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El ciervo de Chimiachas

Rémi Gaertner Actualizada 13/04/2015 a las 17:25
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Hace unos años que fui a la Cueva de Chimiachas, cerca de Alquézar, pero nunca entendí lo que ocurrió ese día. Cuando empezó andar solo al barrando de Payuela era las siete de la mañana, el día amaneció. Las noticias habían previsto un día estupendo. Ahora que lo recuerdo, todo cambió tras pasa el pinar. El silenció invadió el lugar. No tenía viento. El calor parecía salir de la loma.

A cruzar la bifurcación decidí ir directamente ver el arte rupestre Chimiachas y deja por el regreso el de Quizans. Bajando al barranco, la luz se oscurecía, pensé en un eclipse. En el estrecho camino, alguien la apagó totalmente, avanzaba a tientas, hasta que pude ver algo brillar. Una grandísima boca de fuego desde la cual se oía un murmullo. Era la entrada de la cueva. Andaba muy despacio. Me quedé sin aliento. Eché un ojo al dentro. Lo vi. El techo arco iris, las paredes tintadas de verde, y corriendo en ellas, el majestuoso ciervo. Me pellizqué, no soñaba. Fue lo más maravilloso que había visto, todo se movió, una película rupestre con miles de colores. Me acerqué, hice un ruido con una piedra, y en un relámpago, todo se acabó. Me quedé solo con el ciervo pintado en su pared. ¿Soñé?

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