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Estos son los finalistas del V concurso de microrrelatos solidarios de Ilumináfrica

Los ganadores se conocerán durante la entrega de premios que tendrá lugar el próximo día 13 de diciembre, coincidiendo con la celebración de Santa Lucía, en la sede del Colegio de Médicos de Zaragoza.

I Concurso de microrrelatos solidarios Ilumináfrica
V Concurso de microrrelatos solidarios Ilumináfrica

Estos son los tres finalistas de las tres categorías (Cooperación, Ceguera y otras discapacidades y África) del V Concurso de Microrrelatos Solidarios convocado por la Fundación Ilumináfrica.

Coincidiendo con la celebración de Santa Lucía, el próximo 13 de diciembre, se conocerá el nombre de los ganadores, durante una gala que tendrá lugar en la sede del Colegio de Médicos de Zaragoza. Los premios son: una suscripción anual gratuita al periódico HERALDO DE ARAGÓN, en la categoría de Cooperación; un abono del Real Zaragoza para la temporada 2019/2020, en la de África; y un fin de semana para dos personas en régimen de pensión completa en el Monasterio de Boltaña, en la de Ceguera y otras discapacidades.

Categoría de Cooperación, patrocinada por HERALDO

Jesús Montoro, con 'La fuente de la alegría'

Su cuerpo menudo danzaba bajo el agua, giraba y giraba, se sentía imparable. Cada gota que la acariciaba era su maravilla. Empapada no podía dejar de sonreír, no pensaba, simplemente se dejaba arrastrar.

Unas voces la sacaron de su delirio, procedían del interior de la casa.

"Jamillah, Jamillah”, la llamaban, mientras hacían gestos desde el porche de la casa para que entrara. Tardó en reaccionar, no quería dejar de bailar. Llevaba sólo unos días con aquella familia y la tormenta, aquella tormenta,  era un regalo único que recibió como el más dulce de los besos.

Dentro la esperaban con una toalla y una sonrisa. Todavía no entendía qué decían, pero sí percibía la calidez y el amor que emanaban. Mientras la secaban en el baño no podía dejar de abrir y cerrar el grifo. Esa magia  le arrancó un mar de lágrimas

Ojalá algún día pudiera conocer su  secreto y llevarlo al desierto donde le tocó nacer.

Raúl Garcés Redondo, con 'Sourire'.

Una sonrisa, la más bonita que creía poder existir, me llevó a estudiar Óptica y Optometría, yo que siempre fui de letras puras. La misma que me empujó a aprender francés, cuando lo mío eran las declinaciones latinas. Ya saben: rosa - ae. Y hasta a viajar como voluntario a la República de Chad, siendo que lo más lejos de casa donde había estado era de veraneo en Cambrils. Pero en cuanto pisé suelo africano, se me cayó la venda de los ojos. Descubrí unas gentes tan humildes como agradecidas. Y qué quieren que les diga, la sonrisa que te regala un niño al estrenar sus gafas recicladas sí que es realmente hermosa. Y esa no se olvida jamás.

Salvador Robles Miras, con 'El deber'

Juan Ros, director del orfanato La Luz, sito en Dakar, el cual acogía a un centenar de niños, se aprestó a viajar a Europa para entrevistarse con un magnate, quien, víctima de un cáncer incurable, antes de morir, estaba dispuesto a repartir una parte de su fortuna entre los proyectos que más le sedujesen de las oenegés que operaban en África.

Uno de los huérfanos de La Luz, Salif, rompió a llorar al despedirse de Juan. El niño, acogido al poco de nacer, era el que más tiempo llevaba en el centro.

-Volveré pronto. Mi hogar es el tuyo.

-¿Me lo prometes?

-Te doy mi palabra.

En Europa, en cuanto expuso su proyecto al magnate, éste le dijo que donaría dos millones de euros a La Luz. Juan no acababa de creerse que la gestión hubiese sido tan sencilla. Se temía algún problema de última hora, y, en efecto, el problema surgió, aunque no de la índole que él imaginaba.

La víspera de su regreso, Juan se encontró con su primer amor, quien, además, seguía siendo el amor. Dakar los separó; ahora, quizá, Europa los uniría.

