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Tercer Milenio

La vacunación, una cuestión de ciencia

Varios casos de meningitis en niños y de enfermedad meningocócica en adultos no vacunados hacen necesario recordar la importancia de las vacunas. ¿Cómo nos protegen?

Vacunación de un bebé
Vacunación de un bebé
Heraldo

En las últimas semanas, distintos casos de meningitis en niños y de enfermedad meningocócica en adultos no vacunados han vuelto a poner de manifiesto la necesidad de concienciar a la población de la importancia de las vacunas, frente a los discursos acientíficos que las ponen en tela de juicio. A lo largo de los dos últimos siglos, las vacunas han permitido reducir drásticamente la mortalidad producida por enfermedades infecciosas, e incluso eliminar prácticamente algunas de ellas. Por ello, es importante conocer cómo funcionan, cómo nos protegen, para así rebatir con argumentos los discursos antivacunas, que podrían contribuir a reavivar enfermedades que desde hace tiempo forman parte del pasado.

Hagamos la prueba de pronunciar la palabra ‘viruela’ delante de un milenial, un miembro de la generación Y, que acabe de tener hijos. Probablemente para él o para ella esta palabra no signifique nada o, a lo sumo, encuentre que tiene una resonancia arcaica, pero en ninguno de los casos la considerará como una amenaza real para la salud de sus hijos. Ello se debe a que los integrantes de esta generación, nacidos a partir de la década de los ochenta, raramente la habrán oído nombrar. La viruela, infección causada por un virus y que, en tiempos no tan pretéritos, se llevaba consigo a más de un tercio de sus víctimas, fue erradicada de la faz de la tierra en 1979. De hecho, es la única enfermedad infecciosa humana que ostenta este título. Otras han podido ser eliminadas por completo de algunos continentes o amplias regiones, como es el caso de la poliomielitis: en 1994 lo fue del continente americano, en 2002 de Europa y, en 2014, del sudeste asiático. En la actualidad, el 80 por ciento de la población del mundo vive en regiones libres de polio. Y todo ello gracias a las vacunas y a las campañas nacionales e internacionales de inmunización.

La inmunidad adquirida, el origen de las vacunas

Nuestro cuerpo tiene la capacidad de defenderse de los patógenos (virus, bacterias, hongos y otros microorganismos): es lo que conocemos como inmunidad. Y parte de esta es adaptativa o adquirida; es decir, que cuando se encuentra con el patógeno o con alguna parte de él (antígeno) lo reconoce como un elemento extraño a nuestro cuerpo, participa en su eliminación y, además, genera una memoria inmunitaria, que proporcionará una respuesta mejorada para encuentros futuros con el mismo patógeno. Para algunas enfermedades, como el sarampión o la varicela, haber sufrido la enfermedad, por lo general, confiere inmunidad de por vida.

Las vacunas se basan en los procesos de inmunidad adquirida, y son una forma de hacernos inmunes de manera artificial a las enfermedades infecciosas. Tanto una primera exposición de manera natural al patógeno como la inmunización mediante vacunas son ejemplos de inmunidad activa, en los que nuestro sistema inmune trabaja para producir anticuerpos y activar determinadas células que harán frente a sucesivos encuentros con el mismo patógeno.

Por el contrario, la inmunidad pasiva es la que se obtiene cuando recibimos anticuerpos generados por otra persona. Como por ejemplo, los anticuerpos y células inmunes ‘prestados’ que la madre transfiere a través de la placenta al bebé en desarrollo, o del calostro, primera secreción de las glándulas mamarias, rica en anticuerpos. La inmunidad pasiva es más rápida que la activa, pero es de menor duración, normalmente unas pocas semanas o meses. La leche materna, aunque no tan protectora como el calostro, también contiene anticuerpos que protegerán al niño hasta que este desarrolle su propia inmunidad, a medida que se vaya encontrando con patógenos y, evidentemente, gracias a los programas de vacunación.

¿Qué son las vacunas?

Una vacuna es un agente que se asemeja al patógeno, a sus toxinas o a alguna proteína de su superficie (antígeno) y que, cuando se administra a una persona, estimula una respuesta de su sistema inmune similar a la que produciría el patógeno, generándose una memoria inmunitaria para hacer frente a futuras infecciones.

