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Marta Peirano: "Con Facebook o Twitter nos convertimos en activistas de sofá"

Experta en tecnología y seguridad en la red, Peirano (Madrid, 1975) ha presentado en Zaragoza su último libro, ‘El enemigo conoce el sistema’

Marta Peirano, en Etopia (Zaragoza)
Marta Peirano, en Etopia (Zaragoza)
Raquel Labodía

¿Qué le lleva a escribir el libro?

En los últimos años he notado que las infraestructuras tecnológicas se han ido separando cada vez más de la interfaz que nos relaciona con esas infraestructuras, de la capa de lenguaje. Ahora, cada vez que la gente habla sobre internet lo hace sobre las metáforas de internet. Esa separación entre la infraestructura real y la idea de cómo funcionan las tecnologías ha sido deliberada: es una opacidad que resulta muy conveniente a las empresas que controlan las infraestructuras.

Ese ideal de internet como el fin de las “jerarquías”, los “enchufes” y los “burócratas”, el ideal del “poder horizontal”, según menciona en el libro, se ha ido por el desagüe, si es que alguna vez existió.

La cumbre de ese concepto es la Primavera Árabe: en Túnez o Egipto hablaban de Twitter o Facebook como las herramientas que les ayudarían a romper con los regímenes autoritarios. En el libro quiero explicar que esto no puede ser posible porque son herramientas centralizadas, operadas en connivencia con gobiernos que no han demostrado ningún tipo de respeto por los derechos civiles.

¿No era pedir demasiado a Facebook o Twitter que fueran a cambiar esos regímenes?

Pero el problema no son Facebook o Twitter, que son plataformas publicitarias con un modelo de negocio completamente distinto al que dicen que es.

Dicho de otro modo: ¿fracasa la revolución árabe porque Facebook o Twitter sean herramientas publicitarias?

No, pero cuando Facebook se utilizó como una herramienta de la revolución lo que vendió fue una falsa revolución. Y en el proceso se convirtió en el intermediario de todas las revoluciones: ahora toda la actividad política sucede en Facebook. Y es más, Facebook es la herramienta fundamental de la campaña política ‘online’ de todos los grandes partidos.

"Cuando Facebook se utilizó como una herramienta de la revolución lo que
vendió fue una falsa revolución"

En este ámbito, ¿no hemos sobredimensionado la importancia de las ‘fake news’ de Facebook en campañas como la de Donald Trump? Hay estudios que van en esa dirección.

Una de las cosas que hemos aprendido de la industria y del tabaco y del petróleo es que siempre hay informes que contradicen a los informes generales. Siempre hay informes que dicen que el cambio climático no existe o que el tabaco no da cáncer. Eso no quiere decir que sea real. No son honestos.

Pero con el cambio climático hay un consenso casi unánime.

Esta pregunta que me acaba de hacer es la clásica que hacen cuando hablan de cambio climático: y ¿no es verdad que hay informes que lo contradicen?

Insisto, en el cambio climático hablamos de una legión de estudios que lo corroboran.

Igual no se ha leído mi libro…

Sí, sí que lo he hecho.

Entonces sabrá que yo utilizo la campaña de 2016 precisamente porque es de la que más sabemos. El Senado de Estados Unidos pidió un informe específico sobre todas las actividades que habían tenido lugar durante la campaña en relación con la influencia rusa. Esto se une a que los incentivos económicos de Facebook interesaron a gente sin vínculos con los rusos o con Donald Trump, como dos docenas de chavales en Macedonia que descubrieron que podían hacer dinero inventando cosas sobre Hillary Clinton; ¡cosas que en un momento se convirtieron en la información más leída de internet! Y eso confluyó con la propia campaña de Trump, que estaba utilizando a Cambridge Analytica y otras empresas similares para influir. Fueron varias operaciones al mismo tiempo, una tormenta perfecta. Además, gran parte de la desinformación no eran mentiras acerca de un candidato, sino sobre el protocolo mismo del voto: enviar a gente a votar a sitios donde no podían votar o decirle a la gente que votara en horas o días que no eran los correctos.

En el libro destaca precisamente algo: "Millones de personas acceden a internet a través de las redes sociales porque no pueden pagar una tarifa de datos". De forma que todo lo que leen les llega filtrado por el algoritmo de Facebook.