Juan se sumió en un colosal dilema: dudaba entre cumplir con su deber, o atender la llamada del amor. El tiempo apremiaba, ya que el avión salía al amanecer. Tras pasar la noche en vela, decidió renunciar al amor. En Dakar se había quedado su palabra, y solo un niño podía devolvérsela.

Alicaído, se dirigió al aeropuerto.

Pero no subió solo al avión. En la entrada de la terminal, le aguardaba el amor. También tenía un deber que cumplir. El corazón era su deber.

Categoría de Ceguera y otras discapacidades, patrocinada por Ringo Válvulas

Jesús Cáncer Campo, con 'La luz de dentro'

En sus pasos cautelosos se adivinaba decisión por acometer el estirado sendero de la vida, el que la llevaba a colgar su mochila repleta de alegría en el cuerno de la Luna. Ahora ya no fluía aquel cauce de lágrimas de ayer, pues había dado por agotado el tiempo de las lluvias, y un sol de mayo estallaba en sus pómulos hasta por las noches.

Detrás de sus ojos escondía un universo de siete cajones pintados con los colores del arco iris, donde guardaba celosamente sus propósitos: el Amor, que va siempre de rojo como la sangre de la amapola; la Dignidad, con su vestido largo anaranjado que ocultaba sus pies blancos; la Ilusión, de amarillo limón, limonero, cual si fuese brisa escapada del tintero de Federico; la Paz, aplastando a los cuatro jinetes con sus zapatitos verdes; la Humildad, de azul como un mar en calma donde bebe la nube de nácar; la Armonía, añil cual la tormenta que espera; y la Libertad, como un inmenso campo de violetas rodeado por un corro de mujeres alegres como cascabillos.

La mano del pintor que la trazó nunca logró, ni quiso, desdibujar su sonrisa, un regalo sin envoltorio ni celofán al que nadie jamás puso precio. Sus manos huesudas, dedos de sarmiento en un viñedo alegre, bailaban sobre el marfil del viejo piano. Chopin, incorporado y contento, hacía oído desde su tumba.

En ese momento que quiso fuera eterno, nadando entre las notas medidas y luminosas del nocturno, se sentía felizmente atrapada por la luz de los ojos de Silván, su inseparable perro guía.

Claudia Barrasa Sagredo, con 'Tan distinta como igual'.

Atrapada en un mundo extraño, Ava no veía la luz al final del túnel. Se sentía sola mientras caminaba por las calles de su pequeña ciudad de provincias, rodeada de extraños seres con costumbres y formas de actuar incomprensibles y que todos parecían entender menos ella.

Había sido tantas personas intentando ser una más, que ya ni siquiera recordaba quien era y, en plena búsqueda de sí misma, aquella noticia fue como un jarro de agua fría, que iba a cambiarlo todo en un solo instante…

Siempre se había sentido diferente, pero nunca imaginó que aquel fuera el motivo. Todo residía en su cerebro, un poco diferente al de los demás, pero suficientemente distinto para ser un extraterrestre viviendo en un mundo extraño, un mundo que no lograba comprender, un mundo que seguía un compás completamente diferente al suyo. No estaba enferma, aunque casi deseaba estarlo...eso hubiera tenido cura… pero aquello… aquello solo era asperger…

Cada día Ava sueña con vivir en un mundo en el que la comprensión y la inclusión sean una realidad y no un derecho que hay que ganar sólo por haber nacido diferente.

Amanece un día más en un mundo que no la comprende.

Margarita Mayo Arlanzon, con 'Salir de la oscuridad'

Huyendo del conflicto centroafricano, madre e hijo consiguieron instalarse en una zona selvática donde se construyeron una choza junto al río; sintieron que allí podrían sobrevivir, pero aquel río de aguas transparentes ocultaba un foco de infección que, una vez penetraba en los cuerpos, terminaba provocándoles ceguera.

La madre fue la primera en perder la visión pidiendo ayuda para evitarle a su hijo la misma carencia pero éste sabedor de que al faltar la vista, los otros sentidos se desarrollan más, procuraba cuando ella dormía, salir despacio hacia el río.

Ocurrió que por aquel entonces un equipo de médicos cooperantes

habían decidido instalar allí unos quirófanos con el fin de devolver la visión a aquellas gentes mientras se investigaba la fórmula para sanear los ríos; ya lo hicieron hace tiempo con los tuaregs cuando el sol y la arena también nublaba sus ojos.

