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Villarroya de los Pinares: guardiana de la tradición 'pelaire' del Maestrazgo

Carmen Leonor Pérez se confiesa "fan" del pueblo que la vio nacer, al que viajan vascos y navarros para fotografiar los extensos campos inundados de amapolas y observar el limpio cielo.

Carmen Leonor Pérez Nages, junto a una rueca de hilar en el museo sobre la lana que ha creado en su casa de turismo rural.
Carmen Leonor Pérez Nages, junto a una rueca de hilar en el museo sobre la lana que ha creado en su casa de turismo rural.
A. García/Bykofoto

A veces, es necesario alejarse del pueblo en el que uno ha nacido para tomar perspectiva y valorar nuestras raíces. Y esto es lo que ha hecho Carmen Leonor Pérez Nages, una mujer que, tras estudiar de adolescente en Alcañiz y Teruel, vivir 5 años en Bruselas y 10 en la Costa Brava y criar a sus hijos de nuevo en la capital turolense, ha vuelto a su Villarroya de los Pinares natal para, cansada de lidiar con la nostalgia, reencontrarse con las calles y rincones por los que correteó de niña.

Lo suyo no es cuento. "Creo en este territorio; soy fan de este lugar", proclama. Y así debe de ser, porque ha invertido 14 años de su vida y una nada despreciable cantidad de dinero en la adquisición y restauración de una antigua masada de terratenientes de esta localidad del Maestrazgo turolense a la que ha convertido en casa de turismo rural.

Villarroya de los Pinares: guardiana de la tradición 'pelaire' del Maestrazgo

Allí donde siglos atrás moraron generaciones enteras de ‘labradores fuertes’ y, más tarde, de ‘medieros’ –cultivaban la tierra y partían las ganancias con los propietarios–, pernoctan ahora familias con niños, parejas e intelectuales que llegan atraídos por el paisaje, la historia y el limpísimo cielo de Villarroya de los Pinares. "Vienen muchos vascos y navarros solo para fotografiar las amapolas de los campos en primavera, que llegan a cubrir extensiones muy amplias", explica Carmen Leonor, orgullosa de su lugar de origen. "Otros quieren observar las estrellas en un firmamento como este, libre de contaminación lumínica", añade.

Su carácter abierto y su siempre amena y franca conversación han hecho que entre ella y muchos de sus huéspedes hayan surgido lazos afectivos. "Me felicitan la Navidad, me mandan fotografías de celebraciones familiares y me telefonean para saber cómo me encuentro. Soy para ellos como la ‘tía del pueblo’", cuenta.

El respeto al aspecto que tuvo la masada en sus orígenes ha sido el lema que ha guiado a Carmen Leonor al recuperar este edificio, con sus 700 metros cuadrados de superficie distribuidos en dos plantas mas un pajar. De ahí la conservación rigurosa de las contraventanas, de su distribución interior, de sus muros y del patio de entrada empedrado, elemento, este último, que da nombre a la construcción, pues todos en el pueblo la conocen como la Casa del Patio.

Sin quizá buscarlo, Carmen Leonor se ha convertido en guardiana de la historia de Villarroya de los Pinares. Ya no solo por la recuperación del viejo caserón labriego, sino porque, como ella misma explica, ha logrado poner "a buen recaudo" un montón de antiguos aperos del campo, útiles domésticos y prendas de indumentaria tradicional de la zona que, de otro modo, se hubieran perdido con la llegada de la modernidad. "Fui recopilando objetos en desuso que la gente mayor iba a tirar y que yo creo que merecen un espacio en la casa", relata.

Parte de este instrumental le ha permitido crear un pequeño museo dedicado a la tradición lanar que había en la comarca, fruto de la intensa actividad ganadera ovina que existió en siglos pasados. "La lana de aquí se exportaba a Nápoles y otros países para la confección de ropa de abrigo para los soldados de los ejércitos", presume nuestra protagonista. "Era una de las principales fuentes de ingresos de los vecinos", agrega. De hecho, había tantos pelaires –persona que prepara la lana que ha de ser tejida– en Villarroya de los Pinares que esta palabra se convirtió en el apodo de todos los villarroyanos.

Le desespera ver cómo las paredes de los huertos o el abrevadero a donde ella misma llevaba de niña los caballos a beber han desaparecido o están derruidos. "Son elementos patrimoniales que tienen su valor y deberían reconstruirse", defiende. Decidida a lograr su objetivo, ha propuesto al Ayuntamiento la creación de un campo de trabajo cuyos alumnos recuperen "estas pequeñas cosas tan importantes para la imagen del pueblo". "Yo colaboraré con el alojamiento de quienes vengan a trabajar", dice ilusionada.

