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la rotonda

Vértigo

Por
  • Francisco Bono Ríos
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 18/03/2022 A LAS 05:00
Vértigo
Vértigo
Pixabay

Han bastado unos días, los que se vienen sucediendo con la ocupación de Ucrania, para consolidar una impresión que ya se empezó a adivinar con el azote de la pandemia. 

Y es tener que aceptar que el mundo ha cambiado, que las relaciones internacionales han dado un vuelco radical y que aquel ‘statu quo’ que nació después de la II Guerra Mundial, y ha durado prácticamente hasta hoy, ha saltado por los aires.

Es inevitable sentir una especie de vértigo por las incertidumbres que se abren y cómo van a afectar los cambios a nuestra vida cotidiana. Aquí puede aplicarse perfectamente ese conocido proverbio que reza: "Toda mi existencia la he dedicado a contestar a las preguntas que formula la vida, y ahora al final de mis días cuando he logrado conocer las respuestas, me han cambiado las preguntas".

Porque el problema reside en que estas crisis no son coyunturales y que las formas de afrontar las soluciones no pueden quedarse tan solo en medidas de corto plazo y en apaciguamiento de los conflictos. De entrada, la confianza en el juego limpio entre naciones de diferentes bloques ha desaparecido, que es lo mismo que decir que a partir de ahora las reglas de juego dejan de marcar las relaciones entre naciones, por la sencilla de razón de que esas reglas han dejado de respetarse.

La pandemia primero y la guerra de Ucrania después nos están señalando una radical transformación del entorno mundial

Porque no solamente se ha modificado el tablero de poder en el concierto mundial sino que esos cambios van mucho más allá de una simple rotación entre naciones. Desgranaremos algunos.

En primer lugar el sistema democrático ha dejado de ser el patrón orientador de los países que se han ido sucediendo en el liderazgo mundial. Solo queda, aunque no sea poco, el papel de Estados Unidos que a partir de ahora debe compartir protagonismo con China y con Rusia, que son regímenes de corte autoritario.

En segundo lugar, va siendo hora de revisar el funcionamiento actual de determinados organismos internacionales, cuyo protagonismo ha ido quedando notablemente diluido. Son varios los que pueden ser objeto de revisión pero quizás el caso más notorio es el la ONU, cuyo papel no va más allá –salvo con honrosas excepciones de algunos órganos dependientes– de ser un foro de debates infructuosos, tras haber demostrado su incapacidad para tomar decisiones por culpa del derecho a veto de algunos de sus miembros principales.

Queda pendiente de definir el papel a jugar por la Unión Europea, que tendrá que caminar hacia una mayor cohesión interna y revisión de sus funciones para recuperar alguna parcela de influencia en el tablero mundial. Es cierto que la UE ha adolecido de muchas indefiniciones, pero debemos reconocer que en momentos difíciles de la pandemia y especialmente en el caso de la invasión de Ucrania ha dado importantes pasos en materia de alineamiento de sus miembros y en la toma de decisiones de amplio calado. Todo ello hace albergar esperanzas en un cambio de estrategias en pro de una mayor integración, y por tanto de un aumento de peso específico en el concierto mundial. A partir de ahora deben cobrar suma importancia los procesos hacia una política fiscal común, una política de defensa y un modelo más estable de gobernanza, junto a una simplificación de su burocracia.

Occidente, la Unión Europea y España tienen que adaptarse a circunstancias nuevas y llenas de incertidumbres

Queda finalmente una referencia a España, porque también es necesario que al socaire de estas tremendas transformaciones el país haga compatible la adopción de políticas coyunturales –a todas luces necesarias– con una estrategia a largo plazo basada en cambios estructurales de envergadura. Es totalmente necesario caminar hacia unas Administraciones más ligeras y flexibles, con una inaplazable racionalización del gasto público y una atención prioritaria a los equilibrios presupuestarios. Es necesario revisar a fondo muchos aspectos de la descentralización inherente al modelo de las autonomías, para evitar multiplicidades y recuperar el mercado único nacional. Es necesario, en resumen, caminar hacia una mayor simplificación, tanto legislativa como administrativa.

Producen vértigo, sin duda, las transformaciones que se avecinan. Habrá que tener la serenidad suficiente para no perder la cabeza ante lo desconocido.

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