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Sociedad

EN LA ÚLTIMA

La bondad de los desconocidos

Los sitios reservados a embarazadas y a ancianos en los autobuses casi nunca van libres. Pero los que los ocupan no son siempre personas con movilidad reducida.

Así de ingenua era Blanche, una de las protagonistas de 'Un tranvía llamado deseo'. Para la posteridad quedó su frase, la que reza: "Siempre confié en la bondad de los desconocidos". Claro, que ella no tenía que aguardar a que alguien le cediera un asiento en el autobús. Porque, si no, ya podría esperar… y no precisamente sentada. La prueba empírica, una mañana en Zaragoza. Pilar de Pineda, embarazada de siete meses, hace una ruta por cinco líneas de autobús urbano. ¿En cuántas logró sentarse? Hagan sus apuestas…

El viaje comenzó en la plaza de San Francisco. El primero en llegar, un vehículo de la línea 20. Durante el trayecto hasta la Puerta del Carmen, dos mujeres se ponen a mirar al infinito en cuanto comprueban que una embarazada ha subido al bus. Como cuando en los dibujos animados se ponen a silbar... Otra chica joven se mantiene pegada a su móvil. Y al asiento, también. "El problema ya no es que no te lo cedan, sino que disimulen", dice Pilar, de pie, justo debajo de la pegatina que pide ceder el asiento a embarazadas o ancianos. Unas señales que no obligan a hacerlo, pero que sí lo recomiendan, y que TUZSA repone cada mes.

Cambio de vehículo. En el paseo de Pamplona, aparece un bus de la línea 34. Aunque hay algunos sitios libres, los reservados para personas con movilidad reducida son los que están ocupados. Un anciano se levanta para ceder su sitio, pero Pilar rehúsa con amabilidad.

En Cuéllar, toca una nueva línea. En concreto, la 33. Entre el paseo de Sagasta y la plaza de España, los viajeros se quedan mirando de arriba abajo a la embarazada, poniendo énfasis en la tripa, pero bien sentados. Ni el ademán. Nada. Es momento para un nuevo experimento. Esta vez, en la línea 40, entre el paseo de la Independencia y la plaza de San Francisco. Seis personas, seis, sentadas y mirando en una doble dirección: primero, a la barriga de la mujer. Y, acto seguido, a la calle, como si conocieran a alguien del exterior.

Última parada. La línea 30. El autobús llega a tope y hay problemas para entrar. Pilar consigue meterse la penúltima. Detrás de ella, un señor que empieza a empujar para poder irse hacia atrás, en un vehículo que ya está repleto. "Váyanse al fondo", dice el último de la fila, que no es Manolo García, sino un señor muy impaciente. "¿No ve que esta señorita está embarazada?", le responde un joven. No lo debió ver, porque se coló hacia delante e, incluso, mandó sentar a una mujer en un sitio libre, "para que haya más hueco", sin reparar en la embarazada.

Para Blanche, el personaje, fue más fácil. Viajaba en tranvía. Para Pilar, por lo menos a bordo de un bus, resulta más difícil confiar en la bondad de los desconocidos...

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