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Tercer Milenio

Qué dice un paisaje con el cartel de 'recién quemado'

Un paisaje que ha sufrido un incendio habla de la gravedad del fuego, del riesgo de erosión del suelo y también, alto y claro, de fragilidad y supervivencia.

Algunos árboles, como estos del entorno de Moros, se ‘salvan’. Los supervivientes del incendio podrán reproducirse y perpetuar la especie y el bosque.
Algunos árboles, como estos del entorno de Moros, se ‘salvan’. Los supervivientes del incendio podrán reproducirse y perpetuar la especie y el bosque.
José Miguel Marco

Observando un suelo quemado se puede deducir la gravedad del incendio que ha sufrido. Si las cenizas que lo cubren son negras, lo que delata que contienen más materia orgánica, habrá sido de poco intenso; el paso de grises a blancas habla de una creciente severidad. Visto con ojos expertos, un paisaje con el cartel de ‘recién quemado’, como el que vemos en la imagen de arriba, en el entorno de Moros, habla por los cuatro costados. "Ese bosquete de pinos, rodeado de campos agrícolas, ha sufrido un incendio de copas que en su costado derecho ha sido severo, completo, pero que, en cambio, en su costado izquierdo solo ha soflamado parte de las copas (probablemente vendría el fuego de la derecha)". Así imagina esta escena de la película del fuego que, el pasado mes de julio, azotó la zona norte de la Comarca Comunidad de Calatayud David Badía Villas, profesor de la Escuela Politécnica Superior de Huesca e investigador del grupo Geoforest. 

La combustión de las acículas –las hojitas de los pinos– (y el sotobosque) las ha convertido en cenizas grises, que quedan a los pies de los troncos ennegrecidos. En lo más alto, los pinos conservan las piñas serotinas que, "con el calor generado por el fuego, se abren para dejar caer sus piñones (seguramente viables) sobre el suelo cubierto por las cenizas –explica–. Si se trata de pino carrasco, este invierno por cada pino quemado, habrán nacido unos cuantos plantones, demostrando su pirofilia".

Supervivencia en estado puro. En este caso, de la especie. Porque, "ante las dificultades extremas, los organismos vivos se enfrentan al dilema de perpetuar el individuo o la especie/linaje, y para ello eligen una u otra estrategia", señala Eduardo Notivol, jefe del Departamento de Sistemas Agrícolas, Forestales y Medio Ambiente del Centro de Investigación en Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA).

Tras un fuego, la naturaleza imparte una lección de supervivencia marcada por una de las claves de la evolución: adaptarse. Los ecosistemas mediterráneos, con sequías estivales prolongadas y altas temperaturas, tienden a quemarse con cierta frecuencia, por lo que muchas especies vegetales tienen estrategias adaptativas para recuperarse tras el paso del fuego, "siempre que la frecuencia no sea elevada, claro", advierte Badía.

Hasta cierto punto, el suelo tiene capacidad de aislar del infierno y darles opción de rebrotar a los rizomas (tallos subterráneos, bulbos, tubérculos…) que no se hayan visto afectados por el fuego. De este modo, "es cada ‘individuo’ el que se recupera, y puede hacerlo al poco tiempo del incendio e incluso sin que haya llovido, gracias a sus reservas".

Hay semillas que sobreviven en la planta, como ocurre en la piña cerrada del pino carrasco (Pinus halepensis): el intenso calor del incendio abre las piñas serotinas y libera sus piñones. Gracias al aislamiento térmico que proporciona el suelo, hay especies germinadoras cuya población reaparecerá a partir del ‘banco de semillas’ no afectadas por el fuego. "Con estas estrategias, es la ‘población’ la que se recupera en cuanto haya unas mínimas condiciones ambientales de temperatura y, sobre todo, de humedad", señala Badía.

Esas piñas cerradas, blanquecinas, que parecen de piedra, son una defensa natural de los pinos ante los incendios. Las piñas serotinas atesoran semillas de reserva –en esta, la presencia de liquen indica que lleva años ‘a la espera’–. El calor del incendio las abre y libera las semillas. Sobre el suelo quemado quedan los piñones intactos, listos para germinar.
Esas piñas cerradas, blanquecinas, que parecen de piedra, son una defensa natural de los pinos ante los incendios. Las piñas serotinas atesoran semillas de reserva –en esta, la presencia de liquen indica que lleva años ‘a la espera’–. El calor del incendio las abre y libera las semillas. Sobre el suelo quemado quedan los piñones intactos, listos para germinar.
CITA

Si la comunidad vegetal que ha sufrido el incendio logra darse el relevo por estas vías, se consigue la autosucesión vegetal, pero antes pasará por una fase que en ecología se denomina ‘ventana de perturbación’, "unos primeros años en los que se incorporan especies de ambientes más abiertos, menos forestales, por ejemplo, las jaras".

