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Criticar a la Iglesia

Por
  • Juan Antonio Gracia Gimeno
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 12/08/2022 A LAS 05:00
El palacio arzobispal de Zaragoza.
El palacio arzobispal de Zaragoza.
Oliver Duch

José Alegre Aragüés, sacerdote, profesor del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (Creta), escritor y teólogo, publicó en HERALDO (2 de agosto, pág. 19) un artículo titulado ‘¿Un proyecto diocesano?’, cuya lectura puede interesar a los lectores en general, laicos y clérigos, creyentes y agnósticos, practicantes e indiferentes ante el hecho religioso.

 Yo lo considero de obligada lectura para cuantos estén de alguna manera comprometidos con la actividad apostólica de las diócesis aragonesas.

El autor de ese texto periodístico cuestiona la idoneidad del equipo de presbíteros que acaba de elegir don Carlos, nuestro arzobispo, como los más adecuados colaboradores suyos en el gobierno y orientación pastoral de la archidiócesis de Zaragoza.

Sería una inmensa torpeza por mi parte tratar de valorar con rigor el alcance real y la exacta veracidad de las numerosas afirmaciones que hace el autor del mencionado artículo que le llevan a la conclusión de calificar como «errónea» la selección arzobispal de las personas llamadas al desempeño de su trascendental misión colaboradora y orientadora.

El escrito de José Alegre es una crítica en toda regla a unos nombramientos de relevante importancia para el devenir de la archidiócesis cesaraugustana, si bien debe quedar muy claro que con su toma de postura el profesor no pretende juzgar a las personas sino subrayar, en voz alta y libre, el error de haber designado un equipo asesor muy escorado en una determinada dirección.

Jubilado desde hace años, vivo el crepúsculo de mi ministerio presbiteral alejado de los cenáculos de decisión y de las complejas estructuras curiales, si bien mi amor a la Iglesia, mi afán por estar bien informado de sus vaivenes y mi curiosidad intelectual permanecen en alerta y vigilantes.

Trasladado al escenario de la opinión pública el pensamiento del profesor Alegre, me permito, única y exclusivamente desde mi doble condición de sacerdote y periodista, ofrecer algunos elementos de reflexión en torno a un debate que, larvado y ‘sotto voce’, es ahora mismo tema recurrente en amplios sectores clericales y entre grupos de cristianos de a pie en nuestra archidiócesis.

Vittorio Morero, en su precioso libro ‘La Iglesia ante el futuro’, cita unas palabras estremecedoras atribuidas a don Primo Mazzolari, conocido como el ‘Párroco de Italia’ y, acaso, el primer espíritu libre nacido en el seno del catolicismo italiano. «Existen cosas que solo se pueden decir de rodillas y llorando y el que logra decirlas así no tiene que ser juzgado como hijo menos devoto que el que aplaude». Desconozco si el teólogo José Alegre escribió genuflexo y en llanto su alegato, pero sé que el admirado Mazzolari afirmó infinidad de veces que al periodismo católico le correspondía un papel crítico en la Iglesia. Al fin y al cabo, el derecho a la crítica en la Iglesia es un dato rotundamente aceptado, protegido y defendido por los papas y los documentos conciliares y posconciliares.

«Querríamos añadir todavía -dijo Pío XII en un discurso memorable y capital pronunciado en el Congreso Internacional de la Prensa Católica de 1950- una palabra referente a la opinión pública en el seno de la Iglesia. No tienen por qué admirarse de esto sino quienes no conocen a la Iglesia o la conocen mal. Porque ella es un cuerpo vivo y la faltaría algo a su vida si le faltase la opinión pública». Ejercer esa función crítica es difícil pero necesario e, incluso, puede resultar obligatorio para todos los cristianos, llamados hoy por el papa Francisco a edificar unidos una Iglesia sinodal.

En el discurso que el cardenal König dirigió al Congreso de Prensa celebrado en Berlín en 1968, pronunció estas palabras: «Si el periodista católico considerara su tarea como un servicio y considerara también como un servicio verse obligado a pronunciar palabras duras, mientras lo haga en conciencia y muestre con sinceridad las deficiencias o equivocaciones en la jerarquía, su tarea sería ideal».

Sería bueno recordar a quienes escriben en periódicos o se sirven de otros medios de comunicación no tanto el derecho a la crítica cuanto el deber de practicarla. Este recuerdo se hace hoy más urgente, pues cualquiera que tenga una cierta experiencia en la vida de la Iglesia y en la práctica de la pluma sabe perfectamente que resulta mucho más cómodo alabar a personas, organismos y escritos eclesiásticos que mostrar ciertas reticencias hacia ellos.

En el fondo, late aquí un problema de amor a la Iglesia. Solamente cuando se expresan con amor, las críticas pueden tener una dimensión profundamente religiosa. Quienes tenemos el privilegio -y la cruz- de poder hablar al aire libre y en voz alta deberíamos recordar el consejo de Georges Bernanos: «Reconozco mis palabras verdaderas por el daño que me hacen cuando las pronuncio… Hay que atreverse a decir la verdad entera sin añadir el placer de hacer daño».

Apenas conozco al profesor Alegre Aragüés, pero leo con gusto cuanto escribe en HERALDO. Suficiente argumento para agradecerle de corazón este último servicio de amor, uno más que, a mi parecer, ha prestado a la Iglesia aragonesa desde estas columnas.

Juan Antonio Gracia Gimeno es periodista, sacerdote y canónigo emérito del Cabildo Metropolitano de Zaragoza

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