Aragón

La comida no se tira

Queda mucho por hacer para reducir esas sonrojantes cantidades de comida que terminan cada año en la basura. Pero hay también innovadoras iniciativas que caminan por esa senda. El ciclo ‘Verde que te quiero verde’ las dio a conocer en Zaragoza.

Si la fecha de consumo preferente habla de calidad, la de caducidad hace referencia a la sanidad.
Si la fecha de consumo preferente habla de calidad, la de caducidad hace referencia a la sanidad.

Son cifras conocidas pero no por repetirlas dejan de ser impactantes. Más de un tercio de la comida que se produce no se consume. España es el séptimo país de la Unión Europea que más desperdicia. Tira a la basura 7,7 millones de toneladas de alimentos, una cifra que con ser escandalosa supone la mitad del desperdicio alimentario en el Reino Unido y el 33% de que genera Alemania.

Del total de los alimentos que acaban en el vertedero, el 39% procede del sector primario y la industria alimentaria, el 14% de los restaurantes, el 5% del comercio minorista y la distribución y el 42% de los consumidores, porque cada hogar español se deshace de 1,3 kilos de comida a la semana.

Todo ello sucede –los datos son igual de espeluznantes en el resto de los países desarrollados– en un escenario en el que los recursos son cada vez más limitados para una población que se augura alcance los 9.000 millones de personas en 2025. Un escenario en el que en la actualidad 800 millones de ciudadanos pasan hambre sobre un territorio –el planeta Tierra– en el que solo el 25% de la superficie es tierra y de ella solo un 4% es cultivable. Y un escenario en el que, para más preocupación, el pasado 2 de agosto ya se había consumido todos los recursos naturales disponibles para todo el año. Una fecha, conocida como Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, que en este 2017 tuvo el dudoso honor de convertirse en la más temprana desde que en la década de los 70 se iniciaran las mediciones.

Esta es la fotografía que se reveló en la última jornada del ciclo ‘Verde que te quiero verde’ organizada por la Alianza Agroalimentaria Aragonesa y en la que no solo se alertó de las consecuencias ­–económicas, ambientales, sociales e incluso reputacionales– que acarrera el desperdicio alimentario, sino que se puso de manifiesto que, aunque queda camino por recorrer, hay quienes ya están dando pasos firmes para evitar que la comida termine en la basura o, aquella que parece no tener otro destino, recupere su utilidad.

La comida no se tira

Las preocupantes cifras que rodean el desperdicio alimentario ha llevado a numerosas entidades, colectivos, organizaciones empresariales o investigadores a poner en marcha proyectos que eviten al sonrojante imagen de millones de toneladas abarrotando contenedores.

Muchas de ellas pasan por la sensibilización, como las que lidera la fundación Triptolemos, (poner que és). Su directora, Yvonne Colomer, insiste en que el desperdicio alimentario es una problemática de carácter transversal: se produce en todos los países sea cual sea su nivel de desarrollo y se origina en todos los eslabones de la cadena alimentaria. Y precisamente por esa cualidad, las soluciones "no serán eficaces si en ellas no hay una implicación global". Colomer advierte que queda mucho camino por recorrer, pero deja algunas señales a avanzar por la senda adecuada. "Hay que aprovechar los subproductos, aprender a distinguir entre fecha de caducidad y de consumo preferente, apostar por producciones de kilómetro cero y la distribución granel o abordar soluciones más imaginativas como potenciar el deshidratado", explica. Y matiza que a todo ello hay que unir el uso de la tecnología.

Esto es precisamente lo que ha hecho Aitiip, el único centro de investigación privado de Aragón, que reúne a técnicos trabajan en procesos de transformación de plásticos, fundamentalmente conectados con la automoción. Un trabajo que se mueve en torno a dos ejes: la economía circular y las industrias del futuro. "De la conexión de ambos mundos"­, explica Berta Gonzalvo, directora de investigación de Aitiip, nació un proyecto europeo que tiene como objetivo dar valor al desperdicio, al utilizarlo como materia prima para la creación de productos útiles mediante la aplicación de la impresión 3D. Se llama Bárbara y consiste en tomar los residuos de productos agrícolas (maíz, zanahoria, granada o limón) y extraer de ellos las moléculas internas para generar bioplásticos. "Podríamos haber hecho envases pero decidimos llevarlos a productos de altas prestaciones para el sector de la automoción (salpicaderos o manitas para las puertas de los coches) o de la construcción (utillaje para la obra civil)", detalla Gonzalvo.

Aitiip quiere ir más allá. A propuesta de Fiat, que explicó a los investigadores las demandas cada vez más personalizadas de los consumidores, los investigadores que forman parte de este proyecto trabajan para extraer fragancias de los residuos vegetales y encapsularlas en las piezas de automoción para que vayan liberando esos aromas. Y aún más, investigan además para que el desperdicio en campo se convierta en aditivos naturales con los que conseguir los colores que distinguen a las marcas automovilísticas "como el rojo Ferrari", ejemplifica la directora del centro tecnológico.

Seguridad alimentaria

Menos tecnológico pero igual de interesante es el programa puesto en marcha por la Federación Española de Hostelería (FEHR), organización empresarial que aglutina a 42 asociaciones de hosteleros de las 17 Comunidades españolas. Ha elaborado la guia ‘Abra los ojos ante los desperdicios: trabaje de manera inteligente’ para que los empresarios del sector mejoren el uso racional de alimentos y con ello la marcha de económica de sus negocios.

Y es que este sector es, según las estadísticas, el responsable del 14% del total del desperdicio. Un porcentaje al que el secretario general de FEHR, Emilio Gállego, añade un matiz. "Una buena parte de los alimentos se desechan porque la comida que se queda en el plato de un comensal no puede darse a otro ciudadano, por seguridad alimentaria pero también por dignidad", explica.

