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Fosfina en Venus: ¿será la vida más resistente de lo que creíamos?

La fosfina, una enigmática molécula que en la Tierra está asociada a la vida, parece haber sido hallada en la atmósfera del planeta Venus, un mundo que hasta ahora creíamos yermo debido a su aplastante atmósfera y sus abrasadoras temperaturas, capaces de fundir el plomo. ¿Significa esto que la vida es más resistente de lo que creíamos? ¿Está Venus habitado?

Impresión artística de Venus, con un recuadro que muestra una representación de las moléculas de fosfina detectadas en las nubes altas.
Impresión artística de Venus, con un recuadro que muestra una representación de las moléculas de fosfina detectadas en las nubes altas.
ESO / M. KORNMESSER / L. CALÇADA

Definir qué es un gas biomarcador es fácil: es una sustancia que está presente en la atmósfera de un mundo (planeta o satélite) cuyo origen se debe exclusivamente a los seres vivos que habiten ese mundo. Definir qué gas es un buen candidato a biomarcador es mucho más difícil. En la Tierra el oxígeno se puede considerar un biomarcador, pues su presencia en la atmósfera se debe a la fotosíntesis. Pero es posible encontrar fuentes no biológicas que lo produzcan: el viento solar incidiendo sobre el hielo de un satélite helado como Europa puede romper la molécula de agua y formar pequeñas cantidades de oxígeno molecular (si bien no en la abundancia que encontramos en la Tierra). 

El metano también es otro candidato habitual a biomarcador, pues el Sol lo degrada y las bacterias terrestres lo reponen; pero existen otras fuentes adicionales de metano como el vulcanismo o la liberación de bolsas atrapadas en el subsuelo que hacen que la mera detección de metano no indique necesariamente la presencia de vida.

Desde hace tiempo se propone la fosfina (también llamada fosfano, PH₃) como un ‘sólido’ candidato a gas biomarcador para los planetas telúricos. Es un gas altamente reductor que se degrada rápidamente en las cortezas fuertemente oxidadas de los mundos rocosos. En la Tierra está siempre asociado con la presencia microbiana o la actividad humana. No hay fuentes naturales de este gas: cualquier bolsa que pudiera eventualmente haber quedado atrapada en el subsuelo sería degradada por el sustrato rocoso antes de emanar. Por ello el equipo liderado por la astrónoma Jane S. Graves decidió buscarlo en Venus, ya que al ser el planeta más cercano a la Tierra, los instrumentos podrían tener mayor sensibilidad a su presencia (de existir).

El equipo realizó varias observaciones en 2017 con el radiotelescopio James Clerk Maxwell en Hawái y nuevas observaciones de confirmación en 2019 con los radiotelescopios ALMA en Chile. El resultado, tras combinar ambos conjuntos de datos y publicado en la revista ‘Nature Astronomy’, fue la detección en las capas altas de la atmósfera de Venus de abundantes cantidades de fosfina. Esta conclusión ha sido recientemente cuestionada por otros investigadores que no han logrado reproducir los resultados, pero a su vez ha alterado el mundo científico por sus implicaciones astrobiológicas, de confirmarse.

Resulta además que esta región de la atmósfera de Venus es particularmente ‘cómoda’ para la vida tal y como la conocemos. No es la primera vez que se contempla la vida venusiana. Sagan y Morowitz ya teorizaron en 1967 sobre la posibilidad de vida aérea en las nubes de Venus, justo en la región donde se ha encontrado la fosfina, aunque ellos especulaban sobre vida macroscópica en forma de globos fotosintéticos. Más recientemente incluso se ha hablado (con menor acierto) de vida compleja en la superficie de Venus: el ruso Leonid Ksanfomalit, antiguo miembro del equipo de las Venera, reanalizando imágenes de estas sondas, creía ver en 2012 formas macroscópicas cambiando de posición de una fotografía a la siguiente. Lamentablemente para los entusiastas de los venusianos, en esta ocasión se trataba de un caso agudo de pareidolia (nuestra mente percibe como una forma reconocible cualquier cosa que veamos).

Es una tentación frecuente cuando no se conoce el origen de un fenómeno usar la hipótesis comodín de la vida (o incluso de la vida inteligente) como posible explicación alternativa

Una hipótesis comodín

Pero… ¿es la fosfina realmente un indicio de vida? Es una tentación frecuente cuando no se conoce el origen de un fenómeno usar la hipótesis comodín de la vida (o incluso de la vida inteligente) como posible explicación alternativa. Ha ocurrido en numerosas ocasiones en astronomía: los desconcertantes (y finalmente inexistentes) canales de Marte llevaron a proponer la existencia de ingenieros marcianos; la rítmica señal de los púlsares, una de cuyas primeras explicaciones fue que eran radiofaros de alguna civilización alienígena, resultaron ser un tipo exótico de estrella muerta; de las explosiones cósmicas conocidas como GRB (o estallidos de rayos gamma) se llegó a postular si serían accidentes industriales de alguna civilización sumamente avanzada (hoy está claro que son un fenómeno natural); más recientemente, también se ha especulado sobre un origen inteligente para los FRB (siglas en inglés de ráfagas rápidas de radio), un fenómeno cuya causa aún no está del todo clara y para el cual aún no se ha podido descartar un origen artificial (aunque todo apunta a lo contrario); o el exótico asteroide Oumuamua, procedente de allende el Sistema Solar, cuyo peculiar comportamiento llevó a especular si sería un fragmento de nave interestelar; sin olvidar la mediática estrella KIC8462852, para cuyos inexplicables (hasta el momento) y espectaculares bajones de brillo se recurrió entre otras explicaciones a… una esfera de Dyson en construcción en torno suyo (una hipotética megaestructura alienígena que envolvería por completo una estrella para aprovechar toda su energía).

