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Heraldo del Campo

Sindicalismo con raíces

Han pasado 40 años desde que la Unión de Agricultores y Ganaderos fue legalizada. Ahora conmemora su fundación y el camino recorrido para diseñar su futuro sin perder las raíces.

Multitudinaria manifestación convocada por UAGA en 2004 para protestar por el precio del gasoil.
Multitudinaria manifestación convocada por UAGA en 2004 para protestar por el precio del gasoil.
O. Duch

Fue un 3 de abril de 1977. En Zaragoza se celebraba la Feria Intenacional de maquinaria Agrícola (FIMA). Pero el escenario del que estaban pendientes cientos de agricultores y ganaderos aragoneses no era el recinto ferial situado en la Cámara de Comercio donde por entonces se organizaba el certamen. La expectación se había instalado en la localidad zaragozana de La Puebla de Alfindén, donde un almacén -convertido en improvisado salón de actos- había concitado a casi 2.000 personas.

Como tribuna, sobre dos remolques de tractor habían tomado sitio representantes de catorce comarcas, -los más inquietos, a los que más fácil les resultaba tomar la palabra-, que utilizaron el equipo de sonido del cantautor Tomás Bosque, para hacerse oir. Tras ellos, pancartas que dejaban claro el malestar de aquellos años: el centralismo, las cámaras agrarias sindicales y los ‘yanquis’.

Se celebraba la Asamblea Constituyente que haría nacer la Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón (UAGA), el primer sindicato agrario legalizado en España. No era el primer intento. Todo estaba preparado para el 20 de febrero de aquel año, pero el gobernador civil prohibió el acto. El temor a posibles represalias podía haber frenado posteriores convocatorias. No fue así. Y hay una explicación.

Entre aquel 20 de febrero y el 3 de abril, los campesinos protagonizaron una de las protestas más sonadas y exitosas de este colectivo. Se conoció como la ‘guerra de los tractores’, culminación de lo que se había denominado la ‘guerra del maíz’ -o del panizo como se dice en Aragón-. Como su nombre indica, los agricultores sacaron durante días sus máquinas a las carreteras, perfectamente aparcados en los arcenes o en terrenos próximos sin entorpecer el tráfico, aireando sus protestas en numerosas pancartas y aguantando día y noche al pie de la movilización, donde almorzaban y comían. Era entonces el Estado, a través del Forpa, quien decidía estas cotizaciones. El kilo de cereal de pagaba a 10 pesetas. Y por si el precio no fuera ya bastante rídiculo, una entrada masiva de producto de Estados Unidos lo desplomó hasta las siete pesetas.

Las crónicas de aquellos años recogen, como así lo firmó el periodista de Heraldo, Alfonso Zapater, el «despertar del campo», una «revolución de campesinos» -lo define de esta manera-, que lideró en la clandestinidad hasta aquel 3 de abril la Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón.

Se protestaba por los precios, se criticaban los monopolios y se denunciaba con dureza el abandono al que se sometía al medio rural, cuya riqueza tenía como destino grandes industrias muy alejadas de los campos de cultivo. Y había un responsable. Un sindicalismo vertical que hizo depender a los trabajadores de la tierra de unas cámaras sindicales agrarias y unas hermandades de labradores que lejos de defender los intereses del sector se limitaban a ser portavoces de las política agraria del Gobierno, que, sí o sí, había que acatar.

Han pasado 40 años. Una trayectoria que han guiado siete secretarios generales -Fernando Moliné, Enrique López, Gonzalo Arguilé, Jaime Dena, Eduardo Navarro, Javier Sánchez y José Manuel Penella- en la que no han faltado decepciones, pero también numerosos logros.

Sus actuales dirigentes lo conmemoraron ayer con un acto en Zuera, en el que echaron la vista al pasado para no dejar de mirar hacia un futuro en el que «sin perder la esencia reivindicativa, vamos a estar en los nuevos tiempos», dice Penella.

Los 40 años de historia de la Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón se escriben en las calles. Por ellas, sus populares siglas y su distintivo color amarillo -en gorras, pancartas, globos, chalecos, camisetas- han paseado las reinvidicaciones de la organización agraria a lo largo y ancho de la Comunidad, sobre todo en la capital aragonesa, pero también en Huesca, en Teruel y por numerosos municipios de las tres provincias.

Han salido a la calle por los bajos precios, por una seguridad social que, como al resto de autónomos, permitiera una jubiliación digna para sus profesionales. Exigieron la eliminación de las cuotas por jornadas teóricas, un impuesto cuyo importe de las mismas se calculaba en base a las cotizaciones de las jornadas de trabajo contratado que serían necesarias para labrar cada superficie. Una exigencia que incluso había provocado el encierro de sus dirigentes en la Diputación General de Aragón para protestar por los embargos por el impago de dichas cuotas.

