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aragón es extraordinario

Villanovilla la grande solo lleva diminutivo en el nombre

Dos parejas establecidas en la pequeña localidad jacetana, enclavada en el corazón del valle de la Garcipollera, han decidido contra viento y marea que la vida ‘era’ allí

Eric Martín, con su caballo Morris, en el Centro Ecuestre del Pirineo situado en Villanovilla.
Eric Martín, con su caballo Morris, en el Centro Ecuestre del Pirineo situado en Villanovilla.
Laura Uranga

Se sale de Jaca en dirección Canfranc, se dobla a la derecha en Castiello de Jaca y la Garcipollera aparece en todo su esplendor. A medio camino hay un pueblo perteneciente al municipio de Jaca, llamado Villanovilla. Allá viven Concha y Juan, Eric y Lourdes; por allá pasan el tiempo que buenamente pueden otro grupo de ciudadanos residente en grandes núcleos de población, que encuentra allá el paraíso de quietud, belleza y libertad con el que soñaron un día, sueño que se hizo realidad el día en que levantaron sus casas y pasaron a formar parte del club.

Concha Cros nació en Zaragoza, pero tiene su corazón repartido entre el norte y el sur de Aragón. "Toda mi familia procede de Teruel, y considero a Castellote mi pueblo. Mi pareja, Juan Carlos Díez, es de San Sebastián. Cuando empezamos a salir estuvimos tres o cuatro años viviendo cada uno en nuestro sitio, pero teníamos ganas de buscar un modo de vida común que nos permitiera dejar de hacer tantos kilómetros; a un amigo nuestro le ofrecieron llevar este sitio, que era un albergue con 28 camas. No pudo sacarlo adelante y nos avisó para ver si queríamos asumir el reto. Mi única condición era que hubiese calefacción, porque había pasado mucho frío en el Pirineo a lo largo de varias visitas. Cuando llegamos a visitarlo, estaban poniendo la calefacción… fue una señal".

Concha recuerda que la estampa de Villanovilla en aquel momento era muy distinta a la actual. "El pueblo estaba caído, no vivía nadie todo el año entero; sí había gente con segundas residencias en plena rehabilitación, pero no se contaba con luz o carretera, era pista. Hablamos del año 98, y no éramos los primeros aquí". Eric Martín Mora y Lourdes Sanclemente ya llevaban unos años asentados en el lugar, haciendo su casa poco a poco y pasando cada vez más tiempo en el pueblo. "Cuando vinimos nosotros a quedarnos –explica Concha– ya se animaron a quedarse también. Estamos los cuatro el año entero; los fines de semana se alquilan casas para fines de descanso, y vienen los propietarios todo lo que pueden. por lo demás, no tenemos actividad de pueblo, ninguna ganadería, ni campos".

"Nosotros llegamos en 1991 –apunta Eric– y lo de la luz en casa no era la prioridad, la traíamos desde Bescós o trabajábamos con grupos electrógenos. Primero trajimos el agua y saneamiento, mucho más importante. Yo soy de Barcelona, y Lourdes de Jaca. Visitaba a menudo la zona y me encantaba el valle de la Garcipollera; un día vinimos aquí e intentamos llegar a un acuerdo con uno de los propietarios para adquirir una casa: no hubo manera. Dos años después, volvimos a intentarlo y dos hermanos nos atendieron; uno de ellos animó al otro a vendernos la casa para que no acabara ‘espaldada’; eso fue en 1991, quedaban dos casas en pie, que solamente albergaban gente algún fin de semana".

Eric y Lourdes tienen la Casa Rural Villanovilla y el Centro Ecuestre Caballos del Pirineo. "Tratamos de compaginar ambos negocios, sobre todo en verano para la gente que hace estancias medias y largas. Hacemos paseos a caballo, rutas de un día o más, pupilaje de caballos… empezamos haciendo una casa en el pueblo con dos habitaciones, luego tuvimos dos hijos y ampliamos la casa".

