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Sociedad

Tercer Milenio

La vida de las piedras

Fósiles: testigos de la historia

Para el ojo atento no es difícil distinguir entre ciertas rocas sedimentarias la marca de la vida. Los fósiles constituyen una foto, a veces muy precisa, de los ecosistemas del pasado. Miles de seres vivos convertidos en roca que a su manera nos cuentan los detalles del mundo que conocieron. Los paleontólogos traducen sus mensajes para facilitarnos un viaje en el tiempo y en el espacio.

Ostreidos y foraminíferos en una arenisca del Pirineo
Ostreidos y foraminíferos en una arenisca del Pirineo
Ánchel Belmonte Ribas

Los fósiles son restos de seres vivos del pasado. Generalmente se trata de partes duras, resistentes a la descomposición, de organismos ya extinguidos y que se han preservado entre sedimentos. Pero fósil también puede ser el registro de la actividad vital. Huellas, huevos, conductos por los que circularon o incluso excrementos son parte de las evidencias de la vida pretérita que albergan algunas rocas.

La aparente abundancia de fósiles es engañosa. No es fácil que un ser vivo fosilice y, de hecho, sólo una mínima parte de la vida que ha paseado por nuestro planeta lo ha conseguido. Los restos deben eludir la descomposición o el consumo por otros seres. Un rápido enterramiento por sedimentos ayuda en la tarea. Bajo el peso de más sedimentos, el proceso de transformación de estos en roca conlleva una serie de sutiles cambios químicos que convierten la materia orgánica en materia mineral. Aunque tras el milagro de la vida se consume el milagro de la fosilización, no todo está ganado. Encontrar un fósil supone que este aflore en la superficie terrestre y que sobreviva a un proceso tan implacable como la muerte: la erosión. Sin mostrar mucho respeto por el periplo que lleva a sus espaldas, la posibilidad de que un fósil sea deteriorado o eliminado por la erosión es muy alta, especialmente en determinados ambientes.

Necesariamente, y visto lo visto, si hay algo que caracteriza al registro fósil es que es fragmentario, incompleto. Pero eso no arredra a los paleontólogos. Los fósiles, esa sucesión de retales de vida, son de la máxima utilidad para la ciencia y el conjunto del conocimiento que el hombre ha sido capaz de destilar del planeta.

Sus aplicaciones son muy numerosas. Sirven para datar las rocas, especialmente aquellos catalogados como fósiles guía (de amplia dispersión geográfica pero corta distribución en el tiempo geológico). Las compañías petrolíferas utilizan microfósiles para correlacionar testigos en sedimentos marinos en busca de yacimientos de combustibles… fósiles. Los foraminíferos son paleotermómetros capaces de darnos las temperaturas del mar en el pasado, lo que es de inmensa ayuda en los estudios sobre los cambios climáticos. Y, sin lugar a dudas, los fósiles son la base de una de las más grandes aportaciones al conocimiento de la vida: la evolución. Durante el siglo XIX, la publicación de las ideas de Charles Darwin unida a la nueva concepción del tiempo geológico, constituyeron el marco que impulsó a la paleontología como una disciplina clave para entender los procesos evolutivos. Cada especie descubierta se convertía en una pieza del sobrecogedor rompecabezas de la vida en la Tierra. Y distamos mucho de haberlo completado.

De alguna manera, los paleontólogos son capaces de devolver a la vida la dispar variedad de seres que ha habitado la Tierra y reconstruir sus ecosistemas, pero para ello es necesario trabajar desde el propio yacimiento. En Aragón los fósiles están amparados por la Ley del Patrimonio Cultural Aragonés y su recolección sin autorización no está permitida. Comunicar un hallazgo a las autoridades pertinentes o a quienes trabajan en su investigación, es una manera de sumarnos a la búsqueda de las respuestas que los fósiles nos susurran. Incontables sorpresas siguen esperando ver la luz entre estratos, pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la UNESCO Sobrarbe-Pirineos

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