Ha habido movilizaciones en protesta por la subida de los precios de los carburantes y para reivindicar la puesta en marcha de un gasóleo profesional, un sistema que abarataba el combustible para el sector a través de la devolución del impuesto de hidrocarburos. Y no ha quedado un solo subsector por cuyas dificultades UAGA no clamara.

Sacando sus tractores a la carretera, haciendo sonar los cencerros de su ganado, regalando la producción o, en el peor de los casos, tirándola por los suelos, ha mostrado su malestar por el abandono que sufre la ganadería extensiva, por el impacto del mal de las vacas locas, contra los transgénicos, por las importaciones masiva de miel, por el hundimiento del precio del conejo, para defender al sector avícola durante la crisis de las dioxinas, por el reconocimiento jurídico y de pleno derecho de las mujeres agricultoras... Y por supuesto por la defensa del agua. UAGA tiene contabilizadas las ocasiones, esto es 38, en las que ha mostrado su rechazo a cualquier trasvase del Ebro.

Así un largo etcétera de reivindicaciones que han trazado un camino «no siempre de rosas, en el que hemos sufrido avatares y escisiones, pero en el que hemos sabido salir adelante». Lo dice el actual secretario general de la organización agraria, José Manuel Penella, que señala con satisfacción los muchos logros cosechados por el sindicato, pero reconoce que aun suenan en las calles reivindicaciones como las de antaño para las que no han conseguido respuesta.

Bruselas entra en escena

Mucho ha cambiado el sindicalismo desde aquellos primeros pasos de finales de los setenta. UAGA sigue estando en las calles, «nos lo piden constantemente los históricos» -dice Penella-, pero ha aumentado su presencia en los despachos, en las negociaciones. No ha dejado de viajar por las tierras de Aragón, pero también se ha acostumbrado a hacer kilómetros, hasta Madrid o más allá de nuestras fronteras, ya sea en Bruselas, ya sea en cualquiera de los Estados miembros.

Y es que la entrada de España en la Unión Europea, una incorporación que trajo bajo el brazo la tan llevada y traída Política Agraria Común, cambió las reglas del juego. «Parecía que con la PAC ya no había otra cosa», explica Penella, que destaca los esfuerzos del sindicato hasta conseguir hacerse oir en aquellas negociaciones en las que se repartían los fondos y se definía cómo debía ponerse en marcha las medidas del desarrollo rural que entonces sonaba tan a nuevo.

Es cierto que «las injusticias» de la PAC centran ahora la ballata sindical, pero no es su única lucha. UAGA continúa siendo aquel sindicato de agricultores y ganaderos que reivindica el modelo de agricultura familiar porque produce alimentos de calidad, garantiza la salud y genera vida (leáse industria, empleo, riqueza y población) en el medio rural. Apuesta por las cooperativas y por que el valor añadido se quede en el territorio y pelea sin descanso por una política comunitaria que logre producciones rentables para el agricultor y a precios asequibles para el consumidor.

Así lo explica Toño Romé, hijo de uno de aquellos primeros fundadores de UAGA. Romé, que forma parte de la ejecutiva de la organización en la que cinco de sus siete miembros aún no han cumplido los 40 años, representa la nueva savia del sindicato, jóvenes agricultores -pocos, pero muy preparados- que sin perder la esencia reivindicativa y el compromiso de defensa de los intereses del sector de la Comunidad, ejercen su sindicalismo cruzando fronteras, negociando en distintos idiomas y utilizando las nuevas tecnologías de la comunicación. Y lo hacen mientras atienden sus explotaciones, altamente tecnificadas, porque «en el sector agrario no hay sindicalistas liberados, solo te libera tu hijo, tu mujer, tu marido o tu padre», puntualiza Penella.

Puentes con la sociedad

UAGA mira estos días hacia su pasado, pero no pierde de vista un futuro «no solo reivindicativo sino también que tienda puentes con la sociedad para que entienda que somos productores de alimentos», señala Tomé. Los actuales líderes de UAGA tienen además claro que es necesario luchar por el imprescindible rejuvenecimiento del sector agrario, por logar la visibilidad de la mujer agricultura y su mayor protagonismo en los puestos de decisión, por la investigación y la innovación y su tranferencia al campo y la granja y porque sean los sindicatos quienes lideren y presten los servicios de asesoramiento a las explotaciones, cuya existencia incluso exige la Unión Europea, como detalla Tomé.

Para hacerlo cuenta con su experiencia y su juventud. También con 17 oficinas por todo Aragón, 25 trabajadores y una base social de unos 4.000 afiliados.

Más información en el Suplemento del Campo

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