Tercer Milenio

la vida de las piedras

La paradoja del espárrago y el glaciar

Vivir en un mundo globalizado ofrece muchas ventajas pero también nos sume en curiosas contradicciones. Productos, modas, costes de producción, precios… a los términos que forman la ecuación del libre mercado ya es inevitable añadir otro: el impacto sobre el clima. De cómo los espárragos pueden simbolizar la autodestrucción del sistema van estas líneas.

Glaciares del Himalaya. De sus aguas dependen millones de personas en Asia central.
Glaciares del Himalaya. De sus aguas dependen millones de personas en Asia central.
Geoparque Sobrarbe-Pirineos

De una forma u otra, todo en nuestro planeta está interconectado. Esa relación entre causas y efectos, y cómo de global puede llegar a ser, es una de las más bellas enseñanzas que los geólogos adquirimos en los años de universidad. Mucho antes de que los humanos irrumpiéramos en la Tierra, de que fuéramos capaces de mover personas y mercancías de un país a otro, los procesos naturales ya interconectaban cada rincón del orbe. Piensen por ejemplo en cómo el viento puede llevar arena del Sáhara hasta América o repartir por Europa ceniza de un volcán indonesio.

Pero hay una notable diferencia entre ambas capacidades. Lo que movemos los humanos lo hacemos utilizando medios de transporte que emiten gases de efecto invernadero a la atmósfera. Salvo algún irreductible negacionista, a estas alturas todos sabemos que esa es una de las causas del acelerado calentamiento global que experimenta nuestro mundo. Y si queremos aminorar –impedir ya no es posible– sus efectos, habremos de introducir cambios en nuestro modo de vida.

La próxima vez que abran una lata de espárragos fíjense en su procedencia. Muy probablemente provengan de Perú o de China, aunque la palabra Navarra baile jotas por la etiqueta cumpliendo la legalidad vigente. La producción de espárragos en zonas tan distantes del estómago que los consume debe ser inevitable para satisfacer la demanda. Y su cultivo, en zonas áridas de ambos países, en buena parte es con aguas que proceden de los glaciares del Himalaya y de la cordillera Blanca. Hasta allí todo correcto. El problema es que su comercialización en áreas alejadas implica un transporte en barcos o aviones impulsados por combustibles fósiles que emiten CO₂ a la atmósfera e incrementan el efecto invernadero. El progresivo calentamiento del clima se manifiesta de manera muy evidente en la disminución de los glaciares, que en montañas como las peruanas es especialmente rápido. Piensen que, según datos recientes del propio gobierno peruano, en los últimos 50 años se ha perdido el 51% de la superficie glaciada del país. Muchos glaciares del mundo no solo son el sustento de un paisaje. De la fusión estival de sus hielos depende el suministro de agua para millones de personas que la beben, producen energía o riegan con ella.

Por tanto, si los glaciares desaparecen lo hace también el agua que posibilita el riego de los espárragos. Todo un ejemplo de negocio que se autodestruye, otra contradicción de un mundo comercial diseñado al margen de su funcionamiento natural.

Tirar con lo de casa

Consumir productos de cercanía parece algo inteligente aunque no siempre es posible. Una producción insuficiente, precios a veces elevados para el consumidor medio…, pero una cierta vuelta a tirar con lo de casa, a reconsiderar lo que consumimos y cómo se produce es ya inevitable. A diferentes escalas temporales, la Tierra está en un constante cambio al que debemos adaptarnos. Si nuestro genio intelectual ha sido capaz de interpretar y leer el funcionamiento del planeta, debería también ser capaz de aprender a vivir respetándolo. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la UNESCO Sobrarbe-Pirineos

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