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Lujos

Por
  • María Pilar Clau
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 26/08/2022 A LAS 05:00
La vida está en curso y hay belleza en cada paso.
La vida está en curso y hay belleza en cada paso.
Holger Langmaier

Este año me he permitido el lujo de ver el desfile del concurso de disfraces de las fiestas de Laluenga con mi madre desde el balcón.

 Me rompí una muñeca y arriba me sentía más segura. El balcón me ha ofrecido una perspectiva diferente; no es la que habría elegido, sin embargo, la he disfrutado. La adversidad existe, y golpea, pero también nos ofrece la posibilidad de rebelarnos, de ser creativos y de sonreír. Mientras respiramos, todo está bien. Al cabo, nuestro destino nos pertenece a cada cual y no hemos venido al mundo a caer vencidos. Puesto que vivimos sobre placas tectónicas, aprendamos a bailar sobre los temblores.

Desde la calle los vecinos me saludaban y me preguntaban por mi brazo escayolado. Estaba tentada de decirles que era un disfraz, pero les decía la verdad. Paciencia, me aconsejaban todos al acabar las conversaciones. Los budistas dicen que la paciencia es la ciencia de la paz. «La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte», escribió Kant.

Si no tenemos prisa, mañana será mejor. Hablamos mucho de vivir el presente y a veces consideramos presente a lo que aún está por venir. La necesidad de hacer presente el futuro nos hace impacientes, la expectativa de inmediatez nos causa frustración y la espera nos produce sufrimiento. No obstante, la espera es un ejercicio de fuerza y de coraje. Cuando las cosas no salen como esperaba, cambio de planes. Existe una recompensa para todo. La vida está en curso y hay belleza en cada paso.

La paciencia trae cambios de perspectiva. Este año me he permitido el lujo de admirar con detalle cada carroza, cada disfraz, cada representación, las sonrisas y los gestos de cariño de mis sobrinos y de muchas personas a las que quiero y que desfilaban disfrazadas bajo mi balcón. Me he permitido el lujo de divertirme a lo grande mirando a mi primo José disfrazado de la gimnasta televisiva de los años ochenta Eva Nasarre y dando una clase de aerobic a todo el pueblo con toda la gracia del mundo. Yo le daría a él el primer premio.

Este año, o quizás el próximo, o el siguiente, me permitiré el lujo de resurgir.

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