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Sociedad

Tercer Milenio

500 años

Los ‘navegadores’ de la primera vuelta al mundo

En 1519 se ponía en marcha la expedición española comandada por el marino portugués Fernando de Magallanes y con Juan Sebastián Elcano como piloto de una de las naves, que finalmente culminaría con la primera circunnavegación terrestre. Una odisea que les llevó a enfrentarse con pasajes, mares y océanos hasta entonces desconocidos a través de los cuales consiguieron orientarse con el empleo de tres de los instrumentos científicos más importantes en la historia de la navegación oceánica: la brújula, el astrolabio y la ballestilla. Los ‘navegadores’ de aquel entonces.

Estrecho de Magallanes, descubierto por el marino portugués en su circunnavegación, en un mapa de 1606 trazado por Jodocus Hondius.
Estrecho de Magallanes, descubierto por el marino portugués en su circunnavegación, en un mapa de 1606 trazado por Jodocus Hondius.

En 2019 se conmemora el quinto centenario de la primera vuelta al mundo, a cargo de la expedición Magallanes-Elcano. Una circunnavegación que supuso el imprevisto y agónico desenlace de aquella travesía y que en el contexto histórico y científico de la época es –cuando menos– comparable a la conquista de la Luna por el Apolo XI.

Pongámosla en su contexto científico: en 1519 hacía poco más de 20 años que se había descubierto América y se había puesto pie a tierra en el suelo continental. Brasil acababa de ser descubierta. Y todavía no se había explorado el cono sur del continente, y mucho menos cartografiado. Además, tampoco se conocían las dimensiones verdaderas del planeta. De hecho, la estimación más aceptada, efectuada por Posidonio y recogida en el siglo II d.C. por Ptolomeo en su ‘Geografía’, fijaba la extensión del diámetro terrestre en 28.000 kilómetros, muy lejos de los 40.071 reales; lo que, a su vez, implicaba un océano Pacífico mucho más estrecho y, por tanto, ‘asequible’ para la expedición.

Por otro lado, el tránsito entre los siglos XV y XVI supone el inicio de la era de las grandes exploraciones y travesías marítimas. Las cartas portulanas –los mapas marítimos de la época–, que habían alcanzado su máximo desarrollo en los dos siglos pretéritos y que permitían navegar cerca de las costas y puertos conocidos, ya no bastaban. Y, de forma inevitable conforme se afrontaban expediciones de ultramar hacia lo desconocido, fueron sustituidas por una nueva forma de navegación, la astronómica, basada en determinar la ubicación de la nave estudiando la posición de los astros en el firmamento mediante el empleo de instrumentos científicos.

Para navegar en alta mar, los marineros necesitaban conocer la dirección en la que se desplazaban, algo para lo que contaban con la brújula; y también la latitud y la longitud a la que se encontraban. La latitud se podía determinar de forma suficientemente precisa gracias al empleo del astrolabio y/o la ballestilla. Sin embargo, la determinación de la longitud constituyó durante casi trescientos años el principal quebradero de cabeza para la navegación oceánica, ya que no se disponía de ningún método fiable para estimarla. Los instrumentos empleados para determinar la latitud por las estrellas no servían, ya que, a diferencia de lo que sucedía con la latitud, ni el aspecto del cielo nocturno ni la posición del sol en el mediodía, varían con la longitud. Una limitación que solo se superó a partir de mediados del siglo XVIII con la invención del cronómetro marino de Harrison –pero esa ya es otra historia–.

Así pues, la forma más habitual de encontrar la ruta al destino deseado (cuando era conocido) consistía en navegar en dirección Norte o Sur hasta la latitud deseada y, entonces, continuar en línea recta hacia Oriente o Poniente. Ese era también el plan inicial que contemplaba Magallanes: tras superar el continente americano por su extremo sur, remontar hacia el Norte hasta alcanzar la latitud de las Molucas y proseguir en línea recta hasta avistarlas. Y, para ejecutarlo con éxito, y como todos los marinos y barcos de la época, contaba con tres instrumentos: la brújula, el astrolabio y la ballestilla.