Cuando la madre se percató de la acción de su hijo se enfadó advirtiéndole que terminaría igual que ella; fue entonces cuando el hijo le comentó con una inmensa alegría; nos salvarán a ambos mamá; ellos han venido para devolvernos la luz.

Mientras la madre sonríe agradecida, el hijo reflexiona: hemos huido obligados, de un lugar donde vivíamos en paz, por los horrores de la guerra y hemos encontrado un lugar donde nos curan y nos cuidan; es como si hubiera dos grupos de personas: los que pasan por la vida generando odio y los que pasan por la vida generando amor.

Categoría África, patrocinada por el Real Zaragoza

Arianne García Francisco. con 'La magia de tus colores'

Te escribo desde un lugar oscuro, donde las cadenas de las falsas prioridades y de las expectativas globalizadas nos ahogan. Donde las personas viven de manera gris y ni las llamas de su ilusión destacan por su color. Te envidio. Admiro las luces que te visten. Fuegos en tus alturas que marcan inicios y finales. Amarillos que esconden vidas, que decoran tus paisajes y verdes que las alimentan. Marrones cubriendo tus espacios donde cada elemento brilla con luz propia. Eres magia, África.

Iván Jiménez Aybar, con 'Nado'

Nado. La barca ha volcado y el agua está fría. La luz del mediodía atraviesa el agua y abre las entrañas azul turquesa del Mediterráneo. Nado. Las olas me dan abrazos de salitre y muerte, y a duras penas acierto a ver la línea de costa. Nado. No veo a Nabil. Grito su nombre, pero no contesta. "No sé nadar", dijo antes de salir. Su chaleco se lo dio a Amina, de Mali, piel de ébano, sueños enclaustrados en su vientre embarazado. Nado. Mi tío Ahmed: "Irás a España, pero antes te enseñaré a nadar". Nado. Catorce años compartiendo golpes y esperanzas con mis amigos del barrio de Boukhalef, resistiéndome a acunar mis sueños en bolsas de pegamento. Nado. Mi ropa está empapada. Me quito la chaqueta y se aleja aleteando como un mantarraya. No dejo de mover brazos y piernas, para evitar la hipotermia. Nado. En la playa no nos esperaba una zódiac, sino un maldito toy. Tres mil euros y mi miedo embarcados en una lancha de juguete. Fatou pagó un precio más alto durante esa media hora con el patrón y sus amigos. No gritó; no lloró. Nado. La corriente del Estrecho me arrastra con fuerza hacia Tánger, pero mi rabia es un ligero cormorán que vuela y bucea en sentido contrario. Nado. Youssef y Rafik en Barcelona, sonrisas de menas flotando por el ciberespacio y gritando: “¡Vente!”, a golpe de 'whatsapp'. Nado. El sol cegador y la sed salina me traen el espejismo de una patrullera de la Guardia Civil que se acerca. Mis piernas son remos que salpican el miedo. Y nado; nado con toda mi vida…

José Luis López García, con 'Na kisha mvua'

Tendaji nunca ha visto la lluvia, al menos no como los otros niños de su aldea. Él la percibe a su manera, con los ojos abiertos a una extraña oscuridad que el sol cegador apenas se encarga de clarear. Pero puede olerla a kilómetros de distancia, puede paladear ese gusto a tierra húmeda que el viento transporta en sus alas cuando pasa por el valle. Y sobre todo puede sentirla antes que nadie, por eso los ancianos siempre le preguntan por su advenimiento. Tendaji se ha criado aislado en el lado más oscuro de la luz pero desde que empezó a entender lo que sus ojos le negaban y asimilar lo que le decían las voces de sus padres y de los demás miembros de la aldea, se ha sentido poderoso. Nadie como Tendaji para ver los colores de la lluvia; vislumbrar el malva salvaje de una tormenta; atisbar el naranja descolorido de un chaparrón; dibujar en su mente el gris oscuro de un aguacero. Si Tendaji se revuelve inquieto a la puerta de su choza al despuntar el alba de cualquier jornada por muy oreada y sofocante que sea y permanece toda la mañana sentado sonriendo y mirándole a la cara a la inmensidad, todos saben que apenas dos días después, el cielo le dará la razón porque todos saben que Tendaji es quien hace que ocurran las cosas.

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