Exacto. Ya el hecho de que no tengas acceso a internet pero sí a Facebook te hace especialmente vulnerable. Porque si yo te digo que tienes que votar en el colegio ‘x’ el día ‘x’ y ese dato es deliberadamente erróneo, tú no tienes manera de comprobarlo. Mucha gente pobre dejó de votar porque intentó votar en el colegio que no era.

¿De cuánta gente hablamos? ¿Está cuantificado ese fenómeno?

No. Pero sí está tipificada la estrategia, que después se repitió en otra campaña bastante vigilada, que fue la de Jair Bolsonaro en Brasil. Allí, una de las cosas más compartidas en Whatsapp fue una foto en la que salía la imagen de Lula, que no se presentaba porque está en la cárcel pero que es muy conocida en los pueblos indígenas, por ejemplo, acompañada por el número 17, que era el número de Bolsonaro -en Brasil votas por números-. Y mucha gente votó a Bolsonaro pensando que votaba a Lula.

Considera que el profeta actual no es Orwell con su '1984', sino Huxley con 'Un mundo feliz' y "nuestra hambre infinita de satisfacción inmediata". ¿Por qué?

Estamos intelectualmente preparados para identificar una amenaza de autoritarismo muy específica, vinculada a la violencia del Estado: a que llega la Policía a tu casa y te pega, por ejemplo. Pero al utilizar estas herramientas para hacer la revolución nos hemos convertido en activistas de sofá, y además dejamos un registro permanente de nuestra actividad y nuestros círculos. Lo decía el propio Morozov: mientras en la primavera árabe estaban con Facebook y Twitter como herramientas de la revolución, los militares registraban quién le daba ‘like’.

"Hay un régimen autoritario, aunque
no se manifiesta por medio de la violencia,
sino a través de la adicción"

Y a esto se uniría la adicción que crean.

Son herramientas diseñadas para generar el mayor ‘engagement’ posible y, por tanto, para generar adicción. Somos tan adictos a ellas que hemos integrado sus características: superficialidad, viralidad, etc. En realidad hay un régimen autoritario, aunque no se manifiesta por medio de la violencia, sino a través de la adicción: series de televisión, noticias, videojuegos…

Aparentemente, nuestra preocupación como ciudadanos por la protección de datos es mínima. ¿Debería preocuparnos más?

Sí. Es de nuevo como la preocupación por que fumar da cáncer o por el cambio climático. La amenaza es tan abstracta y lejana que no puede competir con la satisfacción inmediata y presente de utilizar la aplicación. Y juegan con eso. ¿Cuándo hemos dejado de fumar? Cuando lo han prohibido en las oficinas o en los espacios público.

Google acaba de admitir que escucha el 0,2% de las conversaciones de su asistente virtual. ¿Usted se compraría un dispositivo así?

No. Pero no porque piense que me está espiando, porque yo tengo un Android en el bolso que va conmigo a todas partes, sino porque cuando pones un aparato en tu casa espías todo lo que pasa a su alrededor. Sabe quién tienes a tu alrededor, quién sale y entra en tu portal, quién pasa por delante de tu calle...

Esta es la época de la vigilancia. Y uno se pregunta: si no he hecho nada malo, ¿por qué debo preocuparme? Pero en el libro cita que se pueden investigar hasta infidelidades.

Me gusta que ponga ese ejemplo porque es lo clásico que dice un marido violento o posesivo: pero si no vas a hacer nada, ¿por qué te importa que te ponga un software de vigilancia en el móvil? ¿Qué más te da que sepa con quién estás, por dónde te mueves o qué llevas puesto si no tienes nada que ocultar? Es un argumento típico de los regímenes autoritarios.

La industria alimentaria con el consumo compulsivo, los colosos de internet, la hipervigilancia... ¿No es un poco fatigoso eso de estar pensando continuamente en conspiraciones?

Es mucho más cómodo y relajado entregarse, pero yo soy periodista y considero que mi obligación profesional es informar. Si has leído el libro sabrás que no me invento nada: hablo de investigaciones oficiales con resultados demostrables. La mayor parte del tiempo, basados en ejercicios de ingeniería inversa, porque estamos hablamos de plataformas en las que no se puede entrar, ni los mismos gobiernos; de algoritmos que operan en la más completa oscuridad. Mi obligación es informar; luego tú puedes entregarte a la suavidad… Pero por eso es ‘Un mundo feliz’ y no ‘1984’; porque ‘1984’ ejerce la violencia, mientras que ‘Un mundo feliz’... te hace más feliz.

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