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Ni viejos ni mellados

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/04/2022 A LAS 22:00
Dragón Kahn, una de las montañas rusas más conocidas de Port Aventura
Ni viejos ni mellados
HA

El día después me desperté con dolor de cuello y agujetas en las plantas de los pies. 

Mi caminar me parecía lento y los 120 km/h del coche, ritmo de caracol. A dos meses de cumplir los 34 años; y de superar la primera fase de la treintena tanto mi hermana como mi cuñado, se nos ocurrió que la mejor manera de invertir un día de vacaciones de Semana Santa era ir a Port Aventura. Yo no volvía desde los veranos de Salou, que es una etapa concreta de la vida de un niño aragonés al uso; y de entonces me recuerdo poniendo a la Stampida como límite de mi miedo ferial. Esta vez, con las primeras canas ocupando las sienes, me vi recién aterrizado en el parque y pidiendo turno para una atracción del demonio que se llama Furius Baco. "Esto de miedo es un siete", me dijeron, pero les juro que a punto de subir observé que al borde de un cubo de basura no había vómitos pero sí un aparato de dientes en el suelo. Minutos después, pensando que igual bajaba de ahí con la sonrisa mellada como teclas de un piano viejo, podría decir que era la primera vez en mi vida que me ponían boca abajo tanto en reposo como a 135 kilómetros/hora, que es la velocidad que cogía ese cacharro. El chutazo de adrenalina fue tal, que nos bajamos apuntando a las montañas rusas más grandes del parque echando pasito ligero porque, por cuestiones que no vienen al caso, teníamos un salvoconducto (sin enchufismos) para subir a todo sin hacer prácticamente fila. Las mirábamos como Carlos Pauner debió de mirar el K2, solo que nosotros entre saltitos de nervios y ropa de verano.

En el Dragón Khan yo a mi hermana le iba radiando si venía otro ‘looping’ mientras iba notando cómo el mareo se me iba acumulando en la sesera y me dejaba la voz gritando. Y en el Shambala me entraron tales sudores y tragos de saliva mientras eso iba cogiendo altura, que me cisqué en los antepasados de mi cuñado mientras éste me preguntaba en tono de funcionario y ya sin remedio, si nos habían asegurado bien al asiento.

No negaré que metí codo para que los niños no se me colaran; y que al tercer Dragón Khan directamente me dolía la cabeza al punto de valorar el ictus. Al menos me hubiera dado convencido de que no hemos perdido la inocencia nerviosa que la edad se empeña en arrebatarnos. Y encima nos fuimos con todos los dientes.

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