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Aragón

gente de la tierra

Nombres propios para la crianza de la carne aragonesa con estilo

Alberto Riba y Natalia Fanlo representan dos de las historias y el trabajo que hace posible la producción del sello de calidad IGP Ternasco de Aragón.

Natalia Fanlo es una joven ganadera de ovino de la localidad zaragozana de Tauste.
Natalia Fanlo es una joven ganadera de ovino de la localidad zaragozana de Tauste.
M. A.

La pandemia ha dado un vuelco a los hábitos de los consumidores que parecen comenzar a mostrar más interés que nunca por los productos que aportan salud, que garantizan una calidad diferenciada, que son de proximidad y que contribuyen al sostener el medio rural y respetan el medio ambiente.

Todas estas cualidades son las que ofrecen el ternasco de Aragón y la Ternera Gallega, dos producciones que lucen el sello de identificación geográfica protegida (IGP) con el que la Unión Europea avala su calidad, garantizada mediante controles específicos. Dos producciones que se integran además en el plan de promoción europeo ‘Carnes con estilo’. Pero, sobre todo, dos ganaderías -la de vacuno en Galicia y la ovino en Aragón-, que llevan protagonizando desde hace siglos un papel protagonista en el sustento de la economía rural de sus respectivos territorios.

Pero esta realidad no sería posible sin el trabajo de cientos de ganaderos empeñados en producir alimentos con calidad y seguridad, bien porque han heredado la pasión por la ganadería de sus familias, bien porque un día decidieron emprender un camino en el sector agrario nunca antes recorrido por sus antepasados, bien porque primero se encaminaron hacia una profesión bien distinta a la que conocían desde la niñez para descubrir con el título en la mano que su vocación estaba en la explotación familiar o bien porque un día decidieron, tras mucho meditarlo, dar un vuelco a su vida y enfilar su proyecto vital con los animales.

Alberto Riba es uno de ellos. Tiene 44 años y una gran tradición ganadera familiar. De hecho, su padre, Antonio Riba, fue uno de aquellos 25 pioneros que en 1981 apostaron por la creación de la cooperativa ‘Carne Aragón’, convertida en la actualidad en Pastores Grupo Cooperativo y que integra a más de 700 ganaderos.

Alberto Riba, ganadero de la comarca turolense del Matarraña, defensor del pastoreo.
Alberto Riba, ganadero de la comarca turolense del Matarraña, defensor del pastoreo.
M. A.

Junto a su mujer, Alberto, que cuida un rebaño de unas 600 ovejas en la montañosa comarca turolense de Matarraña, es un firme convencido de la utilidad del pastoreo. "En invierno nos dedicamos principalmente a limpiar orillas de campos, pinos caídos, etc., que si no lo hacemos los pastores, no lo hace nadie… En primavera segamos la hierba y en verano recogemos la paja que le daremos en invierno a los animales. Este es nuestro día a día, los animales siempre lo primero", señala, antes de dejar clara su defensa a ultranza de la IGP Ternasco de Aragón a la que siempre ha estado adscrita su familia. "La trazabilidad y los controles que lleva a cabo la IGP son muy exhaustivos, controlan al 100% la trazabilidad", detalla. Explica, además, que para que cumplir las exigencias de este sello se vigila minuciosamente la alimentación de las madres, de los corderos, la edad, los piensos, etc., "para que nunca llegue al mercado un cordero que no tenga las máximas garantías para el consumidor", asegura Alberto Riba.

Detrás de esta carne con estilo aragonesa está también Natalia Fanlo, una joven de 27 años que en 2018 y "fruto de una decisión meditada" decidió cambiar de vida para dedicarse a la ganadería. Cuenta ahora con 1.500 cabezas de ovino y caprino en la localidad zaragozana de Tauste (más de 1.400 de ovino), que pastan en los prados de Velilla y Gelsa. "Desde el primer momento tuve claro que quería formar parte de la IGP, primero porque estoy criando ovejas de rasa aragonesa y es una forma de mantener una raza autóctona de la zona, ya que considero importante que no se pierda", explica Natalia. Hay otro motivo. "Con ello le das un valor añadido a los corderos", dice.

Pero no todas las bondades son para el productor. En opinión de esta joven ganadera, las ventajas "más contundentes" del sello europeo son las que obtiene el consumidor final. "Las pautas que exige la IGP garantizan que es un producto de calidad, nacional, de proximidad y que cumple con toda la normativa de bienestar animal", detalla Natalia Fanlo, que insiste en que, además, cuando se compra Ternasco de Aragón IGP se está adquiriendo una carne sostenible que ayuda al mantenimiento del medio ambiente, porque las ganaderías que pertenecen a la IGP pastan por los montes. "Además, estas producciones fijan población en el medio rural, porque allí donde están los animales tiene que estar el ganadero".

Todos estos motivos y porque detrás de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) está el trabajo, la forma de vida y el buen hacer de los productores, la campaña ‘Carnes con estilo’ lanza en estas fechas un plan de promoción que cuenta con la financiación de la Unión Europea y con mensaje claro: ‘Búscala en tu comercio habitual’.  

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