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Tercer Milenio

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Ibones, ecosistemas frágiles y aislados

Fueron testigos de la última glaciación y hoy son laboratorios naturales. Los ibones, o lagos de circo glaciar, presentan unas características físico-químicas y ambientales que facilitan investigar con detalle el cambio global y, en particular, la contaminación que llega por vía atmosférica local y recorriendo grandes distancias. Los sedimentos que los ibones atesoran en sus profundidades ayudan a reconstruir la evolución climática de los Pirineos desde la última glaciación.

Ibón de Truchas en invierno
Ibón de Truchas en invierno
Alfonso Pardo

¿Cuándo se formaron los ibones?

Durante las glaciaciones del Pleistoceno –hace entre 1,8 millones de años y 10.000 años–, la presión ejercida por las masas de hielo al discurrir sobre el terreno produjo cubetas de sobreexcavación glaciar. Con el retroceso de los glaciares, estas depresiones se transformaron en áreas lacustres receptoras de aguas de deshielo y se formaron pequeños lagos: los ibones.

¿A qué altitud los encontramos?

Los ibones se encuentran situados en los circos glaciares o en sus valles de salida, en altitudes superiores a 1.700 m, a diferencia de otros tipos de lagos glaciares, como los morrénicos. Su altitud y la abrupta orografía del terreno producen pequeñas cuencas con pronunciadas pendientes que favorecen su aislamiento ecológico.

¿Está muy fría el agua de un ibón?

En invierno, bajo la capa de hielo el agua aumenta de temperatura con la profundidad. Las aguas más densas, a 4°C, caen al fondo, mientras las aguas frías y menos densas ascienden a la superficie, congelándose y formando la banquisa invernal. Esta estratificación térmica inversa es una seña distintiva de los ibones. El agua que almacenan proviene de la precipitación y del deshielo, lo que condiciona su transparencia y dilución. La carestía de nutrientes y sales disueltas, junto con las extremas condiciones ambientales, limita el crecimiento de organismos autótrofos (algas y bacterias), fuente de alimento de otros seres vivos. Con una cadena trófica tan simple y sensible a los impactos ambientales, los ibones son unos de los ecosistemas acuáticos más frágiles que conocemos.

¿Las características físico-químicas y ambientales de los ibones facilitan la investigación?

En sus diluidas masas de agua es posible detectar mínimas concentraciones de contaminantes cuya presencia quedaría enmascarada en otras masas de agua. Su localización en ambientes fríos de montaña de latitudes medias y altas hace que sean lugares adecuados para estudiar cómo se desplazan por el aire los contaminantes orgánicos persistentes. Así, se ve cómo las repetidas emisiones en zonas cálidas y las precipitaciones en ambientes fríos causan el llamado ‘efecto saltamontes’: los contaminantes se acumulan en altas latitudes a nivel global o en lo alto de las montañas a nivel local. Así acabaron en el ibón de Sabocos isómeros de lindano (HCH) de los vertederos de Sabiñánigo, a 30 km de distancia.

Como cada ibón es un ecosistema prácticamente aislado, se observan bien las relaciones entre las poblaciones de organismos, sus respuestas a los cambios medioambientales, así como la influencia que la actividad humana ejerce sobre él. Y al ser los ibones el nacimiento de muchos ríos, su estudio es imprescindible para entender con detalle el ciclo del agua y el uso o abuso que hacemos de nuestras cuencas hidrográficas.

¿Cuántos ibones hay en Aragón?

En la provincia de Huesca hay 197 ibones inventariados por la Confederación Hidrográfica del Ebro con una extensión igual o superior a media hectárea. Pero este número puede elevarse hasta 245 si se consideran los lagos glaciares de hasta las 0,2 hectáreas de extensión.

¿Hay peces en los ibones?

Desde hace siglos, los ibones han favorecido la supervivencia de los seres humanos en la alta montaña. Han sido los principales reservas de agua para las poblaciones montañesas y su ganado y, más recientemente, fuentes de energía hidroeléctrica. Además, algunos han funcionado como piscifactorías naturales: para asegurarse la pesca, los pescadores introducían en ellos peces que, sin depredadores naturales, medraban a costa de la fauna natural, desequilibrando el ecosistema. Por eso, a diferencia de otras masas de agua, la presencia de peces en los ibones es síntoma de intervención humana.

¿La desaparición de los ibones ayuda a reconstruir el clima del pasado?

El número de ibones ha ido disminuyendo durante los últimos 10.000 años. Su mengua se debe a las altas tasas de erosión y transporte de sedimentos en la alta montaña hasta su deposición en cuencas, entre ellas los ibones. Si el tiempo de residencia del agua en el ibón es largo, buena parte de este sedimento precipita al fondo del lago, formando finas láminas estacionales denominadas varvas. Año tras año, este proceso termina por colmatar el ibón, que se transforma en una turbera y, finalmente, en un prado de alta montaña. Pero estas varvas contienen información ambiental (polen, diatomeas, isótopos estables, metales y otras partículas minerales) que ayuda a reconstruir la evolución climática de los Pirineos desde la última glaciación.

Así se estudia un ibón
Acceder a lugares remotos con gran cantidad de equipo científico, bucear bajo una capa de hielo de más de medio metro de espesor, poca visibilidad bajo el agua, hipotermia... Las condiciones del trabajo de campo en las aguas pirenaicas son duras. Así se refleja en el documental ‘Montañas de agua’, que muestra por primera vez imágenes subacuáticas de estos ecosistemas y es fruto del II Taller de guion y producción de documental científico de la UZ, financiado por Fecyt. Investigar el impacto humano en los ibones requiere una aproximación multidisciplinar: química, geológica y ambiental.

Alfonso Pardo, Carlos Rodríguez, Tomás Arruebo, Zoe Santolaria, José Urieta, José María Matesanz y Javier Lanaja Pioneros en la investigación medio ambiental de los ibones del Pirineo oscense

En colaboración con la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Zaragoza

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