Pero todo esto venía sucediendo en ecosistemas adaptados al fuego, con estrategias de defensa fruto de miles de años de evolución. Ahora, "cada vez más bosques se ven afectados por los incendios, incluso los no adaptados (dado el incremento de olas de calor) y de ahí que la respuesta pueda ser diferente".

Si los fuegos son muy frecuentes, como está empezando a ocurrir, esa ventana de perturbación estará abierta demasiado tiempo y los daños pueden acabar por romper esa carrera de relevos natural que es la autosucesión. "Es como cuando nos hacemos una herida superficial en la rodilla –compara el profesor de Unizar–: la piel cicatriza, no es inicialmente la misma piel, pues se forma una costra que durará unos pocos días –lo que equivaldría a la ventana de perturbación–, antes de volver al estado inicial –lo que equivaldría a la autosucesión–, pero si volvemos a caernos sobre la misma rodilla, esa herida puede acabar por dejarnos ‘marca’…, es decir, que ni la vegetación ni el suelo sean ya los mismos y acabemos teniendo zonas yermas donde antes teníamos bosques".

Resistiré

Para crecer, reproducirse o defenderse "las plantas distribuyen sus recursos de una forma que no difiere demasiado de cómo nos comportamos los humanos al repartir nuestros recursos materiales para cubrir los gastos en vivienda, educación, alimentación; también encontramos patrones diferentes según los individuos y sus circunstancias", explica Notivol. Los investigadores del CITA estudian los patrones en la asignación de recursos (crecimiento, reproducción, defensa ante agentes externos como insectos e incendios...) de diferentes especies, una línea de trabajo que busca proporcionar al sector forestal materiales de reproducción adaptados –por diferenciación genética– a condiciones como fuego, aridez, productividad del suelo, etc. En busca de las mejores estrategias para seleccionar las semillas en los programas de forestación y restauración forestal, estudian la variabilidad genética y su respuesta ante las predicciones proporcionadas por la ciencia del cambio climático.

"El grosor de la corteza es otro de los caracteres adaptativos (como la serotinia de las piñas) como defensa natural ante los incendios", indica. En ello trabajan también en el CITA. Cuando el fuego pasa muy rápidamente por algunas partes, quema los combustibles ligeros (hierbas y matorrales pequeños), pero en ocasiones no llega a dañar los árboles adultos, provistos de una buena capa de corteza, que es un magnífico aislante. El corcho del alcornoque, por ejemplo, es de los mejores aislantes que existen

Y es que, "aunque pueda parecer extraño, uno de los materiales que mejor resisten el fuego es la madera, (y el tejido de la corteza o corcho, más aún)", destaca Notivol. La madera, al quemarse, crea una capa densa de carbón, no porosa, que impide la entrada de oxígeno al interior. De esta forma, la propia madera se autoprotege de la combustión "y, lo más importante, sin perder sus características estructurales (resistencia, dilatación, etc.) de forma rápida y brusca". Nada que ver con otros materiales como hormigón, cemento, acero o cristal, muy utilizados en nuestro país en la construcción y donde "el aumento de temperatura que genera el fuego elimina sus propiedades estructurales rápidamente; por eso un edificio de madera aguanta mucho más y mejor que los otros".

Perpetuar la especie

Gracias a esta adaptación biológica de las especies arbóreas muy longevas como defensa ante un eventual incendio, algunos árboles se ‘salvan’: se mantienen en pie, conservan sus reservas (la madera protege las células vivas). "Obviamente, esta defensa tiene sus límites, pero es eficiente, ya que los supervivientes podrán reproducirse y perpetuar la especie y el bosque".

Casos singulares son los de los árboles (solo unos pocos) que protegen sus yemas aéreas del fuego, de manera que su copa verdeará con más rapidez que otras, apunta Badía. Le sucede al pino canario "que, como adaptación a las frecuentes erupciones volcánicas, es capaz de rebrotar ‘de copa’, desde yemas aéreas, a diferencia de los pinos peninsulares que, como mucho, germinan bien tras el incendio (pino carrasco, propio de la tierra llana) o se recuperan muy mal (como el pino royo). Algo parecido les pasa a los alcornocales de Sestrica y Aniñón: el alcornoque, muy raro en Aragón, utiliza su gruesa corteza (corcho) a modo de ‘manta ignífuga’ protectora".

