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En busca de ‘oro negro’ en las faldas del Moncayo

Un vecino de Vera de Moncayo, Eloy Martínez, recogió la primera trufa de cultivo de la provincia de Zaragoza hace 15 años.

Buscando trufas.
Buscando trufas.
C.I.

Nada más poner un pie en uno de los terrenos que regentan José Luis y Raquel Martínez, hermanos y vecinos de Vera de Moncayo; Gros, uno de sus mejores perros, comienza a moverse nervioso y a recorrer la zona en la que se encuentran en torno a un centenar de carrascas. El can sabe bien que es momento de mostrar lo que mejor sabe hacer: encontrar trufas.

“Busca, busca; ¿dónde está?”, le alienta su dueño. José Luis y él hacen una buena pareja de recolectores, y en apenas unos minutos comienzan a surgir los primeros hongos que cubren, poco a poco, el fondo de la cesta. “Ahora termina la temporada y salen más pequeñas pero estamos de noviembre a marzo sin parar”, explica. El agricultor lleva su equipo básico de trabajo formado por un par de guantes, un pincho –al que denominan ‘machete’- y una especie de banasta. “El resto del año –prosigue- nos dedicamos a podar, labrar y trabajar la tierra para el año siguiente”.

Y eso que este año no ha sido muy bueno. “La climatología no nos ha acompañado. Se ha podrido mucha trufa y ha llegado adelantada por las altas temperaturas”, admite, ya que, asegura, contra el calor no existe ninguna herramienta para proteger ese cultivo. “Si hay sequía puedes compensar con el riego artificial y si llueve mucho, riegas menos, pero si hay temperaturas excesivamente altas… se trastoca todo”, afirma. Además este año su precio ha caído debido a una mayor competencia. La trufa se ha comercializado a 400 euros el kilo frente a los 800 de hace dos temporadas.

Tanto él como su hermana proceden de una de las primeras familias de truficultores de la zona. Hoy cuentan con unas 15 hectáreas y más de 3.000 carrascas. Actualmente en Vera del Moncayo, localidad que cuenta con unos 300 habitantes, apenas 6 familias se dedican a esta actividad, tan solo dos en exclusiva. “Mi padre, Eloy Martínez, recogió la primera trufa de cultivo de la provincia de Zaragoza cuando nadie creía que se pudiera. Todos pensaban que era una locura”, rememora el aragonés. Era el año 2005 y junto a un equipo del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA) se creó la primera plantación experimental de la zona.

Hace 25 años tan solo se cogían silvestres. Aquí no existía cultivo, era algo habitual de Francia y empezó a verse más en Teruel, en la zona de Sarrión”, explica. Aunque asegura que puede servir prácticamente cualquier árbol, lo más habitual suelen ser robles o encinas. “Lo más importante es que no le falte humedad ya que la trufa es como una esponja”, asevera Martínez.

“Lo más duro es el principio, suelen pasar varios años hasta que aparece la primera trufa y hasta que no pasan diez no suele recolectarse una buena cantidad”, continúa. Por eso, hoy asegura que si lo hubiera sabido habría empezado con más hectáreas. “Cuando empezamos estábamos solos, hoy cada vez surge más competencia porque es un cultivo muy cotizado y no hay mucha gente que lo trabaje”, admite el zaragozano.

En su familia cuentan con seis perros truferos, todos entrenados por ellos. “Mi padre nos enseñó todo lo que sabemos. Se trata de jugar con ellos”, relata el agricultor. Primero consiste en lanzar la trufa y que la vayan a buscar como si fuera una pelota. Poco a poco, se van escondiendo y aumentando el nivel de dificultad. “Las subes en una mesa, las tapas con una teja… al final las comienzas a enterrar y siempre le das un premio cuando la encuentran”, afirma Martínez. Tras este proceso, cuya duración dependerá de las habilidades de cada ejemplar, comienzan las prácticas en el campo.

“Todos los perros no valen, hay algunos que son muy listos y marcan que hay una trufa porque saben que les vas a premiar pero luego no hay nada”, asegura. También hay que tener en cuenta otras cualidades como la fuerza o resistencia del animal. “Los perros pequeños tienen menos fuerza en las patas, por ejemplo, y estos factores también cuentan”, añade. En su opinión, el trabajo de truficultultor, hoy en día, no se podría hacer sin ellos.

La búsqueda obtiene su recompensa.
La búsqueda obtiene su recompensa.
C.I.

Jesús Bona, otro vecino de Vera, también lleva años dedicado a la trufa, eso sí, en su tiempo libre. Un negocio que ahora hereda su hijo, Pablo Bona, un joven agricultor de 18 años. “Tenemos una finca de carrascas en la que llevo trabajando 13 años. Al octavo por fin comenzamos a recolectar”, admite, al tiempo que asegura que la espera ha merecido la pena. “Hay que tener en cuenta muchos factores como el ph de la tierra, que tiene que oscilar entre 8 y 8.5, además esta tiene que ser fresca y de calidad”, asegura el agricultor.

En su caso cuentan con tres perros, Obay, Aila y Lili. “El primero lo compré adiestrado en Sarrión. Es difícil dar con un buen perro y que haga todo lo que tiene que hacer”, asevera. Ya que no es solo marcar, sino –y esto es importante para que no estropee el hongo- ha de esperar a que se retire la trufa del terreno para no dañarla.

José Luis Martínez, con Gros.
José Luis Martínez, con Gros.
C.I.

Un futuro prometedor

En su opinión, se trata de un negocio viable y muy lento pero, sobre todo, desatendido. “Hoy en día nadie se preocupa de los pueblos ni del futuro de la gente más joven que quiere quedarse aquí viviendo del campo. Hoy montártelo por tu cuenta, sin contar con el apoyo de tu familia, es una misión imposible”, asegura Bona.

Desde el Ayuntamiento de Vera de Moncayo saben bien que se trata de un cultivo de interés para sus vecinos y desde hace unos años se han propuesto convertirse en un referente a nivel autonómico. “Sobre todo es una alternativa para que los más jóvenes puedan quedarse y desarrollar una actividad agrícola que no requiere de grandes costes ni de terrenos muy amplios”, admite en esta misma línea Ángel Bonel, concejal de Agricultura y Medio Ambiente.

Además, desde 2017 desarrollan la Feria de la Trufa de la localidad que congrega a todo tipo de públicos en torno a esta actividad, una cita recientemente reconocida por el Gobierno de Aragón como Feria de Interés Autonómico. “Queríamos convertirnos en punto de interés a nivel provincial, por un lado por el auge de este cultivo y, por otro, porque aquí se encuentra la sede de la Asociación de Truficultores y Recolectores de Trufa Negra de Zaragoza (Truzarfa)”, concluye Bonel. 

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