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Neurociencia

Vamos a contar mentiras

La mentira es precoz, evolutivamente beneficiosa, no se desvela en los ojos, perjudica la salud, tiene las patas cortas y más que un arte se puede considerar una ciencia. Con ayuda del escáner, los neurocientíficos están descifrando cómo distingue la sesera humana la verdad del embuste. Incluso han demostrado que la destreza para engañar se entrena, aunque siempre nos costará más engatusar a una persona honesta que a otro habituado a mentir.

Elena Sanz Actualizada 05/05/2016 a las 13:30
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Dejando actuar al inconsciente sí detectamos señales de que alguien nos mienteKatie Tegtmeyer

¿Verdadero o falso?

–¿De dónde vienes a estas horas?

–¿Que de dónde vengo? Mmmm... He estado con unos compañeros de la universidad. Es que ha sido a última hora...

–No sé porque, pero lo que dices me ‘huele’ a mentira.

Detrás de este diálogo cotidiano, que podría darse entre padres e hijos en cualquier hogar, se esconde mucha ciencia. Porque los investigadores cada vez tienen más información acerca de cómo distingue nuestro cerebro la verdad de la mentira. Según un estudio que publicaban hace poco Leanne ten Brinke y sus colegas de la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos), el cerebro percibe las sutiles diferencias entre lo verdadero y lo falso sin darse cuenta. De hecho, cuando nos piden que identifiquemos si alguien miente y buscamos ‘pistas’, nos dejamos llevar por los estereotipos y el ‘olfato’ detectivesco de nuestra sesera para el embuste no nos funciona y solo acertamos en un 50% de los casos. Sin embargo, dejando actuar al inconsciente sí detectamos señales de que alguien nos miente, como cierto estrés y nerviosismo, miedo a que le ‘pillen’, más rapidez al hablar y menos predisposición a cooperar. Además de que tienden a repetir la pregunta antes de contestarla, empiezan las frases más despacio y luego se aceleran, y aportan justificaciones sin que nadie se las pida, como el protagonista de nuestro diálogo.

Mirando dentro del cerebro

Que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo es un hecho si tenemos a nuestra disposición un escáner de resonancia magnética funcional, un aparato que puede medir qué áreas del cerebro demandan más azúcar y oxígeno cuando nos embarcamos en una determinada tarea. Estudios de la Escuela de Medicina de la Universidad de Temple (EE. UU.) revelan que decir la verdad pone a funcionar grupos de neuronas diferentes de los que se activan cuando tratamos de engañar a alguien. Concretamente, las diferencias se encuentran en distintos puntos de la corteza frontal, la temporal y el sistema límbico, relacionado con las emociones. Además, psiquiatras de la Universidad de Pensilvania han demostrado que las regiones del cerebro implicadas en prestar atención, planificar, así como monitorizar y controlar errores –el giro cingulado anterior y partes de la corteza prefrontal– se muestran más activas cuando mentimos que cuando decimos la verdad. Aunque de momento es difícil que el escáner desbanque al polígrafo, al no existir una única ‘región cerebral de la mentira’, la tecnología aporta muchas pistas sobre la neurociencia del embuste.

Lo que tampoco discute la ciencia a estas alturas es que cuando no decimos la verdad, la nariz no nos crece, pero sí aumenta de temperatura. Es lo que se conoce como ‘efecto Pinocho’, en honor a la marioneta embustera del popular cuento de Carlo Collodi, y ha sido probado con cámaras termográficas en distintos laboratorios del mundo. A esto se le suma que, cada vez que mentimos, hay un órgano que lo nota al instante: el estómago. Es lo que se desprende de un estudio de la Universidad de Texas (EE. UU.) que asegura que la señal fisiológica indiscutible de que mentimos es la arritmia gástrica. Eso significa que si se registran las ondas de la musculatura del estómago mientras mentimos, estas cambian de frecuencia y se vuelven más lentas. Y normalmente ese cambio coincide con un aumento del latido cardíaco. «Hay una comunicación directa entre el gran cerebro –la materia gris– y el pequeño cerebro de nuestro estómago», concluyen los investigadores, que aseguran que incorporar el electrogastrograma a los detectores de mentiras mejoraría su precisión.

La que sale peor parada cada vez que soltamos un bulo es nuestra salud física y mental. Anita E. Kelly y sus colegas de la Universidad de Notre Dame (Francia) lo demostraron a través de un experimento en el que pidieron a 55 personas que evitasen las mentiras durante diez semanas, mientras otras tantas no recibían instrucciones sobre cuánto debía mentir o decir la verdad en ese mismo período. Los que redujeron a una tercera parte el número de ‘mentiras blancas’ también sufrieron menos dolores de garganta, jaquecas y migrañas, estrés y episodios de tristeza o ansiedad.

Con todo, no hay que demonizar a la mentira. Es más, una cierta dosis de embuste le sienta muy bien al grupo. Según un estudio de la Universidad Aalto (Finlandia), tanto el exceso de honestidad como el abuso del engaño dañan las relaciones sociales. El mejor modo de crear comunidades que se mantienen unidas, dicen los investigadores, es que existan algunos mentirosos en el grupo. Dicho de otro modo, en lo que a la mentira se refiere, en el punto medio está la virtud.

¿Pero qué aportan los embusteros? En el modelo creado por los científicos finlandeses, la opinión de cada persona representa su propia verdad, mientras que la opinión general se forma basándose en la opinión media de los miembros de la comunidad. Cuando hay demasiada discrepancia de opiniones, los lazos del grupo se rompen. Y, en esos casos, que existan varios individuos mentirosos que ocultan su verdad evita la separación y ayuda a crear nuevos vínculos, permitiendo incluso crear vínculos con otras comunidades. Eso sí, esto solo funciona cuando la gente habitualmente dice la verdad. Si hay demasiados mentirosos en la sociedad, el engaño se vuelve destructivo.
 
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