Tercer Milenio

Ciencia de andar por casa

¿Por qué en verano se nos pone piel de lagarto?

Quienes pasan mucho tiempo a la intemperie -ya sean agricultores o algunos veraneantes- se exponen a que su piel se torne más seca, dura y cuarteada.

La exposición al sol seca y colorea nuestra piel. En verano, se aprecian mejor las células altamente queratinizadas y denominadas corneocitos que forman la película más externa de la epidermis.
La exposición al sol seca y colorea nuestra piel. En verano, se aprecian mejor las células altamente queratinizadas y denominadas corneocitos que forman la película más externa de la epidermis.

No sé vosotros pero yo, todos los años por estas fechas, en cuanto comienzo a tostarme un poco (de más) al sol , tengo que escuchar la misma cantinela interpretada a dos voces por parte de mi señora esposa y de mi señora madre: “Con tanto sol se te va poner la piel de lagarto”. Es decir, más seca, dura y cuarteada, con una presencia y textura coriácea o reptiliana, pero también similar a la que lucía mi abuela materna, quien se pasaba horas cuidando del huerto, y, en general, a la que lucen todas esas personas que pasan mucho tiempo a la intemperie como agricultores, ganaderos o marineros.

¿Por qué la piel (sobre)expuesta a la radiación solar adopta este aspecto tan lagártico (y este es un homenaje a los friquis como yo, seguidores de la serie televisiva de los ochenta 'V')? Si aún conservas uno de esos viejos somieres de muelles (también muy ochenteros) por casa, ahí tienes la respuesta.

Y no porque dormir sobre ellos afecte a la piel, sino porque esta está constituida en gran medida por fibras de colágeno, que representan sobre el 75% de su peso en seco. 

El colágeno es la principal proteína estructural del organismo, y abunda no solo en la piel, sino también en los huesos, tendones, cartílagos y en los tejidos conectivos. Una omnipresencia motivada por su estructura de triple hélice enrollada -esto es, constituida por tres cadenas peptídicas que se pliegan en el espacio cual escalera de caracol-. Una disposición que hace que la molécula de colágeno -y por consiguiente las fibras de colágeno, integradas por moléculas de este ensambladas entre sí- sea estable y resistente, al tiempo que no exenta de elasticidad, lo que las hace ideales como material que dota de integridad a todo tipo de tejidos. Y una estructura que asimismo emparenta al colágeno con los muelles del somier.

Pues bien, un reciente estudio efectuado por investigadores de la Universidad de Binghamtom (Estados Unidos) ha constatado que una exposición prolongada y continua a la radiación solar, y más concretamente a la fracción ultravioleta de aquella, es la causante de este 'acartonamiento' o 'encuerecimiento' de la piel, al provocar que las moléculas de colágeno se refuercen (se formen más enlaces intra e interpeptídicos) y se contraigan; y con ello se vuelvan más gruesas, resistentes y rígidas. Como si comprimiésemos los muelles del somier y el óxido hiciese que perdiesen su capacidad elástica. O, mejor aún, como si reemplazásemos el somier de muelles por uno de láminas: más rígido, duro y estable.

Pero, ¿por qué el colágeno reacciona precisamente así? Ese es, al menos a ojos del que suscribe, el aspecto más interesante de la investigación. Según los autores, la modificación del colágeno dérmico es un caso articular de un principio general de respuesta del organismo ante una lesión o daño estructural: siempre que un tejido se debilita, los tejidos adyacentes se refuerzan para compensar esa fragilidad y garantizar que se mantenga la operatividad del órgano en cuestión. Un ejemplo de esto es lo que sucede cuando se produce un infarto de miocardio, que el músculo cardíaco adyacente se engrosa para compensar la pérdida de funcionalidad del tejido infartado. Y, al parecer, lo mismo sucede con el colágeno dérmico.

¿Y cuál es la debilidad o lesión que desencadena esta respuesta? En este caso el tejido afectado es el estrato córneo, esto es, la capa más externa de la piel, integrada por unas células modificadas y altamente queratinizadas denominadas corneocitos, que son las diminutas celdas o teselas perfectamente ensambladas entre sí que forman la película más superficial de la epidermis y que se aprecian mejor en verano, cuando la exposición al sol seca y colorea nuestra piel.

Estos corneocitos se mantienen unidos entre sí por unas proteínas denominadas corneodesmosomas. Bajo una exposición prolongada a la radiación solar como la que se da en el periodo estival -pero también cuando se pasa mucho tiempo a la intemperie- el primer tejido afectado es este estrato córneo. En concreto, la radiación ultravioleta degrada y dispersa estos corneodesmosomas, lo que a su vez mengua la adhesión de los corneocitos. Un daño que se traduce en primer lugar en que aquellos se desprenden con más facilidad. 

Según concluye la investigación, es esta fragilidad de la primera barrera protectora del cuerpo lo que provoca que el colágeno subyacente se refuerce para compensarla o contrarrestarla, según el principio de que cuanto más rígido y estable sea el sustrato sobre el que se apoyan los corneocitos, menos 'sacudidas' experimentarán y menos riesgo de que se desprendan. Lo que nos devuelve al ejemplo del somier: imagina las piezas de un puzle dispersas sobre el colchón. Es más fácil, descolocarlas y hacerlas caer saltando sobre un somier de muelles, más elástico y blando, que sobre un rígido somier de láminas. Puedes hacer la prueba.

Por cierto, este endurecimiento del colágeno y la consiguiente pérdida de elasticidad del tejido es asimismo el responsable de las características arrugas profundas de la gente que pasa muchas horas en el exterior.

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