Huesca. Si quieres ver la cantera del monasterio, habrás de ir al saso de San Pedro, cerca de Castelflorite. Una buena primera toma de contacto con lo mejor del paisaje geológico monegrino.

El sepulcro de Pedro II y su ornamentación natural
El sepulcro de Pedro II y su ornamentación natural
Ánchel Belmonte Ribas

Un Rey enterrado en un río 

Recuerdo mi primera visita a Sijena ya siendo geólogo. La atmósfera que creaban las Hermanas de Belén enriquecía un edificio que en cada esquina deparaba una sorpresa geológica. Ninguna comparable a la del sepulcro de Pedro II, un bloque de roca sobrio donde la ornamentación la ha puesto la naturaleza en forma de finas láminas horizontales e inclinadas. No creo que sea casual que quienes lo elaboraron y lo colocaron en el panteón lucieran esa bella textura de la roca pero, ¿qué significado tiene?

Hace unos 20 millones de años el Pirineo dejaba ya de levantarse y una erosión feroz arrancaba de sus montañas toneladas de sedimentos. Estos llegaban al valle del Ebro transportados por un enjambre de ríos de vida efímera que surcaban los somontanos de la cordillera. El río Ebro aún no discurría. Su cuenca no tenía salida al mar y en su interior el agua formaba un lago de dimensiones variables al compás de un clima más bien seco. Esa miríada de pequeños ríos acumuló un espesor de casi 5.000 metros de arenas y arcillas en el piedemonte pirenaico, y no de cualquier modo. Son incontables los antiguos canales fluviales (paleocanales en el argot geológico) que afloran en los Monegros, Hoya y Somontano. En detalle, sus granos de arena están en la posición en la que el agua los depositó. Y los sedimentólogos saben descifrar por esa posición cómo era el río y su flujo de agua.

(A). Laminación paralela (mitad inferior) y laminación cruzada (mitad superior).
(A). Laminación paralela (mitad inferior) y laminación cruzada (mitad superior).
Ánchel Belmonte Ribas

Las láminas horizontales de granos de arena que forman la base del sepulcro de Pedro II indican corrientes fuertes. Pero una pérdida de energía en la corriente o allí donde hay oleaje, como en las orillas, da lugar a pequeñas ondulaciones. A medida que los sedimentos se acumulan y las ondulaciones migran, se genera un conjunto de finas capas inclinadas de arena, lo que se denomina laminación cruzada y es bien visible en la parte superior del sepulcro del Rey (¡y de la Reina!). 

(B). Huella de la vegetación de ribera marcada por el color rojizo del óxido.
(B). Huella de la vegetación de ribera marcada por el color rojizo del óxido.
Ánchel Belmonte Ribas

Por su parte, la materia orgánica atrapada en los sedimentos, y en buena parte heredera de la vegetación que crecía en las orillas, reaccionó con el agua dando lugar a procesos químicos señalados en la roca como óxidos que reproducen –como sucede en la parte derecha– la marca dejada por esa vegetación de ribera. Un paisaje que nunca vio un ser humano acoge, de alguna manera, al monarca aragonés. Una morada eterna que contiene grabada la historia de un río.

Una idea mejorable

Los expertos en la materia cuentan que hace alrededor de 10 millones de años por fin ese lago interior del Ebro encontró un camino hacia el Mediterráneo. Nuestro gran río había nacido y con él una nueva red fluvial precursora de la actual. Jóvenes ríos iban labrando sus cauces clavándose en los sedimentos de la cuenca del Ebro como cuchillo en mantequilla. Y aquellos que más poder erosivo tenían capturaban las cuencas de vecinos menos enérgicos. Una especie de depredación fluvial cuyos despojos se diseminan aún hoy por el piedemonte pirenaico. Y el principal depredador al sur de las últimas sierras pirenaicas fue el Alcanadre. Casi 180 kilómetros de longitud encajados en las calizas serranas y en las areniscas y arcillas de su tramo medio-bajo. Y un perfil transversal escalonado por hasta nueve niveles de terrazas fluviales, nueve testigos de la posición pretérita de su lecho. Sobre uno de los más recientes, apenas elevado sobre el cauce actual, se erige el monasterio. Y tal vez eso arroje algo de luz sobre la leyenda de su ubicación.

Aspecto de la zona descubierta del claustro.
Aspecto de la zona descubierta del claustro.
Ánchel Belmonte Ribas

Se dice que se eligió una isla dentro de una laguna próxima al río en la que se aparecía la Virgen del Coro. Pese a que se devolvía la imagen a la iglesia parroquial, esta insistentemente volvía a la isla. La reina Sancha mandó construir allí el monasterio, lo que en términos de geotecnia no hacía presagiar nada bueno... La humedad del terreno, relacionada con la proximidad al acuífero del Alcanadre, no ha dejado durante estos siglos de suministrar humedad a los cimientos, a los muros y a los sufridos organismos de las monjas residentes, generando problemas de diversa índole tanto al edificio como a sus moradoras. En las últimas décadas se han efectuado complejas obras que han conseguido drenar el acuífero para eliminar el agua de las cimentaciones. El carrizal que crece al aire libre en el centro del claustro indica la querencia del agua por este lugar.

