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Aragón

La vida en tiempos de pandemia: comida caliente para personas sin hogar

El Proyecto de Atención Integral a Personas Sin Hogar de Cruz Roja en Zaragoza distribuye 20 comidas calientes donadas por la Obra Social de la Parroquia del Carmen a personas sin hogar en diferentes puntos de la capital aragonesa.

Pilar habla con Lucía Conde y Alex Rajadel acompañada de sus perros
Pilar habla con Lucía Conde y Alex Rajadel acompañada de sus perros
G. S.

Es fácil quedarse en casa confinado. Un mes, dos meses o los que sean necesarios. Es una responsabilidad ciudadana, además de ser obligatorio y estar penado por la ley. Pero que ocurre cuando no se tiene casa o no se puede acceder a una cama en un albergue lleno o cerrado a cal y canto desde la declaración del estado de alarma.

Lucía Conde, de 32 años, trabajadora social responsable del Proyecto de Atención Integral a Personas Sin Hogar de Cruz Roja en Zaragoza, y Alex Rajadel, de 26 años, animador sociocultural, se disponen a distribuir veinte comidas calientes donadas por la Obra Social de la Parroquia del Carmen a personas sin hogar en diferentes puntos de la capital aragonesa.

“Hemos tenido que crear una ruta de distribución al mediodía para evitar que las personas tuviesen que buscar comida en la basura ante la imposibilidad de desplazarse y acceder a comedores gratuitos”, explica Lucia antes de la primera parada.

Lucía y Alex hablan con Antonio
Lucía y Alex hablan con Antonio
G. S.

Antonio, de 57 años, protege su colchón con una barricada de cartones. Lleva viviendo 24 años en la calle y es un enfermo de EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). “Miedo no, pero sí respeto al virus”, asegura este hombre con apenas un 57% de capacidad pulmonar y muy contento porque mañana podrá pasear aunque “con dos mascarillas”.

Empezó con 13 años recogiendo vasos de tubo en una discoteca y siempre ha trabajado en la hostelería o como temporero. “Familia es una palabra tabú”, corta sin dar posibilidad a repreguntar. Aunque minutos después se relaja y se muestra menos esquivo ya sentado en la entrada de un chamizo exquisitamente ordenado y aseado. “La pobreza no está reñida con la limpieza”, explica Alex cuando muestro mi sorpresa.

No existe una sola causa entre los sin techo. “Hemos llegado a la conclusión de que cualquier persona puede acabar en la calle tras una ruptura familiar o quedarse sin trabajo, a veces, aunque no siempre, asociado al consumo de sustancias estupefacientes”, explica Lucía.

Antonio duerme muy poco por la noche por miedo a ser atacado. “Un grupo de jóvenes me tiraron piedras y golpearon los cartones. Hace unas noches me desperté sobresaltado al escuchar voces a las 1,20 de la madrugada. Era una mujer que hablaba con sus dos perros”, cuenta el hombre que se acaba de enterar de la detención en Barcelona de un asesino de cuatro personas sin techo en las últimas tres semanas.

Alex deja la comida en un gancho para un beneficiario
Alex deja la comida en un gancho para un beneficiario
G. S.

El equipo está formado por tres trabajadores y 62 voluntarios que atienden a unas 70 personas al mes y unos 400 al año. Hay una gran fluctuación durante los meses de la recogida de la fruta porque Zaragoza es una ciudad estratégica para los temporeros, al encontrarse en un cruce de camino entre Lérida, Almunia y Fraga.

Cornel es un rumano de 60 años nacido en Transilvania que llegó a Zaragoza en 2003 en los tiempos boyantes de la construcción. Hizo mucho dinero como encofrador, pero acabó perdiendo sus trabajos por alcohólico. Vive en un Opel Astra abarrotado con algunas de sus pertenencias desde que su mujer lo echó de casa.

“Hoy parece que no ha bebido mucho. Hace unos días lo encontramos tirado de la borrachera que llevaba”, explica Alex que reconoce que este trabajo te hace “valorar más ducharte, lavarte los dientes y dormir en una cama caliente”. Lucía añade que el porcentaje de personas alcohólicas o drogadictas es bajo y un 18 % tiene problemas psiquiátricos. La mitad de las doces personas que atienden en el turno son extranjeros, cinco rumanos y un portugués.

