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Heraldo del Campo

"No es oro todo lo que reluce en torno a los diamantes negros"

La explotación Trufa de San Babil produce 'Tuber melanosporum' en una plantación de carrascas de 25 hectáreas en la canal de Berdún.

Paco y su perro Rayo, en un momento de recolección de las trufas de su explotación.
Paco y su perro Rayo, en un momento de recolección de las trufas de su explotación.
Trufa de San Babil

Hay fechas que no se olvidan nunca y que se recuerdan con especial cariño por la importancia del momento vivido. Eso mismo les ocurrió a Paco Coduras y su mujer Begoña el 16 de febrero de 2009, a las 16.50, momento en el que Blanca, la perra de un amigo, marcó y rascó una de los cientos de carrascas que hay dispersas en su plantación, lo que hizo posible que extrajera la primera trufa de un proyecto de truficultura que arrancó a finales de 2003, en la localidad oscense de Santa Engracia de Jaca, donde ellos residen.

"Fue un momento mágico, en el que casi no pudimos ni hablar. Eran casi 80 gramos de un aroma y sabor extraordinarios, que suponían que nuestro proyecto, uno de los primeros de España instalado fuera de las zonas naturales de la trufa, estaba dando sus primeros frutos y era una iniciativa viable en una comarca donde no había tradición trufera", recuerda Paco.

Atrás quedaban muchos años de trabajo, esfuerzo e investigación sobre la viabilidad de un proyecto que surgió porque este matrimonio de agricultores decidió buscar una actividad complementaria que tuviera relación directa con la tierra pero que fuera más allá del cereal de invierno tradicional de la canal de Berdún. "En aquellos años barajamos diferentes opciones, como la plantación de pistachos o los regadíos sociales, pero las desestimamos y nos inclinamos por un cultivo diferente", apunta.

Para poner en marcha la actividad contaron con el asesoramiento de expertos investigadores del CITA, compraron las carrascas micorrizadas con trufa negra en uno de los mejores viveros de Aragón, en Sarrión, y comprobaron la viabilidad del suelo. "Poco a poco, nos fuimos introduciendo en un mundo que hasta entonces era muy estático y misterioso. Apenas había bibliografía ni información real sobre los proyectos. Era un campo tan cerrado como los círculos de los quemados que rodean las carrascas", señala.

Casi quince años después, la plantación ya ronda las 25 hectáreas de carrascas y Paco y su mujer Begoña están viendo cómo su proyecto es una realidad que les exige mucho trabajo, pero que ya empieza a darles muchas satisfacciones, sobre todo en los años en los que la climatología es más benévola y las lluvias mojan sus campos.

"El mundo de la truficultura lleva consigo mucho trabajo. Estás en el campo casi todo el año, no solo en la época de recolección, que es de noviembre a marzo, lo que permite asentar población en pueblos pequeños como el nuestro. Es un trabajo que exige mucha dedicación porque en el caso de los ‘diamantes negros’ de Aragón, no es oro todo lo que reluce", apunta.

Más información en el Suplemento Heraldo del Campo.

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