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Literatura

Nuria Labari: "El horror es lo que no tiene palabras"

La escritora cántabra presentó en Cálamo, en diálogo con Manuel Vilas, ‘Cosas que brillan cuando están rotas’, una novela del 11-M de 2004.

Antón Castro Actualizada 14/05/2016 a las 15:19
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Nuria Labari posaba esta semana en Zaragoza, donde presentó su nuevo libroGuillermo Mestre

No le ha resultado nada fácil a Nuria Labari (Santander, 1979) publicar ‘Cosas que brillan cuando están rotas’ (Círculo de tiza), una novela que ya lleva vendidas cinco ediciones sobre la descomposición de una pareja que coincide con los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que ella vivió activamente para el diario ‘El Mundo’. Se pasó 72 horas en la calle: de hospital en hospital, en la morgue, hablando con familiares y allegados de los 190 muertos. Ha empleado más de cinco años en su redacción. Antes había publicado ‘El diablo apesta a todo’, un volumen de relatos que mereció numerosos elogios. Rosa Montero, por ejemplo, dijo que describía “la pura anatomía humana”.

Dice: "Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad". ¿Qué tenía en la cabeza ante el 11-M, qué quería hacer?

Yo no quería hacer un reportaje novelado. Lo que yo quería contar es cómo nos relacionamos con el horror universal, con el dolor social y cómo trenzamos ese caos del mundo con el caos cotidiano de nuestras vidas: ir al trabajo cada día, ser responsables, confiar en el sistema tal y como es con todo lo que supone, mientras sabemos cuál es la trastienda de todo ese relato convencional que nos damos. Y la trastienda es una historia de ruptura, de extrañamiento, de crisis.

¿Ha sacado alguna conclusión?

Quería indagar en cómo nos relacionamos con la falta de sentido de nuestras vidas. La falta de sentido la vemos en unos atentados como los de marzo de 2004, o los de ahora mismo en Francia, o en el caso de Marta del Castillo, pero también en una cena de Navidad, en nuestra casa, con un padre que es un maltratador y no lo parecía, con un hijo que es un alienígena. A la realidad le ponemos unos paños de contención que me temo que nos terminan estallando en nuestra casa, en nuestro salón, en la pareja…

Era comentarista de libros en la web de ‘El mundo’. ¿Y qué pasó?

Estaba empezando la redacción digital y despegando, cuando sucedieron los atentados. Nos llamaron a muchos poco después de que estallase el tren en Atocha. A Santa Eugenia llegué a ver las explosiones controladas de la policía. A partir de entonces me quedé tres días viviendo en la calle…

¿Cómo viviendo en la calle?

Sí, mientras la redacción del papel estaba el teletipo, viendo qué pasaba y qué no pasaba, aquel día de los trenes me fui a las otras vías, a los hospitales (donde me hice pasar por familiar de algunas víctimas), había que conseguir la lista de las personas que habían muerto… Se improvisó una morgue. En paralelo estaban sucediendo unas elecciones generales que también había que cubrir y a mí me tocó hacer la crónica de Ferraz. Era calle, calle y calle. Había que ir a las mezquitas, hablar con todo el mundo, con los musulmanes de Lavapiés. Y me ocurrió algo muy peculiar.

¿A qué se refiere?

Resultó que la madre de los acusados había trabajado en casa de una persona que había escrito un libro que yo había leído. En paralelo se trenzan historias y me llega el contacto de esta mujer y hablé con ella. Fue una entrevista muy impactante, además del valor de lo periodístico. Decía que sus dos hijos eran inocentes y que no tenían nada que ver con el terrorismo. Yo me preguntaba: “¿Hasta dónde puede saber mi madre las cosas que hacen o no hacen sus hijos?”

Llama la atención que teniendo una historia social tan poderosa le haya dado tanta importancia a la historia de Eva, Eric y su hija Clara. ¿Por qué lo hizo?

Me parecía que la literatura se estaba llenando de mucha autoficción, de casos personales que intentan llegar a lo universal, y yo me propuse realizar el viaje inverso. Cómo nos llega a la intimidad lo que es todos. El 11-M aparece ahí porque yo tenía de él un material excelente, algo que todos hemos tenido que conjugar íntimamente. Quería saber, en este contexto, cómo se descomponía esta pareja, sin que hubiera ni una infidelidad, ni una tragedia, ni una pérdida de empleo. Y, además, de eso estallan las bombas, Y, además, Eva tiene que ir al periódico y hacer las cosas de esta manera directa, rapidísima, y sin profundidad. Y tiene que elaborar obituarios de gente anónima.

¿Cuánto tiempo se necesita para que nos olvidemos del horror?

El horror es lo que no tiene palabras. Pero sin palabras no hay memoria. El horror te deja mudo. Es muy difícil tratar con él, crear personajes alrededor de él y por eso se demoró la novela, ella sola se tomó mucho tiempo porque, por otra parte, yo tenía que ser fiel y meticulosa con una cronología de los hechos que todo el mundo conocía y que era muy exigente Todos tenemos una experiencia del 11-M.

En este juego de espejos y paralelismos constante que propone, la niña descubre el Holocausto...

Su padre, que está en la crisis de los 40 y no sabe muy bien quién es, le ha dado una educación, pero también siente que la tiene que poner en órbita y en el mundo. Y si estás en Berlín es inevitable encontrarte con el Holocausto. ¿Qué le pasa a su niña? Que no tiene empatía, que es egoísta, que no tiene una relación profunda con la realidad. Todo ello lo va a ir construyendo y conquistando en este viaje a Berlín.

¿Qué lección ha aprendido desde el punto de vista del periodismo?

El periodismo debiera ser la trinchera, el bastión de los rigurosos y del largo aliento. No hay periodismo digital o de papel, hay buen o mal periodismo.







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