Filigranas geológicas

El edificio del monasterio es un objeto artístico pero también un objeto geológico que interactúa con el medio. Igual que les ocurre a las areniscas de cualquier afloramiento del entorno, también el clima y los seres vivos modifican las cualidades de la roca de los muros. Así, podemos ver el monasterio como un elemento dinámico que evoluciona con el tiempo y nos narra una historia vivida. Y la clave de esa evolución de la roca es el agua.

Diferentes formas de alteración de las areniscas.
Diferentes formas de alteración de las areniscas.
Ánchel Belmonte Ribas

Entre los granos de arena que forman la roca existen diminutos huecos. Esos poros son suficientes para que por ellos pueda circular el agua. Y por paradójico que parezca –estamos en plenos Monegros–agua no falta. Por un lado, como ya se ha dicho, existe un aporte de agua desde el sustrato del monasterio. Y desde los cimientos asciende hacia la base de los muros por capilaridad, como el café asciende por un azucarillo que sujetemos medio sumergido en él. Por otro, la lluvia, la niebla, la escarcha y el rocío se adhieren a las paredes exteriores del edificio. Una vez dentro de la roca, el agua, al humedecer la arena y secarse repetidamente, provoca que cristalicen sales entre los poros y disuelve el débil cemento que une los granos de arena. Eso provoca que la roca se disgregue de manera paulatina.

A. Alveolos a favor de la laminación cruzada.
A. Alveolos a favor de la laminación cruzada.
Ánchel Belmonte Ribas

Las formas de alteración resultantes son, en ocasiones, tremendamente elegantes. Los alveolos son oquedades de unos pocos centímetros, a menudo desarrolladas a favor de la laminación de la arenisca. Convierten a algunos sillares en verdaderos objetos de orfebrería, dignos de ver. 

Placas (grandes) y escamas (pequeñas) en la base de un muro.
Placas (grandes) y escamas (pequeñas) en la base de un muro.
Ánchel Belmonte Ribas

En las partes bajas de los muros la alteración es mayor y aparecen escamas y placas (según sus dimensiones), frecuentemente con pequeños depósitos de la arena desprendida a sus pies.

Frente de alteración con cristalización de sales.
Frente de alteración con cristalización de sales.
Ánchel Belmonte Ribas

Muy llamativas son las costras y eflorescencias salinas, generalmente de yeso, que marcan el límite superior de las aguas que ascendieron por capilaridad desde el subsuelo. El entorno del panteón real muestra magníficos ejemplos de frentes de alteración y de pequeños y delicados cristales blancos de sal.

Contrafuertes protegidos de la alteración por una costra de liquen.
Contrafuertes protegidos de la alteración por una costra de liquen.
Ánchel Belmonte Ribas

Los contrafuertes del muro sur de la iglesia reciben una fuente de agua más: la de lluvia que resbala desde el tejado. Esa humedad adicional favorece el crecimiento de líquenes negros que reaccionan con la roca creando una costra protectora. La alteración en estos sillares es visiblemente menor que en otros sectores.

¿A qué velocidad avanza la alteración? Estudios realizados en los exteriores del castillo de Alberuela de Tubo, misma roca y misma comarca, ofrecen cifras de entre 4 y 8 mm cada mil años en función de la orientación de los muros. Algo verdaderamente rápido en términos de tiempo geológico…

El monasterio de Sijena es un monumento completamente integrado en su paisaje. Un lugar de cultura y fe que, además, resume la historia remota de su entorno y los procesos que hoy son plenamente activos. Su interpretación geológica es un valor más que añadir a los muchos que posee, y que seguro enriquecerá nuestra próxima visita a este tesoro de todos.

Geoconservación: valores quebradizos

El monasterio de Sijena, a su manera, es un pequeño compendio de las riquezas geológicas que podemos encontrar en el exterior, en los Monegros. Pero lo que en un monumento se puede corregir para conservar el patrimonio artístico, en la naturaleza es el símbolo del libre funcionamiento de los procesos naturales. Y eso hay que preservarlo.

El paisaje natural monegrino, basado en la interacción entre geología y clima, es espectacular y diferente. Lo que el desconocimiento siempre nos ha vendido como algo anodino y carente de interés, es en la distancia corta un maravilloso mosaico de sasos, barrancos y monolitos. Un continuo homenaje a las fuerzas erosivas del valle del Ebro atacando inmisericordes un blando cuerpo de areniscas pobremente cementadas y de arcillas vulnerables a la furia de las tormentas.

El anonimato que tantos lugares bellos guardan ha sido hasta ahora la clave de su buena conservación. Y todo plan de poner al alcance del turismo esos espacios debe contemplar rigurosos análisis de su capacidad de carga. Una elevada circulación de peatones, vehículos a motor, a pedales o a pedales con motor pueden causar un impacto negativo irreversible en parte de este delicado sustrato. En pleno siglo XXI no podemos permitirnos perder más paraísos, por secos que estos sean. La ciencia ha de aportar su conocimiento para que el uso turístico sea verdaderamente sostenible.

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos 

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