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Ucrania, encrucijada moral

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  • Miguel Ángel Motis Dolader
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 07/03/2022 A LAS 05:00
Zona bombardeada por la tropas rusas en Brovary, cerca de Kiev.
Ucrania, encrucijada moral
Sergey Dolzhenko

Tras la caída del Muro de Berlín, doscientos años después de la demolición de la Bastilla, emblema del Antiguo Régimen, hito que hasta entonces iniciaba la Edad Contemporánea, muchos pensaron, con cierta simplicidad, que se inauguraba una nueva era que suponía el fin del marxismo, ignorando que la perspectiva histórica en Oriente –incluido el Islam– es de centurias, cuando no, caso de China, de milenios.

Para entender la escalada bélica de Rusia –cuyo movimiento de tropas solo es equiparable al que realizó en Afganistán– y posterior invasión de Ucrania es importante conocer la mentalidad de su mandatario, pues estamos ante una ‘guerra híbrida’ que no solo se desarrolla en el campo de batalla sino en el ciberespacio y la desinformación.

Los orígenes familiares de Vladímir Putin, nacido en 1952 en la actual San Petersburgo, son humildes, ya que sus padres trabajaban como obreros en las fábricas de la capital. Ello no impidió que este niño introvertido que afrontó una serie de tragedias, entre ellas la muerte de sus hermanos mayores, forjara una gran ambición. Es todo un síntoma que culminara sus estudios de Derecho en la Universidad Estatal de San Petersburgo con una tesis de grado sobre la política exterior de Estados Unidos.

Sin embargo, su integración como agente en el Comité para la Seguridad del Estado (KGB) forjó su visión política, donde la guerra es un instrumento más. En Alemania fue testigo de la desmembración política y social de la Unión Soviética, y la consiguiente humillación con que muchos rusos lo vivieron, marcando a toda su generación. Generación, como él mismo, que tuvo acceso al poder tras la fundación por Borís Yeltsin de la Federación Rusa, trampolín que le permitirá perpetuarse en el poder, con el apoyo unánime de los partidos conservadores, desde el año 2000.

Putin no es un marxista, es un autócrata con tintes neozaristas –su acercamiento a la Iglesia ortodoxa y su defensa de los valores tradicionales son palmarios–, para quien la revolución de 1917 supuso el resquebrajamiento de la Gran Rusia, su gran aspiración territorial y emocional. Su pensamiento se retrotrae a un idílico Medievo, donde sus habitantes se hallan unidos por una lengua común –el ‘Lebensraum’ o espacio vital, que fue el principio ideológico del nazismo que justificó la expansión territorial, cuyas trágicas consecuencias todos conocemos, aunque algunos han olvidado–, formado por Rusia (la ‘Gran Rus’), Bielorrusia (la ‘Rus Blanca’) y parte de Ucrania (‘Pequeña Rus’).

En un Occidente cada vez más líquido y hedonista nos hemos dejado obnubilar por el bienestar material, olvidando los valores éticos que lo conformaron, cuyos pilares se asientan sobre nuestra herencia grecolatina –la democracia–, judeocristiana –valores universales del humanismo– y la Ilustración –derechos humanos y ciudadanía–, pero esos valores hay que defenderlos en nuestra vida cotidiana, cada uno en su ámbito de acción, pues es muy cómodo inculpar a los demás de nuestras propias carencias e inacción.

Nace un nuevo escenario geoestratégico liderado por Estados Unidos, Rusia y China, donde Europa debe retomar los valores de nuestros padres fundacionales si quiere ser algo más que una orquesta desafinada y un mero espectador. Quiero ser optimista y deseo que esta crisis permita una mayor cohesión de una Europa percibida hoy por sus ciudadanos como extremadamente burocratizada, diluida en el multiculturalismo –concepto muy otro al de la transculturalidad, que entraña el respeto por el otro, pero también el cumplimiento de los valores constitucionales que nos definen–, incapaz de caminar al unísono.

Las guerras son siempre una sinrazón en la que todos los contendientes pierden, incluso los que salen victoriosos. En el momento en que escribo estas reflexiones el gas ruso atraviesa Ucrania –energía que, junto con el petróleo, en un período no superior a las dos décadas, quedará obsoleta frente a las alternativas del hidrógeno, la energía solar y la nuclear, cuando ya no tendrá el mismo valor estratégico– con rumbo a Europa. A la par, no cesa la sangre derramada de víctimas civiles y dos millones de desplazados –según estimaciones de la ONU–, que con sus familias han perdido hogares y esperanzas, sacrificados en el altar de las ambiciones personales de sus dirigentes.

Estos días hemos conocido una letanía de medidas, más o menos cosméticas y muy ajustadas, para evitar el efecto búmeran, a través de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, pero no las que se van a adoptar para paliar la catástrofe humanitaria –Polonia abre sus fronteras, pues una parte de su mano de obra es de esa procedencia– que, en parte, hemos generado al instrumentalizar a los ucranianos, víctimas últimas y primeras, al hacerles creer en falsas esperanzas.

Estamos no solo ante una encrucijada de donde dimanará un nuevo mapa geoestratégico que nos afectará a todos por nuestra actitud silente y pasiva –renunciamos a nuestra defensa desde la Segunda Guerra Mundial, bajo el paraguas estadounidense, cuando el eje de intereses de esta superpotencia bascula ahora hacia el Pacífico–, sino una encrucijada moral, donde debería imperar la dignidad del ser humano. Los valores humanos, esos que con grandilocuencia constan en la Declaración de los Derechos Humanos, no son meras efigies en el frontispicio de mausoleos yertos, sino el impulso vital que nos hace personas y que nos dignifica.

Una vez más los nacionalismos inoculan el virus de la guerra, en un tablero de ajedrez en que somos meros peones, todos nosotros, con ilusiones y esperanzas que nadie puede usurparnos. Si no recuperamos nuestro pulso moral y el humanismo con valor, se reproducirán las mismas guerras, pero en escenarios distintos.

Y todavía hay quien piensa que la Historia –muy distinta de la memoria subjetiva, presa de la manipulación– no es un instrumento eficaz en defensa de la libertad y la convivencia, del sentido crítico de la identidad de los grupos humanos y la comprensión de su legado, en un mundo donde, por desgracia, las Humanidades, y con ellas la defensa de la dignidad de la persona, son fagocitadas en los planes de estudio y diluidas en aras de la tecnología.

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