Uno de los parajes que más le gustan es la Ruta de los Pilones, un antiguo camino de herradura que une su pueblo con Allepuz marcado por columnas de dos metros de alto que permitían al caminante seguir su itinerario incluso cuando las ventiscas de nieve borraban la vereda. Al parecer, estos pilones marcaban las orillas de muchos caminos de la provincia, pero la mayoría han desaparecido convirtiendo a Villarroya de los Pinares en un reducto en el que todavía se conservan más de 60 de estas balizas.

Carmen Leonor dice sentirse muy a gusto con su trabajo. Le satisface, especialmente, su contribución a dotar de vida al pueblo, que con apenas 155 vecinos –sumaban 400 a finales del siglo XVIII– sufre, como tantos otros de Teruel, el zarpazo de la despoblación. "Mis huéspedes comen en la fonda, compran pan en el horno y carne en la carnicería, y eso beneficia a Villarroya de los Pinares".

El ‘esconjuradero’ o cómo ahuyentar el mal de los campos por los cuatro costados del pueblo

Levantado en uno de los puntos más altos del pueblo destaca el ‘esconjuradero’, una construcción cuadrangular con ventanas en las cuatro direcciones –norte, sur, este y oeste– desde la que antiguamente se realizaban rituales para alejar de los campos agrícolas las tormentas de pedrisco, las plagas o, en fin, todo aquello que pudiera dañar las cosechas.

El encargado de pronunciar los conjuros para proteger los cultivos no era un vecino cualquiera. "Era un señor que conocía bien el rito, sabía todas las frases que había que decir", explica Carmen Leonor Pérez Nages, la propietaria de la casa rural El Patio del Maestrazgo, quien aclara que no era al sacerdote de la localidad a quien se le encomendaba esta labor.

Los ‘esconjuraderos’ se construyeron en Aragón entre los siglos XVI al XVIII. Según cuenta la tradición, las palabras mágicas que dentro de estos templetes se pronunciaban salían en todas las direcciones gracias a las múltiples ventanas que poseen y su supuesto efecto protector llegaba a todo el término municipal, evitando tronadas dañinas para la agricultura.

Donde nace el Guadalope, uno de los afluentes más largos de la margen derecha del Ebro

El Guadalope, el segundo afluente más largo de la margen derecha del río Ebro, nace en Villarroya de los Pinares. Sus 160 kilómetros de longitud y su cuenca hidrográfica, de 3.890 kilómetros cuadrados, parten de esta pequeña localidad de la sierra del Maestrazgo, concretamente, del paraje conocido como La Loma.

El curso de sus aguas ha dado lugar a un parque, mitad natural, mitad acondicionado por el Ayuntamiento, en el que la población puede disfrutar de los rayos del sol en otoño e invierno y de la frondosa sombra de sus árboles en verano.

Y es que la ribera está recorrida por una larga hilera de chopos cabeceros, cuyas hojas caducas favorecen al hombre en cualquier estación del año. Estos árboles, sometidos periódicamente a una poda artesanal que permite aprovechar su madera para la construcción, desarrollan largas y finas ramas que contrastan con el grueso tronco. Muy cerca se encuentra la casa-palacio del cardenal de la Peña, una imponente construcción de estilo renacentista.

El Guadalope, que recibe los aportes de las lluvias del Maestrazgo, es el río mejor regulado de Aragón con cinco embalses en su recorrido.

LOS IMPRESCINDIBLES

La Ruta de los Pilones

El camino de herradura que une Villarroya y Allepuz conserva 60 pilones de dos metros de altura utilizados hace dos siglos para marcar la senda cuando la ventisca de nieve borraba la vereda.

La calle más antigua

La calle Larga es la más antigua del casco urbano de Villarroya de los Pinares. A ambos lados se levantan caserones construidos hace siglos, con grandes arcos de entrada y graciosas ventanas con decoración en sus dinteles.

Leyendas sobre Jaime I

El rey Jaime I el Conquistador dormía en una casa de Villarroya cuando, en el siglo XIII, acudía por el Maestrazgo a cazar jabalíes. O eso dice la leyenda, que también le atribuye haber colaborado en la construcción de una ermita.

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