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De Mariúpol a Leópolis

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 08/03/2022 A LAS 05:00
De Mariúpol a Leópolis
De Mariúpol a Leópolis
Pixabay

Cuando hace unas semanas empezaron las amenazas de Putin sobre Ucrania, pensé en algunos libros que suceden en este espacio tan codiciado en la historia y que se quedan para siempre en tu memoria. 

Ucrania, gran granero de Europa y vanguardia tecnológica soviética, ha sufrido a menudo la tiranía de sus vecinos con episodios anexionistas, genocidas o de transterramientos devastadores. Así lo han contado la literatura o el periodismo, que nos han llevado por ciudades que hace un mes desconocíamos y en pocos días están en el pensamiento de todos, como Mariúpol, Leópolis o Jarkov.

Chaves Nogales, Nastacha Wodin y Philippe Sands nos llevan en sus obras por ciudades ucranianas, ahora desgraciadamente conocidas por todos

En 'El maestro Juan Martínez que estaba allí', el gran Manuel Chaves Nogales describe ciudades de Ucrania -Kiev, Jarkov, Gomel, Odesa, Kremenchuk,…- durante la guerra civil de Rusia y el triunfo de la revolución de octubre, en las que el bailarín se vio atrapado durante años. Un tiempo de grandes cambios en los que, como le contaría años después a un fascinado Chaves en París, la población era sacrificada sin compasión por rusos rojos o rusos blancos, con la misma saña.

"Hacía un frío negro", escribe Chaves. Y ateridos leemos cómo Kiev, más blanca que roja, era tomada alternativamente por unos y otros. Una de las veces, cuenta el bailarín a Chaves, "la población de Kiev volvió a recibir a los blancos con grandes demostraciones de júbilo: se les hizo la ofrenda ritual del pan y la sal, y se arrojaron ramos de flores a su paso. Nunca se hacía ese recibimiento a los bolcheviques". Y es que, para los ucranianos, los revolucionarios eran, más que supuestos redentores de la opresión zarista, y por encima de cualquier otra condición, rusos.

En esa época hunde sus raíces 'Mi madre era de Mariúpol', libro en el que Natascha Wodin rastrea la vida de su madre, Yevguenia Yákovlevna, originaria de esa ciudad portuaria del Mar negro, ahora desgraciadamente reconocible. Víctima de una existencia extenuante, la madre se suicidó cuando la autora era una niña y vivían como apestados en Alemania. La escritora quiso conocer su pasado y así descubrió que Yevguenia había vivido el ocaso de su aristocrática familia bajo el terror de Stalin y que, en la segunda guerra mundial, fue deportada a Alemania por los dirigentes nazis para ser mano de obra esclava en la maquinaria bélica. Allí se quedaron como ‘soviéticos despreciables’ y en ese triste contexto nacieron y vivieron Natascha (Baviera, 1945) y su hermana. Una odisea devastadora, en un mundo de transterrados, que Wodin desconocía por completo hasta hace bien poco.

Igual que con Mariúpol, cuando hace un par de años leí 'Calle Este-Oeste. Sobre los orígenes de ‘genocidio’ y ‘crímenes contra la humanidad’', de Philippe Sands, tuve que irme a Google maps para saber en qué sitio de Europa estaba Lviv, Leópolis para nosotros. Una ciudad de 700.000 habitantes que ha sido determinante en la historia del Derecho internacional.

La estación de tren de la ciudad, uno de los mejores edificios modernistas de esa área -la antigua Galitzia polaca, antes austrohúngara y soviética, y ahora en la zona más occidental de Ucrania-, es la puerta por la que huyen en estos días decenas de miles de personas del infierno al que les somete Putin. Y ya se habla de Leópolis como la capital, si cae Kiev.

Fue en la universidad de esa ciudad donde, en la primera parte del siglo XX, estudiaron Derecho dos jóvenes judíos del lugar, Rafael Lemkin y Hersch Lauterpacht. Fueron los únicos supervivientes de sus familias al Holocausto y, aunque no coincidieron, introdujeron en el juicio de Nuremberg las figuras de genocidio y crímenes contra la humanidad. Trabajaron en equipos jurídicos distintos -uno en el de Inglaterra y otro en el de Estados Unidos- y acuñaron las dos figuras: genocidio, como extinción de un grupo concreto, y crímenes contra la humanidad, como la matanza de personas de forma sistemática. Todo eso y mucho más cuenta Sands, descendiente a su vez de otro superviviente judío de Leópolis, en 'Calle Este-Oeste', eje urbano en torno al que vivieron las familias de los protagonistas, y metáfora de la condición de una ciudad que cambió de manos 8 veces entre 1914 y 1944 y donde la población judía fue aniquilada casi en su totalidad.

Tres obras que nos recuerdan el sufrimiento acumulado por los ucranianos

Como diría Vargas Llosa, la verdad de las mentiras, sólo que en todos los casos son narrativa de la mejor calidad, a partir de historias reales.

Causa pavor que un nuevo sátrapa quiera aumentar su poder e impedir el desarrollo de la democracia liberal arrasando la vida y los derechos de millones de personas. Un crimen que parecía superado y ha vuelto con la furia y el afán de devastación que ya sufrimos en el siglo XX. Cuando Macron refiere su conversación con Putin, con un terrible "lo peor está por llegar" y oímos al presidente ruso usar falazmente la palabra "genocidio" a su favor, es inevitable acordarse de las víctimas de los verdaderos genocidios y crímenes contra la humanidad que nos han contado, entre otros, Chaves, Wodin y Sands. Demasiadas. 

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