Opinión
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‘Déjà vu’, una sensación molesta

‘Déjà vu’, una sensación molesta
‘Déjà vu’, una sensación molesta
Lola García

El sanchismo es la continuación del zapaterismo. Los pactos con Otegi equivalen al mamarracho planetario aquel de la Alianza de Civilizaciones, solo que a escala de caserío. Sánchez es un sosias de Rodríguez Zapatero (ZP, según se hacía llamar): ambos son repentizadores, volubles y poco solventes. Y transparentes: el delegado de Sánchez afirma que la ayuda de Bildu ha salvado miles de vidas españolas como dirá, si a Sánchez le conviene, que Putin habrá salvado a miles de ucranianos si deja de bombardearlos. Así son los ‘apparatchiks’ del sanchismo.

Con el sanchismo ha arraigado un morbo infantilizador en el PSOE. Puede serle letal. Partidos socialistas de fuste han menguado o muerto en estos años: el italiano, en 1994. El francés tiene hoy 31 diputados, cuando en 2012 tuvo 279. Y el Pasok de Papandreu está en el 11% de los votos.

El PSOE es uno, pero han vivido en él sanchismo, zapaterismo, guerrismo, felipismo... Desde 1879 ha visto facciones e incluso corrientes formales: en la Transición fue muy activa Izquierda Socialista (Gómez Llorente, Bustelo, Castellano). Y antes hubo prietistas, caballeristas y besteiristas (estos, opuestos a la fatídica ‘revolución’ de 1934). El carrillismo (de Santiago, no de Wenceslao) fue un sector juvenil que migró entero al comunismo.

Hoy, el zapaterismo y el sanchismo viven de sus soflamas sociales y de avances en ciertos derechos. ¿No han hecho creer que ZP fue el pionero en Europa del matrimonio homosexual? Poco se recuerda, en cambio, que se abrieron 264 causas por corrupción a gente del partido. O que el déficit público aumentó con ZP más de veinte veces (del 0,4 al 9,2 %) y que el PIB pasó a negativo en 2011, casi a la vez que la deuda pública (la suma de todas las deudas del Estado) saltó de ser el 49% del PIB a más del 60 (y hoy anda por el 113: en euros, 1.535 seguido de doce ceros). En 2023, con el sanchismo recorriendo igual sendero, cada español, lo sepa o no (más bien es que no), lleva a sus espaldas una carga superior a los 30.000 euros. Eso se menciona poco e incluso hubo quien explicaba por qué la deuda pública española no debía devolverse (Sánchez lo hizo su vicepresidente, no mucho después).

En el último medio siglo, se han visto tres versiones del PSOE: la del exilio, nebulosa; la de Suresnes, pragmática y eficaz; y la populista, liviana, como Zapatero y Sánchez

Tal para cual

Sánchez ha alimentado las dos crisis que ZP creó de modo insensato. Una: repudió la Transición y la presentó, con vengativa falsía, como una derrota vergonzosa de la izquierda. Y dos: cebó el soberanismo, que hoy, ya en forma nítida de separatismo, impone condiciones al Gobierno. Supuró en Cataluña en tiempos de Rajoy, y solo la inveterada torpeza de los jefes separatistas -desde Macià hasta Puigdemont- hizo de ello una triste astracanada. Los indultos y otras lenidades que siguieron llevan hoy a Sánchez, con ciego descaro, a blasonar de haber aplacado el mal.

"No negociaré con ETA", dijo ZP. Y negoció, según ha reconocido luego. "No pactaré con Bildu", dijo Sánchez. Pero ha pactado: cuarenta y siete veces, que se sepa, han votado lo mismo.

El 13 de noviembre de 2003, Pasqual Maragall, ya en fase iluminada, había seducido al aspirante ZP para que dotase a Cataluña de un régimen especial que nadie pedía (el ‘federalismo asimétrico’). Y ZP atizó el morbo más dañino para la España democrática y plural: "Apoyaré -dijo- la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán". Tal necedad sirvió para hacer presidentes a Maragall, en Cataluña, y, al poco, a ZP en la Moncloa. El desaguisado no trajo más libertad ni más bienestar y se ha pagado muy caro: encono civil, litigios, condenas, algaradas, malversaciones... Las aguas movidas por estos insensatos empezaron a agitarse. El separatismo entró en la Generalitat y ZP despachó a Maragall, pero ya votado el Estatuto contrahecho.

Un año después de su alegre promesa, el 17 de noviembre de 2004, preguntado en el Senado si pensaba que nación y nacionalidad eran lo mismo, ZP, en efecto, lo reafirmó: llamó fundamentalista a su contrincante (García-Escudero) y añadió, -como un maestrillo que habla a escolares de primer año; pero era el presidente del Gobierno nacional-, que el concepto de nación era "discutible y discutido en la teoría política y en la ciencia constitucional". No le pareció que la Constitución hiciera diferencias.

Este lince, el 29 de diciembre de 2006, en su mensaje de fin de año, habló de ETA: "Les expreso una convicción: dentro de un año estaremos mejor que hoy". Algo sabrá de esto el presidente, se dijeron algunos. El día 30, una bomba de los terroristas vascos mató en Barajas a dos personas. Y aún cometerían ocho crímenes mortales más en los años inmediatos.

El triunfalismo infantiloide llegó en 2008: "Tras superar a la Italia de Berlusconi, España, en cinco años, ganará a la Francia de mi amigo Sarkozy". Y hoy, qué caso, va España "como una moto".

Es una sensación molesta: las chácharas de Sánchez suenan hoy a ‘déjà vu’. ¿Por qué será?

(Puede consultar aquí todos los artículos escritos en HERALDO por Guillermo Fatás)

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