Eso no quiere decir que un origen biológico sea necesariamente una hipótesis errónea para un fenómeno que aún no podemos explicar. Pero tenemos un largo historial de casos en los que la explicación correcta resultó ser una causa no biológica que aún no conocíamos. Por ello, que hoy por hoy no conozcamos cómo generar fosfina en un mundo rocoso sin recurrir a las bacterias o a la industria no quiere decir que no haya otras posibles fuentes no biológicas aún desconocidas. Para ser honestos, esta misma idea fue repetida varias veces por el propio equipo responsable del hallazgo durante la rueda de prensa que dieron el pasado 14 de septiembre. Así que tal vez sea un fantasma en los datos o tal vez estemos viendo una química desconocida no relacionada con vida (o tal vez sí).

Faltan datos

Esto es particularmente cierto para un mundo tan exótico como Venus, con una química tan poco estudiada. Sabemos mucho sobre la química basada en agua, a presiones y temperaturas confortables para nosotros, pues es la química que nos rodea; resulta más sencillo investigarla y por supuesto también más útil. Sobre qué tipos de química, de sustancias o reacciones se puedan dar en un solvente como el ácido sulfúrico, a las presiones y temperaturas extremas que se dan en Venus, o cómo reaccionan a la luz solar las microgotas de las nubes venusianas (algo que los propios autores apuntan en su artículo), en realidad sabemos más bien poco por motivos obvios. 

Para contestar a la pregunta de si hay realmente vida en Venus, necesitamos más información y mejores modelos del comportamiento del planeta, e incluso idealmente una misión que recogiera muestras de su atmósfera y las trajera de vuelta a la Tierra para su análisis. Simplemente, nos faltan datos.

La conclusión de que la fosfina puede ser un indicio de vida extraterrestre se vende muy bien; en general los artículos científicos que pueden relacionar de algún modo (incluso aunque sea de refilón) un descubrimiento con la posibilidad de vida extraterrestre tienen garantizada una buena cobertura por los medios de comunicación (y al mismo tiempo, un mayor impacto en la comunidad científica). Y, de hecho, en este caso no se puede descartar un origen biológico. Pero, hoy por hoy, concluir que, a partir de la mera presencia de fosfina en Venus, se infiera la presencia de vida, es una conclusión casi tan sólida como concluir que se han detectado indicios de industria en Venus.

Las habitables capas altas de Venus

Las regiones altas de la atmósfera de Venus sorprenden por su habitabilidad, sobre todo si la comparamos con las condiciones climatológicas habituales de Venus: la densa atmósfera de este planeta, compuesta sobre todo de dióxido de carbono con un elevado efecto invernadero, produce temperaturas en su superficie de más de 450°C y presiones atmosféricas 90 veces mayores que la terrestre. Pero a 55 km de altura encontramos unas condiciones casi idóneas, con una presión atmosférica de media atmósfera (la que, como referencia, hay en el campamento base del Everest) y una temperatura de unos confortables 25°C. Tiene también sus inconvenientes: en esa región abundan las nubes de corrosivo ácido sulfúrico y está sometida a poderosos vientos de 200 km/h.

Orígenes de la fosfina en la Tierra

La ruta para la generación de fosfina natural no está del todo clara, aunque se ha reportado su presencia en diversos hábitats microbianos, especialmente en entornos con poco oxígeno, lo que induce a creer que las bacterias anaeróbicas están detrás de este gas. Se cree que la fosfina que encontramos en la atmósfera en su mayor parte proviene de la reducción de los fosfatos presentes en los seres vivos cuando estos mueren y son descompuestos por los microorganismos. Pero la conversión de fosfato en fosfina es un proceso que consume una gran cantidad de energía, que el microorganismo debe suministrar y no queda clara la posible utilidad que tiene este proceso para el microbio, por lo cual es un tema aún debatido. 

Por otra parte, justamente el hecho de que sea un proceso que consume tanta energía es lo que impide la producción no biológica de fosfina a partir de fosfatos. La industria de hecho usa otras rutas distintas para fabricar fosfina, por ejemplo a partir de fósforo blanco (P₄, altamente inflamable) haciéndolo reaccionar con un hidróxido (de sodio o de potasio). Uno de sus principales usos es como pesticida.

Fernando J. Ballesteros Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia

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