La mayoría son hombres aunque en los dos últimos años han detectado un aumento de mujeres. “Las mujeres son más vulnerables, se esconden más o consiguen con más facilidad hogar a cambio de favores”, cuenta Lucía. El nivel de estudios entre los extranjeros sobre todo magrebíes (marroquíes y argelinos) es alto, incluso hay universitarios.

José María enseña sus novelas de Estefania a Lucía
José María enseña sus novelas de Estefania a Lucía
G. S.

La Cruz Roja atiende a personas que viven sin ningún tipo de recurso y se mantienen en un sitio fijo. Les entregan comida, ropa, kits de higiene, gel hidroalcohólico, pasatiempos y pilas de radio para que, como dice un beneficiario, “por lo menos tengo a alguien a mi lado que me habla”, o les cargan las baterías de los móviles.

“Hacemos un seguimiento de su estado de salud, mitigamos el miedo y les damos apoyo psicosocial. Nuestro proyecto busca iniciar un proceso de intervención con cada persona para ayudarles a buscar una alternativa. Pasamos muchas horas hablando con ellos y dándoles confianza”, explica Lucía aunque reconoce que “nos ven como asistentas y les cuesta abrirse”.

Las rutas nocturnas entre 9 de la noche y 1 de la madrugada siempre se hacen con dos o tres voluntarios entre los que hay estudiantes universitarios, jubilados, arquitectos, médicos, administrativos y un periodista. Han encontrado a parejas expulsadas de habitaciones en pisos compartidos desde que empezó la pandemia.

Pilar, de 54 años, vive con sus tres perros que saltan y ladran sin parar en un ruinoso edificio de seis plantas. “En invierno te mueres de frío y en verano te comen las moscas”, cuenta mientras pasea por la nave donde está almacenado todo lo que pudo salvar de su hogar antes de perderlo, incluida una cocina eléctrica y una microondas, que funciona con la luz pirateada de un edificio aledaño.

“Te haces inmune a vivir en estas condiciones porque igual que se aprieta la tierra también lo hace el corazón”, explica mientras le pide a Alex un kit de aseo para el día siguiente. “Las monjas me dejan ducharme. pero no me gusta quitarles el gel”, dice la mujer con problemas con el alcohol y en tratamiento experimental oncológico.

Nueve entidades forman la llamada coordinadora de personas sin hogar. “Intentamos no duplicar los servicios. Los beneficiarios han recibido talleres de fotografía o uno de teatro inclusivo por parte de la compañía Caídos del Zielo, dirigida por Fernando Martín, que en marzo presentó la obra Nadie en el Teatro del Mercado con la participación de personas sin hogar como actores”, cuenta Lucía que también empezó como voluntaria en 2009 en este proyecto.

Mariana, una rumana con un deficiente castellano, vive debajo de un árbol. “Estoy harta de estar encerrada”, dice delante de centenares de metros de campo abierto. Muchos vecinos de la urbanización aledaña reciben diariamente al equipo de Cruz Roja con aplausos. “Hicimos un cartel con las palabras muchas gracias en señal de agradecimiento”, explica Alex.

José María, de 67 años y electricista de profesión que tiró miles de kilómetros de cable durante la construcción de la estación del AVE, lleva viviendo en una garita abandonada de unos 12 metros cuadrados desde hace tres años. La trabajadora social le ha conseguido una pensión no contributiva de 396 euros y, además, se convirtió “en mi ángel de la guarda” cuando el 1 de enero de 2018 lo encontró agonizando y le salvó de morir intoxicado por la mala combustión de un brasero.

Hombre muy solitario, delicado de salud con una operación de corazón y una enfermedad cardiovascular, cada día lee durante muchas horas periódicos, novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefania o libros como “Dispara, yo ya estoy muerto”, de Julia Navarro. Su colofón es claro: “Estoy tan bien aquí que no sé si quiero ir a otro sitio. Nadie me obligó. Lo decidí yo”.

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