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Cristina Yáñez: "Del éxito inmediato no se puede, o no se debe, vivir"

Figura clave de la escena aragonesa, desde su sala intenta mantener viva la llama del teatro independiente

ARAGON. ESPECIAL 23 ABRIL. A CANFRANC EN EL CANFRANERO / 29-02-2019 / FOTO: GUILLERMO MESTRE [[[FOTOGRAFOS]]]
Cristina Yáñez cree que, "en el teatro, la práctica es la que te da el camino"
Guillermo Mestre

El primer recuerdo teatral de Cristina Yáñez se remonta, lógicamente, al colegio. Estudiaba en la Santísima Trinidad, donde su madre impartía francés, y allí, entre las clases de ballet que daba una jovencísima Corita Viamonte, en un fin de curso le tocó representar ‘La ratita presumida’. Le costaba encontrar la famosa moneda. Hoy, Cristina Yáñez es mascarón de proa del teatro aragonés, donde lo ha hecho todo y, especialmente, donde se la juega a diario: levanta la persiana del Teatro de la Estación, una sala independiente que ha sobrevivido a marejadas, tormentas y ciclones, con la satisfacción de contribuir a crear cultura en Aragón.

«El flechazo por el mundo de la escena me vino bastante después, cuando estudiaba COU –relata–. Me apunté a clases con el director de escena Ricardo Pereira y me encantaron. Iba para abogada y el mundo del teatro me enganchó».

Tuvo un golpe de suerte. Pilar Laveaga y Mariano Anós, del Teatro de la Ribera, necesitaban una chica joven para ‘Trifulca en Venecia’, de Goldoni. Pasó la prueba y estuvo el verano de gira. Para el siguiente montaje también la llamaron. Estuvo un mes en Madrid, otro en Valencia, otro en Barcelona. «No me lo podía imaginar, ni siquiera me podía presentar a los exámenes de Derecho... A los 27 años tuve una crisis y me obligué a decidir. Sabía de las dificultades de vivir del teatro pero me dije: ‘A por todas’». En casa no lo vieron bien, pero su padre no tardó mucho en llevarle un enorme ramo de flores al Principal, durante una función de ‘Bodas de sangre’.

«Un actor nace... y se hace. Hoy se valora mucho el éxito inmediato pero, en teatro, del éxito inmediato no se puede o no se debe vivir. Hay que tener talento y trabajarlo constantemente», señala.

En 1989 se incorporó a Tranvía Teatro (compañía que ha puesto en escena 50 obras y dado 3.000 funciones) pensando en principio compaginarla con Teatro de la Ribera. Finalmente no pudo, pero ha recorrido España una y otra vez y siempre ha vuelto a Zaragoza. «Nunca me he arrepentido de no haberme quedado a vivir en Madrid –subraya–. Zaragoza es mi ciudad, aunque tampoco tengo la impresión de estar todo el día aquí. De hecho, todos los años estoy fuera cinco o seis meses».

En la crisis de principios de los 90 vislumbró una salida en la creación de una sala alternativa y así nació el Teatro de la Estación, donde Tranvía Teatro es compañía residente. «Había visto en Francia a algunas compañías que, además de sus proyectos estables, trabajaban con jóvenes y tenían escuela, y así nació la sala. En aquella época surgieron teatros alternativos en muchas ciudades, y cada uno ha seguido una trayectoria distinta: en Galicia han desaparecido todos, en Sevilla perduran, en otros sitios se han convertido en salas públicas... Nosotros seguimos adelante gracias a cinco factores: trabajo, trabajo, trabajo, constancia y pensar constantemente en cómo adaptarnos a lo que nos va viniendo. Estoy muy orgullosa del Teatro de la Estación, pero también he de reconocer que allí he vivido los peores momentos de mi vida y que en alguna ocasión he pensado cerrar».

No es mujer de ver la vida sentada y por eso ha hecho tantas cosas, aunque subraya que «soy actriz, y lo soy profundamente, pero soy mucho más. Mi cabeza no para de imaginar cosas». «Dirigir me obliga a estudiar y ver cosas con otros ojos, y para dirigir me viene muy bien ser actriz –concluye–. Porque el teatro es concisión. Una obra teatral es, en realidad, una pintura en movimiento».

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