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OPINIÓNACTUALIZADA 27/06/2018 A LAS 12:54
El respeto a la palabra dada no se aplica a la vida política.
El respeto a la palabra dada no se aplica a la vida política.

Unamuno describió en su día a los hombres de palabra como aquellos que, una vez han hablado, piensan y, después, cumplen. Son consecuentes con su propio decir. E incluso iba más allá, consideraba que jamás se arrepienten, pues si toman una decisión ya no vuelven sobre ella. En cierta forma, es equivalente a la vieja tradición montañesa que viví en mi infancia. Entonces, asistí sorprendido a acuerdos y transacciones que solo se sostenían con la palabra dada entre las partes. Cuando se pactaba no hacían falta papeles ni firmas. No se necesitaban notarios ni fedatarios públicos de ningún tipo. Cada quien sabía qué se había dicho y cuáles eran las consecuencias. Por eso, se tenía mucho cuidado con lo que se prometía. Los compromisos y las palabras se acompañaban mutuamente. Esa también es la esencia del ‘dictum’: «Pacta sunt servanda», bien conocida en nuestro país, en Aragón.

Los pactos obligan, están para ser cumplidos. Los pactos -que, como mínimo, requieren de dos- tienen fuerza de ley. Este principio tiene un carácter axiomático. Al mismo tiempo, es el fundamento del sistema jurídico y de la propia vida social; porque es algo que va más allá de las relaciones entre personas. Afecta a la vida política de forma radical. Hemos construido este sistema social sobre la base del ejercicio de la voluntad y de la libertad para actuar. Cada quien puede decir y hacer lo que quiera, siempre que sea dentro de los límites que trazan las leyes generales. Y en ese querer los pactos/contratos entre sujetos adquieren el rango de norma. Mientras no esté prohibido, está permitido. Sin una prohibición expresa, todo vale. Es una manera de autorregular la vida social donde somos cada una y cada uno de nosotros quienes edificamos con nuestra conducta los pilares de la sociedad. Al dar la palabra, al decir y proponer un futuro, uno se compromete con lo que dice. Se compromete consigo mismo.

Sin embargo, este valor esencial de la palabra y de las promesas lleva un tiempo discurriendo por otros derroteros. Si los acuerdos no se firman, si no se ponen en un papel y se registran, no valen. Hoy, más que nunca, las palabras se las lleva el viento. Se juega a olvidar y a obviar los compromisos. La memoria se hace cada vez más corta, por no decir inexistente, especialmente entre quienes asumen puestos de poder. El colmo de esta degeneración se constata entre las clases dirigentes, pero quizá siempre haya sido así. Quizá, como decía Maquiavelo, «es menester que tenga el ánimo dispuesto a volverse según que los vientos de la fortuna y las variaciones de la cosas se lo exijan y,[…] a no apartarse del bien, mientras pueda, sino a saber entrar en el mal cuando hay necesidad». Es decir, que si hace falta, todo vale para conservar el poder, para gobernar.

Y siguiendo con su argumento un dirigente, un jefe, un político, «un príncipe, pues, debe tener gran cuidado de que nunca le salga de la boca una cosa que no esté llena de las cinco mencionadas cualidades, y de que parezca, al verle y al oírle, todo bondad, todo buena fe, todo integridad, todo humanidad, todo religión». La mentira solo es un instrumento más al servicio poder. Y cuanto más mediocre es el jefecillo, con más rapidez hace suyo el dicho aquel «de sabios es rectificar». Cuando un líder convence a su grupo de que su mandato es por cuatro años, a partir del día 1461 no debe seguir liderando ni sirviendo como gestor. Cuando un político consiguió ganar la votación sosteniendo unas ideas, tiempo ha de faltar para llevarlas a la práctica. Aunque, como bien señaló Max Weber, una cosa es la ética de los principios, que se postula desde fuera del gobierno, otra bien distinta la de la responsabilidad, que se ha de ejercer cuando se gobierna. Más de uno sostiene que esa distancia no es resultado de la falta de consistencia, sino de los propios límites de la vida. La racionalidad política dominante ha hecho de la palabra un instrumento volátil a su servicio. Se dice lo que sea menester con tal de seguir el máximo tiempo posible al mando. Su hablar es un ejercicio de manipulación.

Mantener lo dicho es una costumbre inútil y torpe, o un reproche: «En el error, pero firme». Somos presos de nuestras contradicciones y esclavos de esos a quienes no recordamos sus promesas.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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