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Tercer Milenio

Cosas de la vida

Las consecuencias de los estudios clínicos sin mujeres

En el siglo XX, las mujeres no participaban en los ensayos clínicos. Las consecuencias de esta exclusión siguen manifestándose actualmente.

Casi toda la investigación básica en farmacología se realiza predominantemente en machos.
Casi toda la investigación básica en farmacología se realiza predominantemente en machos.
Josué Goge

La gran mayoría de los conocimientos médicos actuales de nuestra sociedad están basados en estudios con células masculinas, ratones macho y hombres. A lo largo de la historia, a las mujeres se nos ha excluido de la investigación médica bajo la asunción de que ambos sexos éramos biológicamente idénticos. Entre otras cosas, se buscaba proteger a la mujer y su descendencia, por lo que toda mujer en edad de concebir era automáticamente excluida de los ensayos clínicos.

Sin embargo, cada vez era más evidente que hombres y mujeres no éramos iguales. Por ejemplo, en el año 1997 se retiraron del mercado estadounidense diez medicamentos, ocho de los cuales presentaban demasiados riesgos para la salud de las mujeres. En los ensayos clínicos, estos medicamentos se habían aprobado sin problemas, pero claro, no habían tenido en cuenta a la mitad de la población. 

Igualmente, la prevalencia de enfermedades en hombres y mujeres no es la misma. Aun así, en la década de los noventa seguía habiendo reticencias a reconocer que estas diferencias se debían al sexo biológico y se achacaban a diferencias en los roles de género. Si los hombres tenían más cáncer de pulmón era porque fumaban más y si había más casos reportados de mujeres con esclerosis múltiple era porque se quejaban más y acudían más al centro de salud.

Por supuesto que los roles de género afectan a la salud de las personas, pero eso no quiere decir que el sexo biológico no lo haga. Una forma fácil de eliminar los sesgos que se puedan producir por los roles de género es realizando los estudios en animales. 

En 1996, Rhonda Renee Voskuhl, profesora de neurología en la Universidad de California, realizó una investigación con ratones para aclarar por qué las mujeres somos mucho más susceptibles a la esclerosis múltiple. Transfirió células inmunitarias de ratones de un sexo al otro y demostró que tener células inmunitarias femeninas hacía a los ratones macho más vulnerables a la enfermedad.

Hoy en día, existen numerosas evidencias que confirman que a los hombres y mujeres nos afectan las enfermedades de manera diferente. La raíz de esta variedad se encuentra en la genética y comienza desde el instante en el que el espermatozoide fecunda al óvulo y se forma un embrión cuyos cromosomas sexuales son XX, en el caso de las mujeres, o XY en el caso de los hombres. 

La principal fuente de diferencias entre los dos sexos proviene del gen SRY, que se encuentra únicamente en el cromosoma Y. Este gen provoca que se desarrollen los testículos, que comienzan a segregar testosterona cambiando así parte de la fisiología de las células y de su susceptibilidad a las enfermedades.

A finales del siglo XX, las mujeres empezamos a entrar por fin en los ensayos clínicos, pero aún arrastramos las consecuencias de tantos años de investigación médica sin nosotras. Otra científica llamada Sabra Klein, publicó un artículo en 2015 sobre la importancia de tener en cuenta el sexo a la hora de administrar vacunas. Klein se dio cuenta de que las mujeres presentamos más efectos secundarios frente a vacunas como la de la fiebre amarilla porque nuestro sistema inmunitario no es igual. Entre otras cosas, solemos generar más anticuerpos que los hombres. Frente a algunas vacunas como la de la hepatitis A y B incluso llegamos a duplicar la cantidad. Hasta estos descubrimientos, se pensaba que simplemente las mujeres tendíamos a reportar más nuestro malestar.

Por último, no nos debemos olvidar tampoco de las personas transgénero, que actualmente sufren una subrepresentación drástica en la investigación clínica que las posiciona en una situación de desigualdad. Un individuo que ha nacido con una dotación cromosómica XY, pero en su adolescencia se ha sometido a un tratamiento hormonal, va a presentar características médicas distintas a las de un hombre y una mujer cis. Igualmente, los factores ambientales a los que se ve expuesto son diferentes. Por ejemplo, la discriminación social eleva los niveles de estrés y esto afecta al sistema inmunitario. Incluir a las minorías de género en la investigación no solo hará que se mejoren los tratamientos médicos hacia estas personas, sino que además proporcionará información fascinante sobre cómo las hormonas, los genes y el género interactúan para influir en nuestro cuerpo.

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