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Experiencia personal

Miguel Alfredo Quispe Pérez Actualizada 17/04/2016 a las 15:55
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Mi padre murió en un pueblito cerca de Trasmoz. Siempre lo oigo en las noches; y hasta en las madrugadas oigo su voz. Me acompaña. Aunque Trasmoz tenga la fama de ser un lugar de brujas y aquelarres, quizás esto ha hecho darle vida y yo lo escucho. Una noche, que sentí que me llamaba, bajé de mi cama; salí de mi casa y subí la colina que sube a Trasmoz, con mi perro. Vi, casi al llegar, una luz. Sin embargo, esa luz se volvió forma humana, pero no perfecta, que se me acercaba. Era informe. Demasiado cabezón para calificar como ser humano ordinario. Semejaba un ser de otro lugar y se me aproximaba. Temía, sudaba, no sabía qué hacer. Y cuando el ser aquel ya me lanzaba al cuerpo una blanca luz, un niño entonces que reconocí al momento ser mi papá, apareció, y llamó su atención. Como tampoco era un ser humano sino espiritual, el ser espacial, así como yo igual se petrificó y no supo que hacer por un momento. Confundido, absorto, alterado, regresó a su luz y a mi padre tampoco lo volví a ver. Me había salvado. No se cómo, pero desde el mas allá vino a socorrerme. “Gracias, Padre”.

 







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