Anuncios clasificados
Volver a Heraldo.es
Suscríbete Web del suscriptor

En colaboración con Itainnova

Concurso Adopta tu molécula

Reto químico. Amarga y terapéutica

Frívola y servicial, soy la moleculica que le da el amargor al gintónic y, a la vez, un tratamiento estupendo para la malaria. Soy tan ‘cool’ que brillo con luz propia en las discotecas. Si sigues mi historia, encontrarás muchas pistas para desenmascararme.

Fernando Gomollón Bel y José Ignacio García Laureiro  17/05/2018 a las 05:00
Etiquetas
Tengo veinte átomos de carbono y una enrevesada estructura policíclica

Mezclando

Cardamomo, pepino, regaliz, pimienta de Jamaica… Mezcláis el gintónic con tantas cosas que me planteo si de verdad os gusta. ¡Bebed otra cosa! A mí no me gusta el tartar de atún y no me lo pido y punto. "Es que el gintonic es así como amargo, y si le pones un poquico de limón, se nota menos", me dice un amigo. Pero, ¿qué se ha creído? Ya sé que es amargo, ¡soy la moleculica que le da el amargor!

Abundo en un árbol

Como la cafeína, la nicotina y la morfina, soy un alcaloide. Pertenezco a esta amplísima familia de compuestos que sintetizan las plantas a partir de aminoácidos. Abundo en la corteza de un árbol sudamericano, pero no os voy a decir cuál… que su nombre se parece demasiado al mío. Va, venga, que como es el último acertijo del curso me siento generosa. Voy a daros una pista: la familia del susodicho árbol lleva el nombre de una localidad madrileña famosa por un delicioso licor de sabor anisado. Es un homenaje que quiso hacer el botánico y taxónomo Carl von Linneo a dos funcionarios españoles que, al volver de las Américas, me hicieron famosa en Europa.

Tradición quechua

Porque, claro, yo ya era una superestrella en tierras incas. Los nativos, los quechuas, sabían perfectamente dónde encontrarme y para qué servía. Cuando tocaba curar calambres, resfriados y temblores, buscaban unas cuantas cortezas amargas de… ¡Ja! Pensabais que os iba a decir el nombre del árbol, ¿verdad? Pues no, que soy un alcaloide con dos dedicos de frente. Lo dicho, me adoraban. Era la panacea. Y eso que los quechuas desconocían mi mayor habilidad terapéutica. Aquí donde me veis, con mis veinte átomos de carbono y mi enrevesada estructura policíclica soy un tratamiento estupendo para la malaria. Claro, tampoco es culpa de los pobres incas no saber esto porque, aunque parezca increíble, entonces no había malaria por esos lares. Todo apunta a que la trajeron los españoles, junto con otras delicatessen del viejo continente como la viruela, el sarampión y la sífilis.

Serendipia

Pero volviendo a mi historia… Resulta que, a principios del siglo XVII, Roma estaba infestada de malaria. La enfermedad había matado a varios papas, decenas de cardenales y a un montón de ciudadanos romanos. Un jesuita italiano que trabajaba en Perú pensó que si los quechuas me utilizaban para tratar temblores, quizás podría ser útil para curar la malaria. Al fin y al cabo, el temblor y los sudores fríos son algunos de los primeros síntomas de la enfermedad. De chiripa, pero acertó. Como con tantos y tantos avances de la humanidad, al principio la gente no se fiaba de mí. Pero, poco a poco, fui demostrando mi eficacia. Y oye, se me ha dado bastante bien, la verdad. Hasta 2006, fui la moleculica favorita de la Organización Mundial de la Salud para tratar la malaria. Ahora los expertos prefieren la artemisinina, una moleculica que también se extrae de una planta, el ajenjo.

Mezcla a bordo

¿Y qué tengo que ver con el gintónic y vuestras noches de desenfreno? Pues resulta que, en el siglo XVIII, el médico de la Compañía Británica de las Indias Orientales había oído hablar de mis superpoderes antimalaria. Y empezó a recomendar a sus marineros que me tomaran en dosis abundantes. Pero claro, soy una moleculica amarga, cuesta tragarme. Así que los ingleses comenzaron a mezclarme con tónica. Y, al ver que la cosa no mejoraba…, empezaron a añadir ginebra a la mezcla. Y azúcar, y lima, y todo lo que encontraban para hacer la mezcla algo potable. Y así nació uno de los cócteles más populares.

Fluorescente

Ah, y no solo doy el amargor a la tónica. ¿Os habéis fijado alguna vez en que los gintonics brillan de forma muy característica en las discotecas? Eso también es culpa mía. Soy una moleculica fluorescente y, cuando me iluminan con luz ultravioleta –la famosa ‘luz negra’ de los bares– emito luz visible, una luz de un precioso color azul celeste. 

¿Sabes qué molécula soy?

Manda tu respuesta y datos de contacto a milenio@heraldo.es con el asunto Adopta tu molécula. Sortearemos un premio entre los acertantes. Fecha límite: 1 de junio.

¿Quieres adoptarme?

Para ser una buena madre o un buen padre, tendrás que averiguar sus propiedades, usos y la opinión que la gente tiene de ella. No te preocupes si te parece difícil y una gran responsabilidad; desde el blog ‘Moléculas a reacción’ te ayudaremos y guiaremos en tu adopción.

Fernando Gomollón Bel químico y divulgador y José Ignacio García Laureiro Instituto de síntesis Química y Catálisis Homogénea

 





Pie
Enlaces recomendados

© HERALDO DE ARAGON EDITORA, S.L.U.
Teléfono 976 765 000 / - Pº. Independencia, 29, 50001 Zaragoza - CIF: B-99078099 - CIF: B99288763 - Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza al Tomo 3796, Libro 0, Folio 177, Sección 8, Hoja Z-50564
Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Grupo Henneo