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Tercer Milenio

Desafíos globales

Proteger a las ballenas para protegernos a nosotros mismos (y reparar nuestros daños)

Con sus voluminosos cuerpos, su proverbial longevidad y su papel capital en la cadena trófica oceánica al abonar las aguas superficiales para el florecimiento del fitoplancton, estos soberbios cetáceos desempeñan un papel trascendental en la retirada y secuestro de grandes cantidades de CO₂ atmosférico y, con ello, contribuyen a paliar el calentamiento global. Una contribución que, sin embargo, la industria ballenera ha ido cercenando a lo largo del último siglo. ¿Estamos dispuestos a seguir igual?

La fauna oceánica desempeña un papel esencial en la retirada y secuestro de grandes cantidades de CO2 atmosférico
La fauna oceánica desempeña un papel esencial en la retirada y secuestro de grandes cantidades de CO2 atmosférico
Pixabay

Los océanos son uno de los sumideros de carbono más importantes del planeta –lo que significa que retiran CO₂ de la atmósfera y lo almacenan como compuestos de carbono, evitando su reemisión a la atmósfera y, con ello, que pueda contribuir al calentamiento global–. Tal es su importancia que se estima que en la pasada década (2010-2019) los océanos han absorbido aproximadamente el 22% de las emisiones antropogénicas. Una contribución en la que desempeña un papel decisivo la fauna oceánica. Dentro de ella, las ballenas cumplen una función nada desdeñable, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo.

…Incluso ahora, y a pesar de que, desde que se puso en marcha, a finales del siglo XIX, la industria ballenera ha reducido en más de un 80% la población total de estos soberbios mamíferos marinos hasta el extremo de poner en peligro su supervivencia. Algo que, además de una terrible pérdida para la biodiversidad, ha contribuido de manera indirecta al calentamiento global al anular la retirada de ingentes cantidades de carbono atmosférico a través de estos cetáceos. 

¿Cómo? El papel desempeñado por las ballenas en el ciclo del carbono oceánico y su contribución a la retirada de CO₂ atmosférico y, con ello, al control de calentamiento global se manifiesta a través de muy diversas vías. No obstante, es fácil de entender o al menos intuir su importancia con solo presentar las dos vías o formas más evidentes de esta participación. 

Una de ellas es el almacenamiento de carbono, entendido como el carbono que acumulan en forma de los compuestos orgánicos que conforman sus tejidos y órganos todos los organismos vivos. Un carbono que previamente se encontraba en la atmósfera en forma de CO₂ y que los organismos fotosintéticos (como el fitoplancton oceánico) convierten en compuestos orgánicos y que luego incorporan los organismos heterótrofos través de la cadena trófica. Debido a su enorme tamaño y longevidad, las ballenas almacenan en su cuerpo grandes cantidades de carbono durante muchos años. Un carbono que, de otro modo –por ejemplo, cuando son cazadas para obtener su aceite–, pasaría a la atmósfera.

Y, no obstante, y aun a pesar de que el carbono almacenado por la biomasa de ballenas aún es en la actualidad del orden de gigatoneladas, esta contribución casi se puede considerar poco trascendente comparada con la efectuada a través de una segunda vía: el secuestro de carbono atmosférico en los fondos oceánicos, donde permanecerá fuera de circulación durante cientos e incluso miles de años.

Las ballenas contribuyen al secuestro de carbono atmosférico de dos formas principales: almacenándolo en su cuerpo; y favoreciendo con sus heces la proliferación de fitoplancton consumidor de CO2 atmosférico.
Las ballenas contribuyen al secuestro de carbono atmosférico de dos formas principales: almacenándolo en su cuerpo; y favoreciendo con sus heces la proliferación de fitoplancton consumidor de CO2 atmosférico.
‘Trends in Ecology & Evolution’ (2022)

La bomba de migración pelágica

¿Cómo participan las ballenas de este secuestro de carbono? Por un lado, al morir, los cadáveres de las ballenas se precipitan en las profundidades marinas hasta acabar con sus huesos reposando sobre el lecho oceánico, donde el carbono almacenado en vida queda retenido. Por otro lado, sus heces son ricas en nutrientes y, al excretarlas en las capas superiores del océano, sirven como abono o alimento para la proliferación del plancton. Un (fito)plancton que, como ya se ha dicho, es el encargado de retirar el CO₂ atmosférico y convertirlo en compuestos orgánicos. Pero que también es el motor de la denominada bomba de migración pelágica. Es decir, la migración vertical diaria de fauna marina desde las zonas mesopelágica y batipelágica a la epipelágica (desde aguas profundas a las aguas superficiales). 

Cada día, al anochecer, miles de peces, cefalópodos y otros organismos marinos ascienden a las capas superiores del océano para alimentarse del plancton antes de retirarse de nuevo a su hábitat en la zona afótica (donde no llega la luz del sol)…, llevándose con ellos un importante cargamento de carbono que luego, bien sea atrapado en las heces excretadas en las profundidades o bien en sus cadáveres al morir, se precipita hasta el fondo, donde otra vez permanecerá almacenado durante periodos de tiempo de orden geológico. Una bomba de migración pelágica cuyo motor es el fitoplancton, pero cuyo combustible son las heces de las ballenas.

Y ningún motor funciona en ausencia de combustible así que, ‘en el fondo’, se trata de una sencilla elección: ¿capturar ballenas o capturar CO₂ de la atmósfera?

Carbono azul

El carbono azul se define como el carbono que se almacena naturalmente en los ecosistemas marinos y costeros. Por ello, la protección de estos ecosistemas es considerada como una de las soluciones basadas en la naturaleza contempladas en el Acuerdo de París, durante la cumbre por el cambio climático celebrada en la capital francesa. Acuerdo por el cual los países firmantes se comprometieron a conservar y preservar dichos ecosistemas. Un compromiso que, ineludiblemente, debe incluir la protección de las ballenas y el resto de grandes cetáceos. Porque la pervivencia de un ecosistema –esencialmente una red trófica o una serie de cadenas tróficas interconectadas– depende de la supervivencia de su eslabón más débil.

O, como lo plasmó el naturalista estadounidense George Perkins Marsh en su obra ‘Man and Nature’ (1859): "Lagos, estanques y ríos que antes rebosaban de peces tienen ahora una quietud siniestra. La culpa es de la pesca excesiva, pero también de la contaminación provocada por la industria y las fábricas cuyas sustancias químicas envenenan a los peces… Hasta los organismos acuáticos más diminutos son esenciales para el equilibrio de la naturaleza: la limpieza excesiva del acueducto de Boston los había eliminado y el agua se había vuelto turbia. Toda la naturaleza está unida por lazos invisibles".

Dicho queda: incluso los más diminutos… y hasta los más grandes.

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