Sin embargo, hay mucho por hacer, más si se tiene en cuenta que este sector gasta en aprovisionarse más de 37.000 millones de euros, "lo que significa que si se desperdicia el 14%, eso significa que unos 5.000 millones de euros también terminan en la basura", detalla Gállego.

Precisamente el lenguaje económico es el que utiliza la federación para concienzar a los empresarios. Porque el despilfarro alimentario termina pasando facura a la cuenta de resultados de estos negocios. "Somos punteros en sensibilización", explica el secretario general de esta organización, que imparte formación con empresarios y empleados del sector para conseguir una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los recursos.

"Hay que mejorar la gestión del menú y la carta, planificar las compras, para que no haya enormes excedentes, y la logística, para evitar que los productos caduquen antes de haber podido ser aprovechado", detalla Gállego, que recuerda que la guía elaborada con Unilever ha despertado el interés de la Unión Europa que la ha acogido como ejemplo de buenas prácticas que hay que imitar.

La FEH no se olvida de los consumidores. "Para el ciudadano siempre parece que las porciones tienen que ser excesivas, pero lo cierto es que cada comensal debería medir su apetito y pedir menos antes que dejar en el plato", destaca el secretario general.

No todo se está haciendo mal ante este "grave problema". De hecho, España es el primer país en donaciones de alimentos, aunque lo cierto, señala, queda todavía mucho camino por recorrer tanto para reutilizar lo que es útil, y lo que no lo es, usarlo como materia prima de otros productos. Aunque para eso, "hay que hacer mucho I+D todavía", puntualiza Gállego.

El precio y el valor

Las empresas de gran consumo también están preocupadas por el incremento del volumen de alimentos que se desperdician. Y lo están no solo ahora que de él tanto se habla, sino desde hace años, aquellos en los que la economía vivía su época de vacas gordas y no parecía importar que lo mucho que sobraba terminara en la basura. La que así habla es Nuria de Pedraza, responsable del proyecto ‘La alimentación no tiene desperdicio, aprovéchalo’ puesto en marcha por Aecoc, que con más de 25.000 socios es la única en España en la que fabricantes y distribuidores trabajan conjuntamente para la mejora del sector.

Son diversas las razones que explican por qué el alimento se retira de los lineales de la distribución antes de que llegue a la cesta de la compra. Puede ser por el deterioro de los envases y embalajes, por errores en el etiquetado o por la cercanía de la fecha de consumo. Pero en opinión de De Pedraza hay una razón mucho más poderosa. "No le damos valor a los alimentos", lamenta.

Para evitar o, como poco, reducir las vergonzantes cifras del desperdicio alimentario, Aecoc apuesta por una mejor comunicación e información entre empresas y proveedores, por realizar un buen empaquetado o adaptar los envases a las diferentes dimensiones de los hogares españoles actuales. Y, sobre todo, evitar la generación de excedentes, pero "como siempre los va a haber, hay que hacer con ellos algo útil". Por ejemplo, las donaciones a los bancos de alimentos, donde esta organización imparte formación para mejorar la manipulación o la cadena de frío y garantizar así que el producto ofrece la misma seguridad alimentaria que en el punto de venta.

Con su proyecto, una iniciativa pionera en Europa, se ha conseguido incrementar el uso de un 6% de lo que antes se tiraba "y que ahora se dona", hay 2.000 voluntarios que imparten formación en bancos de alimentos y son ya 400 las empresas participantes.

Una de ellas es Capabro, que ha puesto en marcha en las 320 tiendas que tiene repartidas por toda España un programa de microdonaciones con el que reparte anualmente el alimento necesario 788 familias. "No hablamos de un producto caducado o próximo a su fecha de consumo, sino en perfecto estado", matiza Ana González, responsable de RSC de la cadena de distribución. Y lo explica con un ejemplo: "es esa caja de una docena de huevos en la que uno ha salido roto o ese ‘pack’ de yogures en el uno tiene el envase deformado".

Todo este tipo de alimentos es recogido por una ONG "a ser posible próxima", casi de manera diaria, tanto en las tiendas como en las plataformas logísticas del grupo y no solo alimentos sino otro tipo de productos de limpieza e higiene. "Es fácil, rápido e implica a todos los departamentos de la compañía", destaca González, que añade que esta iniciativa permite además que las familias receptoras más necesitadas puedan disponer de alimento fresco en su dieta.

Un lío con las fechas que provoca un mayor desperdicio

Mucha de la comida envasada que termina en la basura podría consumirse sin ningún riesgo para la salud, pero el consumidor la ha desechado porque interpretan erróneamente unas cifras que acompañan al producto: la fecha de consumo preferente y la de caducidad. La primera indica el momento hasta el que el alimento conserva la calidad prevista. Y aunque se consuma pasado ese día sigue siendo un producto apto aunque puede haber empezado a perder sabor y textura. Por eso, como recomienda el Ministerio de Agricultura, antes de tirar el alimento porque se ha pasado su fecha de consumo preferente "compruebe que el envase está intacto, y si el producto tiene buen aspecto y huele y sabe bien". Si la respuesta es sí, disfrute de su ingesta.

Si la fecha de consumo preferente habla de calidad, la de caducidad hace referencia a la sanidad. Se indica en productos muy perecederos y con riesgo microbiológico: carnes y pescados crudos y frescos... por lo que no deben consumirse una vez caducados, ya que podría haberse estropeado y contener bacterias patógenas peligrosas para la salud. Pero lo que puede hacerse si se acerca ese día y no lo vamos a comer es congelarlos. Eso sí, cuando los descongelemos tenemos que consumirlos en menos de 24 horas.

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