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Mejor es hablar claro

Los bomberos intentando sofocar el incendio en Tapicerías Bonafonte en Zaragoza el 11 de diciembre de 1973.
Los bomberos intentando sofocar el incendio en Tapicerías Bonafonte en Zaragoza el 11 de diciembre de 1973.
Luis Mompel / Archivo Heraldo

La alcaldesa de Zaragoza y concejales de todos los partidos han recibido a los familiares de las víctimas del incendio intencionado que mató a 79 personas e hirió a un centenar el 12 de julio de 1979. El magistrado Manuel Serrano Bonafonte, buen conocedor del tema, aseguraba que aquel fuego espantoso no se explicaba bien desde otra hipótesis. Razones políticas enrarecieron la atmósfera. Buena parte de la familia Franco se alojaba ese día en el inmueble. Tras largo tiempo, los tribunales decidieron que sí fue un atentado, si bien de autoría imprecisable.

Viene a la memoria otro caso aciago en el que ciertas informaciones de un periódico dieron lugar, en 1973, hace medio siglo justo, a que se ofendiera, e incluso se apedreara a los bomberos de Zaragoza. Y también hubo injerencia política.

El fallecido (2021) ‘cura de los Bomberos’, Luis Antonio Gracia, dedicado capellán de este cuerpo municipal, no tuvo empacho en dar cuenta de lo ocurrido, sin morderse la lengua ni recurrir a florituras. El 11 de diciembre de 1973 hubo veintitrés muertos en el horroroso incendio de un taller tapicero sito en un gran sótano (más de mil trescientos metros cuadrados) del barrio de las Fuentes. Un búnker de hormigón, con un solo acceso, que era una enorme puerta metálica, la cual quedó bloqueada durante el fuego, intenso y duradero.

Esto escribió mosén Luis Antonio: «Al día siguiente, el vespertino ‘Aragón Exprés’ publicaba una fotografía no correcta, porque era de otro lugar del mismo edificio, culpando a los bomberos de lo que había ocurrido, ya que afirmaba que habían tardado horas en abrir la puerta de acceso al fatal sótano. Falsedad, pues por esa misma puerta se habían evacuado en los primeros momentos los cadáveres que en postura desesperada a ella estaban agarrados». Se dieron informaciones inveraces sobre la falta de preparación y medios, de modo que «ciudadanos mal informados y consternados por el trágico balance perdieron la confianza en unos hombres y un cuerpo que vivía con ilusión su profesión de servicio». Los bomberos, apenados por la tragedia, trocaron su duelo en «amargura, cuando veían que la población, injustamente, no confiaba en ellos e incluso les abucheaba y apedreaba en los servicios». Desolador.

Nueve días después era asesinado en Madrid por ETA Luis Carrero, mano derecha de Franco. El ambiente político se enturbió: «El Ayuntamiento, siguiendo instrucciones de instancias superiores –dice Gracia–, no aclaró con firmeza la realidad de los hechos, como debió hacer, manifestándose de forma rotunda y contundente. Antes de desplazarse a Madrid para asistir a las honras fúnebres de Carrero, el alcalde reunió a los componentes del servicio (...), pidió ‘serenidad’ y les dijo ‘que no era prudente en tal situación entrar en una polémica que no serviría para calmar los ánimos. Era eso muy triste para los que el año anterior habían sido declarados ‘magnífico ejemplo de humanidad’ y tuvieron ahora que ir a sus servicios de defensa de vidas y bienes escoltados por las fuerzas del orden».

Al mismo tiempo, informaba HERALDO sobre el suceso, lejos de hipótesis aventuradas y de datos errados. Enrique González Lóbez, médico de la Casa de Socorro, exhausto tras horas de atender a sus deberes, decía: «La labor del Cuerpo de Bomberos ha sido extraordinaria. He perdido la noción del tiempo y de las cosas y lo único que puedo atestiguar es que este trágico suceso ha servido para que nos demos cuenta de cuál es su valor, que raya incluso en la imprudencia, a causa de su afán de salvar vidas humanas y de su espíritu de sacrificio».

Hubo que extraer de aquel bajo, hecho de forjados, a cinco bomberos. Y HERALDO, en su editorial, tras pedir a la autoridad que el cuerpo dispusiera siempre de los medios «suficientes para atender a una ciudad en crecimiento», reconocía que sus miembros habían vuelto a exponer su vida con valor. Concluía recordando que, cuando se premió al Cuerpo con la Medalla de Plata de la Ciudad, ya había inquirido el periódico por qué no había sido otorgada la de Oro.

En el incendio de Tapicerías Bonafonte (1973), el asesinato de Carrero ‘obligó’ al alcalde a no restaurar debidamente la honra de los bomberos. Y Luis Antonio Gracia lo dijo.

En el incendio del Hotel Corona de Aragón (1979), hubo presiones externas e internas que pretendieron eludir la posibilidad terrorista, por causas económicas unas (seguros) y políticas otras (aquel día se alojaban allí muchos familiares de los cadetes de la Academia General, incluida la viuda de Franco). Pero Manuel Serrano no lo calló.

El acto de reparación pública que el Ayuntamiento y su Alcaldía han promovido el día 12 prueba que es esencial, en todo tiempo y lugar, discriminar entre la prensa que cuenta las cosas como es debido y la que no. Lo que es aplicable a estos días electorales, que excitan a los mentirosos.

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