La casa rural se alquila completa y está orientada al sur, con barbacoa, jardín… es una buena desconexión. "La anunciamos como tranquilidad en estado puro, y siempre pueden venir a cenar o tomar una copa en el albergue. Se trata de un recurso muy interesante".

Larrosa e Iguácel

En cuanto a lugares especiales en el entorno del pueblo, tanto Eric como Carmen y Juan coinciden: Larrosa, un pueblo abandonado sendero arriba. "Allí no se oye un solo ruido; las casas están caídas, pero tiene algo especial. Recuperamos el sendero, de hecho –explica Eric– y lo vendemos en nuestras excursiones, es un camino por pista de tres horas apto para gente no iniciada".

Muy cerca de Villanovilla (a cinco kilómetros) estáSanta María de Iguácel. en el fondo de valle de la Garcipollera, templo románico del siglo XI. Dice Antonio García Omedes que "el lugar es mágico. La pradera verde en la que asienta el templo, el pinar, los montes, el río... todo".

Para andar a gusto se cuenta con la sierra de la Contienda, al sur del pueblo. "En hora y cuarto se llega a una antigua prospección de gas con unas vistas increíbles: la Peña Oroel, San Juan de la Peña, la Canal de Berdún, el Bisaurín, en Aspe, Candanchú… incluso algunos días llega a verse Santa Orosia y la brecha de Rolando. También hay un paseo más largo, de tres horas y media: la ruta del silencio. Se le llama así porque hay un trozo de pista alfombrada de hierba, no se escuchan los cascos de los caballos, es un sitio perfecto para un baño de bosque, o escuchar la berrea de los ciervos, que acaba de pasar. También hay zonas donde se pueden ver quebrantahuesos en su entorno, a hora y media de aquí. En febrero o marzo, su época de cortejo, llegan a pasar sobre el pueblo".

Alimento espiritual, brasa de altura, reencuentros y, cuando se tercia, buenas fiestas

La historia de Concha y Juan en la gestión del albergue comienza en marzo de 1998. El modo en que Concha describe el inicio da envidia. "Empezamos con el albergue hace 23 años, sin saber mucho del oficio; la verdad es que abrimos la puerta y se llenó, era Semana Santa. Cómo y por qué, todavía no lo entiendo, porque no se había promocionado mucho, no teníamos teléfono... pusimos finalmente uno por radio en una cabina, un aparato de Telefonía Rural por Acceso Celular (TRAC), que no siempre funcionaba; pasamos un agosto sin teléfono, de hecho".

El boca-oreja resultó suficiente, la gente venía, pero la pareja no se durmió en los laureles. "Hace 12 años que cambiamos el concepto, una reforma integral –explica Juan– y ahora tenemos cinco habitaciones dobles, además del restaurante. En ese año nos hicimos nuestra propia vivienda, hasta ese momento vivíamos en una de las habitaciones y empleábamos la cocina del establecimiento".

"En el restaurante hemos ido aprendiendo poco a poco –confiesa Concha– y el hecho es que cuando llegamos sí tenía algo claro; quería hacer brasa, como me habían enseñado en Castellote. Juan empezó a traer chuletones del carnicero de su casa en San Sebastián; alguien vino un día, lo probó y se dedicó a correr la voz, aquello se extendió como la pólvora en las pistas de esquí, empezó a venir muchísima gente a comer esa misma Semana Santa, y la hermana de Juan tuvo que venir con más chuletones, porque no dábamos abasto; además, la gente se venía de copas por la noche".

El establecimiento de Concha y Juan se ha convertido en un punto de encuentro con el paso de los años. "Somos como un detector de lugares en fiestas;según van llegando las de cada sitio, sea Zaragoza, San Sebastián o Pamplona, por ejemplo, vienen de allá y resulta que la gente se conoce de mesa a mesa, pasa a menudo y es algo muy bonito. Luego están nuestras fiestas, que la hacemos buenas", remata Concha con una sonrisa.

Artículo incluido en la serie 'Aragón es Extraordinario'.

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