Evitar o reducir la erosión es el fin de medidas de emergencia como fajinas, que utilizan la propia madera quemada
Evitar o reducir la erosión es el fin de medidas de emergencia como fajinas, que utilizan la propia madera quemada
Geoforest-Unizar

Una vez quemada la vegetación, las cenizas y los restos carbonizados inicialmente pueden proteger algo el suelo, pero, las primeras lluvias suelen arrastrarlos (si llega a cursos fluviales y embalses, el agua puede dejar de ser potable). Ese suelo forestal, hasta entonces cubierto por vegetación y hojarasca, queda expuesto al impacto de las gotas de lluvia que, de ser intensa y sobre todo en pendientes fuertes, arrastra los primeros centímetros del suelo. Un tesoro en riesgo, porque es en esos primeros centímetros donde se acumula la mayor fertilidad. "Si van a parar al fondo de la val o a un embalse, su pérdida es irreversible a escala humana". David Badía dice esto porque la formación del suelo requiere cientos de años. Para evitar estos daños, pueden aplicarse medidas de emergencia: barreras usando la madera quemada e incluso proteger con paja.

En ocasiones, como tratamiento posquema, se reparte paja sobre el suelo como sustituto de la hojarasca y la vegetación que lo protegía antes del incendio.
En ocasiones, como tratamiento posquema, se reparte paja sobre el suelo como sustituto de la hojarasca y la vegetación que lo protegía antes del incendio.
Geoforest-Unizar

Desde 1992, el grupo de investigación Geoforest ha acudido a incendios forestales ocurridos en Fraga, Huesca (Fornillos), Leciñena, Mondoto, Montes de Zuera y Castejón de Valdejasa, Peñas de Herrera, Moncayo, Sierra de Luna (Orés)… Observando los restos vegetales, las cenizas, muestreando el suelo centímetro a centímetro..., el investigador puede determinar las zonas más afectadas y así priorizar los tratamientos de emergencia posquema

Muestreo tras una quema prescrita de matorral en Tella (2021). Las quemas prescritas –en sotobosques o en matorrales y habitualmente en invierno– tratan de eliminar esa biomasa que puede actuar como combustible y favorecer la propagación de los incendios.
Muestreo tras una quema prescrita de matorral en Tella (2021). Las quemas prescritas –en sotobosques o en matorrales y habitualmente en invierno– tratan de eliminar esa biomasa que puede actuar como combustible y favorecer la propagación de los incendios.
Geoforest-Unizar

En los últimos años, se han dedicado a optimizar la eficacia de las quemas prescritas, que tratan de eliminar sotobosque o matorrales que pueden alimentar lo que podría convertirse en un incontrolable Gran Incendio Forestal (GIF). "Se prescriben en zonas estratégicas para crear discontinuidades en el paisaje o para actuar como zonas de ‘anclaje’ para los equipos de extinción", indica Badía. En un monte que va perdiendo sus usos tradicionales y a su población, también volver a disponer de paisajes en mosaico –por ejemplo, alternando campos agrícolas con bosques en uso– es una recomendación habitual para evitar los GIF.

La amenaza de los incendios es un problema complejo que no puede abordarse con soluciones simples. Los expertos reclaman una gestión forestal adaptativa y una selvicultura multifuncional, pues la prevención es cada vez más indispensable en un contexto de cambio global que lleva todo al límite. "El nivel de estrés hídrico de los árboles y las plantas, la deshidratación de sus tejidos producido por elevación permanente, continúa y acelerada de las temperaturas y la prolongación e intensidad de los ciclos de sequía conduce a una situación explosiva en el caso que se produzca la ignición", asegura Notivol. Tampoco la humedad remanente del suelo tiene su habitual capacidad atenuadora. 

El ‘cuadro’ se completa con "climas estivales más extremos, con olas de calor más largas e intensas, humedades relativas del aire más bajas y fenómenos atmosféricos extremos (corrientes de aire cálidas y secas, cambio de los patrones de circulación general de la atmósfera, niño, niña...) que producen unos comportamientos del fuego anómalos y extremos de muy difícil extinción". 

Ante este horizonte, las plantas y los bosques, "a pesar de su resiliencia y capacidad adaptativa a condiciones extremas, han sido superados por la capacidad transformadora del hombre sobre el planeta". La velocidad del cambio no casa con el ritmo de evoluciones naturales que cuestan miles de años. Recordemos que los bosques son anteriores y serán posteriores a nuestra especie.

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