Así se utilizaba la ballestilla
Así se utilizaba la ballestilla

Tres instrumentos

Como todos los marinos y barcos de la época, para navegar, la expedición de Magallanes-Elcano contaba con tres instrumentos: la brújula, el astrolabio y la ballestilla.
  • Brújula La brújula o aguja magnética fue inventada en China, probablemente en torno al siglo II d.C. En un primer momento como instrumento para la geomancia o pronosticación. Cuando los estudiosos chinos comprendieron el comportamiento y propiedades de la magnetita surgieron las primeras brújulas ‘verdaderas’, entendidas como herramientas para la orientación. Consistían en pequeñas piedras imán o agujas magnetizadas suspendidas en el aire o en agua.
Las brújulas tradicionales, con la aguja girando en una carcasa, aparecieron en Italia (Amalfi) en el siglo XIV. Con su empleo, los marineros italianos por fin contaban con un instrumento que les permitía orientarse y alejarse de la costa propiciando el auge de la navegación comercial y el consecuente florecimiento de las ciudades estado italianas. Solo a finales del siglo XV se consigue superar la limitación de la variación magnética –la diferencia angular entre el polo norte geográfico y el magnético y que depende de la latitud–. Logro que marca el inicio de la era de las grandes travesías marítimas que condujeron al descubrimiento de nuevos territorios.
  • Astrolabio Imprescindible para la navegación oceánica desde el siglo XV y hasta la invención del sextante a mediados del XVIII. El origen de este instrumento se remonta a la Grecia clásica con el desarrollo de la trigonometría y su aplicación a los cálculos astronómicos. Pero no fue hasta su introducción en el mundo islámico, a mediados del siglo VIII, cuando alcanzó su aspecto definitivo.
El astrolabio (del griego ‘astro’, estrella y ‘labio’, buscador) puede entenderse como un compendio de gran parte de los conocimientos existentes en la época sobre astronomía, mecánica celeste, efemérides cronológicas y trigonometría. Todo ello condensado y reflejado en unos pocos elementos. El astrolabio era un instrumento tremendamente versátil, pues permitía calcular y estimar múltiples variables y datos. El inconveniente de esto es que su manejo resultaba muy complejo y poco intuitivo y exigía unos conocimientos y práctica solo al alcance de estudiosos en la materia.
En el siglo XVI, el matemático y astrónomo español Juan José de Rojas inventaba el astrolabio universal con proyección ortográfica, dividido por meridianos y paralelos. Una evolución del astrolabio clásico que superaba a este, al poder emplearse en cualquier ubicación. Eso sí, a expensas de aumentar aún más la complejidad de cálculos y manejo.
  • Ballestilla No está claro cuándo surgió la ballestilla. La versión más extendida refiere que fue inventada por el estudioso judío Levi ben Gershon (1288-1344), también conocido como Gersonides, en los albores del siglo XIV. No obstante, algunas fuentes señalan que se trataría de un antiquísimo instrumento ideado por los astrónomos caldeos en el siglo V a.C. y que Gersonides la habría introducido en Europa.
Sea como fuere, originalmente se empleó con fines astronómicos para realizar mediciones de la distancia angular entre dos objetos celestes. Su uso como herramienta para la navegación en alta mar no se contempló hasta 1514, cuando Johann Werner propuso aplicarla para calcular de un modo más sencillo la latitud.
Su nombre alude tanto a su forma como a la postura que se adoptaba en el momento de efectuar la medición. Presentaba un diseño muy básico: consistía en un travesaño o guía en el que se encajaba perpendicularmente otro travesaño o arco de menor tamaño y que se podía desplazar adelante y atrás a lo largo del primero. La ballestilla se disponía entonces delante del ojo y se ajustaba la posición del arco móvil de tal modo que el extremo superior apuntase al cuerpo celeste y el inferior se apoyase en el horizonte, momento en el que se leía el ángulo en la escala del travesaño guía. Determinada la altura angular, se acudía a las tablas astronómicas o de efemérides que compilaban la latitud en función de dicho parámetro para cada día.
Si bien resultaba especialmente apropiada para su uso en las naves debido a su fácil e intuitivo manejo, lo cierto es que la ballestilla distaba mucho de ser perfecta. Su principal limitación residía en la dificultad de ajustar dos puntos distantes de forma simultánea con un solo ojo y, en consecuencia, la poca precisión de las medidas.

