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Un mirada al pasado

Iván Actualizada 21/03/2014 a las 19:15
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Doña Clara a sus ochenta y tantos años todavía seguía yendo todos los días a buscar a su nieta Claudia al colegio. Día tras día la esperaba en la puerta del colegio que los escolapios tenían en la calle Santa Catalina de Zaragoza, y volvían a casa atravesando el coso por el camino más corto para llegar a su vieja casa situada en el casco antiguo de la ciudad.
Un día a Doña Clara se le ocurrió desviarse por la calle Don Jaime I para entrar en una de las mejores pastelerías de la ciudad. Los adornos navideños resaltaban el viejo marco de madera del escaparate en el que infinidad de chiquillos aplastaban sus naricillas asombrados ante semejante exhibición de azúcares. Doña Clara le compró una magdalena de chocolate a su nieta.


-No se lo digas a tu madre –. Le dijo guiñándole un ojo.

Siguieron camino a casa internándose en “El Tubo”, Claudia devoraba su magdalena cuando una colorida fachada llamó su atención. Con la boca llena de migas intentó leer el cartel del local.


-E…l…P…a…t…a –. Dijo con los ojos muy abiertos sin dejar de masticar la magdalena.


-No corazón, es “El Plata” – Le corrigió Doña Clara.


Si Claudia hubiera mirado en ese momento a su abuela, hubiera visto como la anciana miraba el letrero con lágrimas en los ojos, con una mirada que evocaba los ecos de una vida ya vivida. Recordaba como allá por los años 40 llegó a Zaragoza, huyendo de la miseria que la posguerra extendía inexorable por el mundo rural. Dejando atrás la tumba de su madre y el recuerdo de un padre que las abandonó a ambas. Sin nada en el mundo más que lo poco que había sacado de la venta de la casa de su madre, llegó decidida a abrirse paso aprovechando el ímpetu que otorga la juventud, y la espectacular belleza con la que había sido bendecida.
Pronto encontró trabajo como empleada de hogar en una casa de gente rica por la zona del Paseo de Sagasta. Después de acabar su jornada, y cuando no estaban presentes los señores, Clara encendía el televisor y contemplaba embelesada las actuaciones de Marlene Dietrich. – Yo quiero ser como ella – pensaba. Cierto día oyó hablar de un sitio con antigua mala fama, ahora reformado a café de variedades: El Plata. Sin pensárselo dos veces acudió a pedir trabajo de bailarina. Le hicieron una prueba, y con la única experiencia de haber imitado un millón de veces a su idolatrada Marlene, la superó.
Con el paso del tiempo se convirtió en la estrella principal del cabaret, y el mito erótico de los cadetes de la academia general militar. Un día mientras se estaba cambiando entre bambalinas, notó que alguien la observaba. Ese alguien resultó ser un guapo bailarín de Swing, llamado Julio. Nacido estadounidense pero de padres españoles, iba a actuar durante un par de meses en El Plata para deleitar al público con sus números. Rápidamente quedó prendada de él, y tras las actuaciones se buscaban para pasar el mayor tiempo posible juntos. Recordaba aquella noche inolvidable en la que hicieron el amor por primera vez; con la luz de la luna colándose por la ventana del camerino; iluminando el atrezo y el sin fin de vestidos desparramados por el suelo. Recordaba aquellas noches de Martini y tabaco rubio, en las que Julio le hablaba apasionado de sus planes de triunfar en Las Vegas. Recordaba el día que lo despidió en la desaparecida estación del Norte; el día en que Julio cogió un tren para perseguir sus sueños; pero sobretodo recordaba muy bien que no fue capaz de decirle que se había quedado embarazada. Nunca más volvió a saber nada de él; pero su recuerdo quedó imborrable en su alma.

-¡Vamos abuelita! Mamá se preocupará si llegamos tarde.

-Si mi vida, ya vamos -. Dijo Clara enjugándose las lágrimas y caminando hasta perderse entre la multitud de la Zaragoza contemporánea.

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  • cris14/04/14 00:00
    Me ha gustado mucho este relato. Dan ganas de saber mas de la historia





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