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Sociedad

¿Eres de los que gritan y pierden los nervios con sus hijos?

Gritando a nuestros hijos por su mal comportamiento no solucionamos nada. Los gritos convierten a los niños en ‘sordos’ porque se acostumbran a ellos.

Como padres, debemos acostumbrarnos a evitar los enfrentamientos innecesarios con nuestros hijos.
Como padres, debemos acostumbrarnos a evitar los enfrentamientos innecesarios con nuestros hijos.
Pixabay

Trabajo y más trabajo, problemas, preocupaciones, la familia... llevamos un ritmo de vida tan frenético que el estrés se revela inevitable. Y esto no es lo peor. “Lo peor es que, en muchas ocasiones y por supuesto sin querer, ese estrés se lo estamos transmitiendo a nuestros hijos”, afirma Camino Felices Caudevilla, psicopedagoga y Máster en Intervención en Dificultades del Aprendizaje. Y si además los niños son movidos… no cale hablar más: la paciencia se nos agota. “No existen recetas mágicas -añade Camino- pero sí podemos dar unas pautas para tratar de adecuar su comportamiento a nuestras expectativas”. Pero hay que tener en cuenta, tal y como apunta la psicopedagoga, que todos somos diferentes y a cada uno nos funcionan cosas distintas con los hijos, por eso, estas pautas deben adaptarse a ellos y a nuestro entorno y manera de entender la educación.

Aceptarles tal y como son. A los hijos hay que aceptarlos como son, sin culparnos de su mal comportamiento. Lo mejor es evitar los enfrentamientos innecesarios; como padres, sabemos perfectamente cuando van a ‘estallar’ y es en esos momentos cuando tenemos que ser más flexibles y pacientes. Podemos distraerlos con otra actividad, proponerles alternativas a su mala conducta o salir al parque, donde puedan correr y desahogarse. Educar en positivo. Reforzar el proceso es más efectivo que valorar el resultado final. Nunca hay que exigirles aquello que sabemos que no van a poder cumplir y debemos establecer unas expectativas realistas con respecto a ellos. Y, por supuesto, recurrir al castigo lo menos posible: es más efectiva la reparación del daño que el castigo en sí. Seamos rutinarios y organizados. Esto les dará seguridad al conocer de antemano lo que va a suceder y cómo se tienen que comportar en cada situación. Conviene anticiparse a sus necesidades, adelantar el reloj 15 minutos, para no llegar siempre tarde a los sitios, presentarles las novedades poco a poco y usar una agenda o una pizarra con dibujos para apuntar sus actividades semanales. Utilizar el juego. Los niños tienen que comportarse como tal y es a través del juego como aprenden a relacionarse con el entorno. Debemos guiar su juego para que terminen uno antes de empezar otro y potenciar los juegos de movimiento combinados con otros más tranquilos: leer cuentos, hacer meditación infantil, que nos ayuden en las tareas del hogar... Es mejor evitar los sitios muy ruidosos y con luces estridentes, y, a partir de las ocho de la tarde, nada de videojuegos, ordenadores o televisión, que dificultan llegar al estado de calma necesario para dormir. Hablarles siempre con respeto. Antes de decir algo, debemos pararnos a pensar si les diríamos eso mismo a nuestra pareja o a nuestros padres. La mayoría de las personas, cuando se sienten atacadas, se llenan de ira y responden con malas conductas. Si el niño se siente atacado nos retará y desobedecerá todavía más. ¡Fuera etiquetas! Hay que evitar las etiquetas: «Eres …», «no tienes vergüenza…», «siempre igual…», etc. Es preferible valorar la conducta concreta y en el momento en que ocurre que generalizar ese comportamiento a todos los ámbitos de su vida. Si les dejamos que expliquen por qué han actuado de esa manera, a lo mejor podemos negociar la consecuencias de ese acto. ¿Gritos?, ¿para qué? Los gritos no nos llevan a ningún lugar y convierten a los niños en ‘sordos’ porque se acostumbran a ellos. Además, hay que tener en cuenta que no les ayudan a gestionar las emociones, les asustan, se alejan de nosotros cada vez más, les baja la autoestima y sienten que nunca están a la altura de nuestras expectativas. Prohibido ‘estallar’. Y, cuando estemos a punto de hacerlo: parar, respirar y pensar. Así, podremos ver la situación desde lejos, evitando decisiones precipitadas, lo que nos ayudará a encontrar soluciones sin centrarnos exclusivamente en el problema. Cariño incondicional. Hemos de mostrarles con palabras y gestos nuestro cariño incondicional. Necesitan saber que siempre estaremos ahí pase lo que pase, que les apoyamos y valoramos, pues nuestro cariño no está condicionado por su comportamiento.

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