Las vacunas se obtienen, habitualmente, a partir de formas debilitadas (atenuadas) o muertas (inactivadas) de los patógeno causantes de las infecciones. A finales del siglo XVIII, el médico inglés Edward Jenner observó que las personas que ordeñaban vacas no desarrollaban la viruela humana porque habían contraído previamente la viruela bovina, que cursa de forma más leve. Jenner extrajo pus de la mano de una lechera afectada, Sarah Nelmes, y se lo inoculó a un niño, James Phillips. Semanas más tarde, Jenner volvió a inocular a Phillips, pero esta vez con viruela humana y observó como este no contraía la enfermedad. Con anterioridad a Jenner ya se habían producido otros casos de vacunación mediante viruela bovina, pero Jenner fue el primero en describir que la vacuna se podía mantener mediante transferencia de brazo a brazo. A finales del siglo XIX, Louis Pasteur siguió la senda iniciada por Jenner con el desarrollo de las vacunas del carbunco y del cólera aviar. Pasteur las produjo debilitando artificialmente las bacterias que las causaban antes de inocularlas, y nombró estos agentes con el nombre de ‘vacunas’ en homenaje a Jenner y a sus estudios con la viruela bovina.

Tipos de vacunas

Inactivadas, como la de la gripe, el cólera y la hepatitis A, formadas por patógenos que han sido destruidos por agentes químicos, calor, radiación o antibióticos. Atenuadas, como la del sarampión, la rubeola o las paperas, que contienen microorganismos que han sido cultivados en condiciones que debilitan su potencial patogénico. Toxoides, fabricadas mediante la inactivación de las toxinas del microorganismo cuando estas son las responsables de la enfermedad, como en el caso de la difteria o del tétanos. Acelulares, como la de la tos ferina, compuestas por componentes del patógeno. O recombinantes subunitarias, cuando se emplean técnicas de ingeniería genética para producir determinadas proteínas del patógeno si necesidad de cultivarlo, como en el caso de la vacuna contra la hepatitis B.

El caso Wakefield y el peligro del movimiento antivacunas
En 1998, se publicó en 'Lancet' un estudio, firmado por Andrew Wakefield y otros 12 autores, que más tarde se ha demostrado que era fraudulento, que sugería la existencia de un vínculo entre la vacuna triple vírica, que protege contra el sarampión, las paperas y la rubeola, y un 'nuevo síndrome' de autismo y enfermedad gastrointestinal. Desde el inicio, las limitaciones científicas del trabajo fueron evidentes (un estudio con solo 12 casos y sin controles), pero ello no evitó que se generara una alarma infundada, amplificada por los medios de comunicación, sobre la relación de la vacuna con el autismo. En la década siguiente, ningún estudio epidemiológico pudo corroborar los resultados del artículo. Pero todavía hay más. Una investigación periodística realizada por Brian Deer, del 'Sunday Times', demostró que Wakefield había manipulado los resultados y que no había declarado su vinculación con una demanda legal contra los fabricantes de la vacuna, incluido el pago de 435.000 libras por parte de los abogados litigantes. 'Lancet' se retractó parcialmente del artículo en 2004 y, completamente, en 2010, año en el que también se retiró la licencia a Wakefield para ejercer de médico.

Aun así, el daño ya estaba hecho. La repercusión del artículo hizo disminuir las tasas de vacunación en el Reino Unido y en Irlanda, y sigue alimentando el runrún antivacunas. Si se incrementa el porcentaje de no vacunados, se pone en riesgo la inmunidad de grupo: la protección indirecta que se da cuando un elevado porcentaje de la población está vacunado y que evita la transmisión endémica de la enfermedad y confiere protección a personas que no pueden recibir vacunas, como las inmunodeprimidas o las receptoras de trasplantes.

Actualmente, las redes sociales amplifican los discursos escépticos o contrarios a la inmunización y se ha visto que ello tiene un impacto en las tasas de vacunación. Y por lo tanto, no está de más saber qué son y cómo funcionan las vacunas, transmitir que son seguras, y recordar los centenares de miles de vidas que se han salvado a lo largo de la historia gracias a ellas.

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