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Ciencia de andar por casa... o por la calle

Cuidado, tu navegador personal falla

A la hora de trazar una ruta para ir de un punto a otro, ¿es capaz nuestro cerebro de elegir la más corta?

Entre varias opciones, generalmente tiramos por la calle de en medio
Entre varias opciones, generalmente tiramos por la calle de en medio
Jusotil

El camino recto no siempre es el más corto. Que una cosa es trazar una recta y otra hacer el camino. Métetelo en la cabeza. O mejor aún, métetelo en el hipocampo, una de las regiones más enterradas y primitivas del cerebro, lo que significa que ha estado operativo casi desde el principio del proceso evolutivo que nos convirtió en Homo (no tan) sapiens.

Viene esta exhortación a cuento de un estudio del MIT que plantea que a la hora de trazar una ruta para ir de un punto a otro, nuestro cerebro no busca y elige la más corta, sino la, en principio, más recta o que se desvía menos de nuestro lugar de destino. Por decirlo de un modo sencillo, si en el comienzo de nuestra andadura podemos tirar por una calle que se desvía a la izquierda de nuestro objetivo, por otra que gira a la derecha, o avanzar por una vía que apunta directamente a nuestro destino, generalmente tiramos por la calle de en medio… aunque eso nos condene más adelante a meternos por una laberíntica red de callejuelas o desemboquemos en una calle que nos obliga a dar un rodeo. Algo que han constatado los investigadores del Instituto tras analizar las andanzas de 14.000 viandantes en su día a día a través de sus smartphones.

En resumidas cuentas, que nuestro cerebro -y al parecer el de todos los animales- monta un sistema de navegación vectorial o basado en vectores. Y este es un buen momento para recuperar la definición matemática (y física) de vector: un ente que tiene módulo (o magnitud), dirección y sentido; y, lo verdaderamente importante, que se representa como una flecha (recta).

¿Pero por qué nuestro cerebro aplica esta estrategia? La explicación más plausible es que la navegación vectorial requiere un menor esfuerzo mental. Cierto, esto suena bastante mal, así que mejor será puntualizarlo: lo que la afirmación previa quiere significar es que requiere menos potencia computacional por parte del cerebro, menos procesamiento mental, lo que a su vez implica que hay más capacidad cerebral liberada para realizar otras tareas más urgentes y/o importantes como monitorizar y procesar las señales procedentes del entorno –algo que cobrará todo su sentido en la inminente excursión al pasado más remoto-. En realidad se trata de una solución de compromiso entre invertir neuronas o invertir tiempo. Y nosotros hemos optado por perder un poco de tiempo a cambio de liberar a parte de las neuronas.

Este sistema ya nos iba bien cuando empezábamos a hacer camino como homínidos en las sabanas africanas, despejadas de obstáculos, y donde el camino recto y el más corto suelen coincidir, y así concentrarse en localizar alimento y estar alerta a posibles depredadores. Pero el sistema que ya no es tan óptimo en entornos urbanos llenos de obstáculos, desvíos, bifurcaciones, circunvalaciones y obras varias.

La cuestión entonces es, ¿por qué después de tantos años de evolución seguimos eligiendo así? Dejando a un lado que las urbes populosas surgieron solo a partir de la revolución industrial, hace apenas un instante en términos evolutivos, seguramente seguimos tirando por la calle de en medio por idéntica razón: para dedicar más capacidad cerebral a otras cosas, ya sea preparar la importante reunión de trabajo a la que nos dirigimos, concentrarnos en el mensaje del podcast que vamos oyendo o permanecer alerta para evitar ser atropellados por un monopatín eléctrico.

La mayoría de la gente escoge rutas diferentes para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. ¿Por qué?

Lo dicho hasta aquí también sirve para explicar otra de las observaciones extraídas del estudio: que la mayoría de la gente escoge rutas diferentes para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cabría pensar que es para cambiar de paisaje o evitar pasar por las calles de vinos y tapas justo a la hora de comer a fin de no caer en la tentación. Sin embargo, parece que la explicación es, otra vez, vectorial y urbanística. Y es que la orientación de la calles (hacia dónde apuntan) que parten de tu casa al trabajo y del trabajo a tu casa no tiene por qué ser la misma. Con tu centro de trabajo como punto de partida, coger la calle que apunta recta a tu casa te puede conducir por otra ruta.

Además hay otra razón de peso que justifica la elección de este sistema de navegación y que otra vez nos retrotrae a nuestro remoto pasado nómada: la navegación vectorial es la única posible cuando no tienes un mapa mental de la zona, cuando transitas por primera vez por ese entorno. Y esto reza igual para un tramo de sabana inexplorado que para una ciudad desconocida. En cualquiera de los casos, la forma más lógica y práctica de trazar una ruta es intentar avanzar desviándose lo menos posible del objetivo. Por eso, cuando viajas a París y quieres visitar la torre Eiffel, lo que haces es, una vez avistada, intentar avanzar manteniéndola siempre al frente….

… Bueno, claro, esto era así en el 'pasado', porque ahora todos contamos con la asistencia del Google Maps que te va dictando la mejor ruta. Que en el caso de los navegadores del móvil sí es la más corta, ya que aplican algoritmos que la calculan a partir de los mapas que almacenan en su memoria. Lo cual, por otro lado, permite realizar un pequeño experimento: escoge un punto de destino, traza la ruta mental que vas a seguir y luego compárala con la que planifica el navegador del móvil.

Un corolario a cuenta propia a partir de los resultados del referido estudio es que, aunque podríamos valernos de la tecnología para ir siempre por el camino más corto, no lo aplicamos porque eso nos obligaría a prestar atención al mapa o a las instrucciones que nos va dando el navegador; y ya nos va bien tirando por la calle de en medio y malgastando nuestras neuronas en wasapear compulsivamente mientras hacemos camino.

Bola extra: la investigación del MIT y la subsiguiente explicación brindan la excusa perfecta si se llega tarde a una cita: “El navegador me ha confundido”.

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