La expedición

El 10 de agosto de 1519 la expedición comandada por el marino portugués Fernando de Magallanes, al frente de 5 naves y 265 hombres, partía de Sevilla; un mes después saldrían al océano desde el puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda con el ambicioso objetivo de alcanzar las Molucas, las preciadas Islas de las Especias, navegando hacia Occidente –surcando el ignoto Pacífico tras superar América–, antes de que los portugueses hiciesen lo propio a través el Índico. La misión partió con destino a Brasil y, desde allí, hacia el Sur hasta descubrir la entrada del estrecho que hoy lleva su nombre y que conseguía cruzar para acceder al Pacífico. Llevaban más de un año de travesía. Remontaron la costa chilena y luego viraron al Noroeste para cruzar el océano. En marzo de 1521 alcanzaban las Filipinas, donde moriría Magallanes. Con el piloto Juan Sebastián Elcano al mando, la expedición navegó en dirección Oeste por el Índico hasta alcanzar las Molucas. Aunque el plan original era retornar a través el Pacífico en un viaje de ida y vuelta por la misma ruta, optaron por navegar hacia el Oeste, aunque eso supusiese penetrar en aguas bajo dominio portugués y vulnerar lo acordado en el Tratado de Tordesillas. En diciembre, Elcano partía al frente de la nao Victoria, cruzaba el Índico en dirección Sudoeste, superaba el cabo de Buena Esperanza, llegaba al Atlántico y remontaba la costa africana. Finalmente, el 6 de septiembre de 1522, tras tres años de travesía, los 18 supervivientes, todos ellos enfermos, arribaban de nuevo a Sanlúcar de Barrameda.

Mapa de la primera circunnavegación del mundo, por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, de 1519 a 1522.
Mapa de la primera circunnavegación del mundo, por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, de 1519 a 1522.
Sémhur / Armando-Martin

La vuelta al mundo de Magallanes y Elcano trajo consigo una serie de consecuencias. En primer lugar marcó el inicio de una guerra abierta, que se iba a prolongar por años, entre españoles y portugueses en los archipiélagos orientales. Pero también aportó una gran información geográfica: demostró que la Tierra era esférica, proporcionó datos mucho más precisos sobre las dimensiones del orbe y la extensión del océano Pacífico; e información sobre la situación de los archipiélagos del sudeste asiático, así como sus riquezas. Información que motivó que España pusiese el foco en las Filipinas, un archipiélago al que aún no habían accedido los portugueses y que además quedaba dentro de su ámbito de control.

The Ocean Mapping Expedition

Una de las múltiples iniciativas llevadas a cabo para conmemorar el quinto centenario de la circunnavegación del planeta ha sido la Ocean Mapping Expedition: una vuelta al mundo siguiendo los pasos de Magallanes y Elcano a bordo del velero suizo Fleur de Passion para contribuir a una mejor comprensión del impacto del ser humano sobre los océanos y una mayor concienciación del desarrollo sostenible.

El pasado 5 de septiembre la expedición completaba su periplo tras amarrar en el muelle de las Delicias sevillano, el mismo del que había partido el 13 de abril de 2015. Cuatro años y medio de viaje y más de 76.000 km recorridos durante los cuales los científicos e investigadores de diversas instituciones académicas suizas y de otros países embarcados llevaron a cabo diferentes programas: la cartografía de la contaminación por meso y microplásticos y sonora de los océanos; el monitoreo de los niveles de gases invernadero en la superficie del océano; y la observación del estado de salud y blanqueamiento de los arrecifes de coral. Con ello, asimismo, han conseguido evidenciar lo que la navegación clásica, en un velero –mucho más silencioso, lento y no contaminante– puede aportar al conocimiento científico.

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